– Mas o menos de mi estatura, delgado, nervudo, cabello rubio, gafas sin montura, unos treinta anos. Cuando entro llevaba un traje azul. Si sale, mira a ver si puedes entrar y encontrar las cartas de amor de nuestra mariposilla. Si no, quedate vigilando. Voy a ver a mi cliente para pedirle nuevas instrucciones. Si me da alguna, volvere esta noche. Si no, te relevare manana a las seis de la manana. ?Alguna pregunta? -Bruno nego con la cabeza-. ?Quieres que llame a tu mujer?
– No, gracias. A estas alturas Katia ya esta acostumbrada a mis horarios, Bernie. Ademas, que no este alli ayudara a despejar el ambiente.Tuve otra discusion con mi hijo Heinrich cuando volvi del Zoo.
– ?Por que ha sido esta vez?
– Porque se le ha ocurrido enrolarse en las Juventudes Hitlerianas motorizadas, solo eso.
– Tarde o temprano habria tenido que incorporarse a las Juventudes -dije encogiendome de hombros.
– El muy puerco no tenia por que tener tanta prisa, eso es todo. Podia haber esperado a que lo llamaran, como los demas chicos de su clase.
– Vamos, hombre, miralo por el lado bueno. Le ensenaran a conducir y a cuidar de un motor. No dejaran de convertirlo en nazi, claro, pero al menos sera un nazi con un oficio.
En el taxi de regreso a la Ale xanderplatz, donde habia dejado el coche, pensaba que la perspectiva de que su hijo adquiriera conocimientos de mecanica no era probablemente un gran consuelo para un hombre que, a la edad de Heinrich, habia sido campeon juvenil de ciclismo. Y mi companero tenia razon en una cosa: Heinrich era un puerco de la cabeza a los pies.
No telefonee a
Aparque, subi los peldanos hasta la puerta principal y tire de la campanilla. Casi inmediatamente se encendio una luz en la ventana de encima de la puerta y, al cabo de un minuto mas o menos, la puerta se abrio para mostrar la cara malhumorada del caldero negro.
– ?Sabe que hora es?
– Poco mas de las ocho -dije-. La hora en que se estan levantando los telones de todos los teatros de Berlin, en que la gente esta todavia mirando la carta en los restaurantes y las madres empiezan a pensar que va siendo hora de meter a los ninos en la cama. ?Esta
– No esta vestida para recibir la visita de ningun caballero.
– Entonces no hay problema. No le he traido flores ni bombones. Y con toda seguridad no soy un caballero.
– Con eso no ha dicho mas que la verdad.
– Es un regalo que le hago. Solo para ponerla de buen humor y que asi haga lo que le dicen. Vengo por un asunto de trabajo, un asunto urgente, y ella querra verme o saber la razon por la que no me dejaron entrar. Asi que, ?por que no va y le dice que estoy aqui?
Espere en la misma sala, en el sofa con los reposabrazos con delfines. No me gusto mas que la primera vez, aunque solo fuera porque ahora estaba recubierto de los pelos de color rojizo de un gato enorme, que dormia en un cojin debajo de un largo aparador de roble. Todavia estaba sacandome los pelos de los pantalones cuando
– Digame tan solo que Reinhart no ha tenido nada que ver -dijo imperiosamente.
– Nada en absoluto -respondi.
El monstruo marino se encogio un poco cuando ella lanzo un suspiro de alivio.
– Gracias a Dios -dijo-. ?Y sabe quien me ha estado chantajeando,
– Si. Un hombre que trabajo en la clinica de Kindermann. Un enfermero llamado Klaus Hering. Supongo que el nombre no le dira nada, pero el doctor tuvo que despedirlo hace un par de meses. Sospecho que mientras trabajaba alli robo las cartas que su hijo le escribio.
Se sento y encendio el cigarrillo.
– Pero si era contra Kindermann contra quien tenia algo, ?por que me lo hacia pagar a mi?
– Vera, solo es una suposicion, pero diria que tiene mucho que ver con el dinero que usted tiene. Kindermann es rico, pero dudo que lo sea una decima parte de lo que es usted,
– ?Lo conoce?
– No, pero eso es lo que me dijeron algunos empleados que trabajan en la clinica.
– Entiendo. Bueno, y ahora ?que hacemos?
– Segun creo recordar, usted dijo que dependia de su hijo.
– De acuerdo. Supongamos que el quiere que usted siga llevando las cosas en nuestro nombre. Despues de todo, ha resuelto el problema muy rapidamente. ?Cual seria el proximo paso?
– En este mismo momento, mi socio,
– Ah, si que me gustaria ponerle las manos encima a ese desgraciado.
– Mejor me deja eso a mi, ?eh? La llamare manana y entonces me dice lo que usted y su hijo han decidido hacer.
Con un poco de suerte, para entonces puede que incluso hayamos recuperado las cartas.
No necesite exactamente que me retorciera el brazo para tomarme el conac que me ofrecio para celebrarlo. Era excelente y se merecia que lo saboreara un poco, pero estaba muy cansado y cuando ella y el monstruo marino se sentaron a mi lado en el sofa senti que era hora de retirarme.
Por entonces vivia en un piso grande en la Fa sanenstrasse, un poco al sur de la Kur furstendamm y a corta distancia de todos los teatros y de los mejores restaurantes a los que nunca habia ido.
Era una calle agradable y tranquila, toda blanca, llena de porticos de imitacion y atlantes sosteniendo unas recargadas fachadas sobre sus musculosos hombros. No era barato, pero aquel piso y mi socio habian sido mis dos unicos lujos en dos anos.
El primero habia resultado bastante mejor para mi que el segundo. Un vestibulo impresionante, con mas marmol que el altar de Pergamo, llevaba hasta el segundo piso, donde yo tenia varias habitaciones con unos techos tan altos como tranvias. Los arquitectos y constructores alemanes nunca fueron conocidos por su cicateria con el dinero.
Con un dolor de pies tan punzante como el de un primer amor, me prepare un bano caliente.
Me quede alli tendido mucho tiempo, mirando fijamente la vidriera de colores que, suspendida en angulo recto del techo, servia, bastante innecesariamente, para ofrecer una cierta separacion estetica de las zonas superiores del cuarto de bano. Nunca dejo de intrigarme que posible razon habria habido para que la
