kenstrasse, justo detras del Hospital Robert Koch, donde
Segun Becker, eran una pareja de cerca de cuarenta anos, muy trabajadora, con una jornada muy larga, por lo cual a menudo dejaban sola a Liza. Pero nunca la habian dejado como yo acababa de verla, desnuda en una mesa del Alex, con un hombre cosiendole aquellas partes que habia considerado necesario cortar en un esfuerzo por determinar todo lo que era suyo, desde su virginidad hasta el contenido de su estomago. Pero fue el contenido de su boca, de acceso mas facil, lo que confirmo algo que yo habia empezado a sospechar.
– ?Que te hizo pensar en ello, Bernie? -me pregunto Illmann.
– No todo el mundo lia unos cigarrillos tan perfectos como los tuyos, profesor. A veces se queda una brizna en la lengua o detras del labio. Cuando la chica judia que dijo haber visto a nuestro hombre hablo de que estaba fumando algo con un olor dulce, como hojas de laurel o de oregano, tenia que estar refiriendose al hachis. Probablemente asi es como se las lleva sin que hagan ruido. Las trata como adultas ofreciendoles un cigarrillo; solo que no es del tipo que esperan.
Illmann meneo la cabeza con evidente asombro.
– Y pensar que lo pase por alto… Debo de estar envejeciendo.
Becker cerro la puerta del coche de golpe y se reunio conmigo en la acera. El piso estaba encima de una farmacia. Tuve la sensacion de que iba a necesitarla.
Subimos las escaleras y llamamos a la puerta. El hombre que la abrio era moreno y de aspecto malhumorado. Al reconocer a Becker dejo escapar un suspiro y llamo a su mujer. Luego miro hacia dentro y vi que asentia gravemente.
– Sera mejor que entren -dijo.
Yo lo observaba atentamente. Tenia la cara sonrojada y cuando lo roce al pasar vi que tenia pequenas gotas de sudor en la frente. Desde el interior del piso me llego un olor calido y jabonoso y supuse que acababa de tomar un bano.
– Este es el
–
Becker asintio solemnemente.
– Si -dijo Ganz-. Si, eso pensaba.
– Naturalmente, tendra que haber una identificacion -le dije-. No es necesario que sea ahora mismo. Quiza mas tarde, cuando se hayan recuperado.
Espere que
– ?Podemos sentarnos? -pregunte.
– Si, por favor -dijo Ganz.
Ordene a Becker que fuera a preparar cafe para todos. Salio sin hacerse de rogar, deseoso de abandonar aquel ambiente lleno de dolor, aunque solo fuera por un momento.
– ?Donde la han encontrado? -pregunto Ganz.
No era el tipo de pregunta que me resultaba comodo contestar. ?Como les dices a unos padres que el cuerpo desnudo de su hija estaba dentro de una pila de neumaticos de automovil en un garaje abandonado en la Ka iser Wilhelm Strasse? Le di una version mas aseptica, que solo incluia la ubicacion del garaje. Al oirlo se produjo un claro intercambio de miradas.
Ganz estaba sentado con la mano sobre la rodilla de su esposa. Ella estaba tranquila, casi ausente, y quiza menos necesitada del cafe de Becker que yo.
– ?Tienen alguna idea de quien pudo haberla matado? -dijo el.
– Estamos trabajando en una serie de posibilidades, senor -dije, viendo como recuperaba los viejos topicos policiales una vez mas-. Estamos haciendo todo lo que podemos, creame.
El ceno de Ganz se arrugo todavia mas. Meneo la cabeza con furia.
– Lo que no consigo comprender es por que no ha salido nada en los periodicos.
– Es importante impedir que haya otros asesinatos inspirados en este -dije-. Suele suceder en este tipo de casos.
– ?Y no es igualmente importante impedir que otras chicas sean asesinadas? -dijo
– Ha habido campanas de propaganda advirtiendo a las chicas para que esten en guardia -dije.
– Pues es evidente que no sirvieron de nada, ?no? -dijo Ganz-. Liza era una chica inteligente,
– Puede que tenga razon, senor -dije tristemente-, pero no soy yo quien lo decide. Yo solo obedezco ordenes.
Era la tipica excusa para todo de los alemanes en aquellos dias, y me senti avergonzado por usarla.
Becker se asomo desde la cocina.
– ?Podriamos hablar un momento, senor?
Ahora me tocaba a mi alegrarme de salir de alli.
– ?Que pasa? -pregunte furioso-. ?Has olvidado como se utiliza un hervidor?
Me paso un recorte de periodico, del
– Echele una ojeada a esto, senor. Lo encontre en aquel cajon.
Era un anuncio de «Rolf Vogelmann. Detective Privado. Especializado en personas desaparecidas». El mismo anuncio que Bruno Stahlecker habia usado para fastidiarme.
Becker senalo la fecha en la parte superior del recorte.
– Tres de octubre -dijo-, cuatro dias despues de que Liza Ganz desapareciera.
– No seria la primera vez que alguien se cansa de esperar que la policia encuentre algo -dije-. Despues de todo, asi es como yo me ganaba la vida de una manera comparativamente honrada.
Becker cogio unas tazas y platos y los puso en una bandeja junto con la cafetera.
– ?Cree que lo habran usado, senor?
– No perdemos nada con preguntarlo.
Ganz no lamentaba lo que habia hecho, era la clase de cliente para el que no me habria importado trabajar.
– Como le decia,
No quiero ser descortes,
Tome un sorbo de cafe e hice un gesto con la cabeza.
– Lo comprendo -dije-. Probablemente, yo habria hecho lo mismo. Solo desearia que ese Vogelmann hubiera conseguido encontrarla.
«Son de admirar», pense. Probablemente, apenas podrian permitirse pagar los servicios de un detective privado, pero habian contratado a uno. Quiza les habria costado todos sus ahorros.
Cuando acabamos el cafe y estabamos a punto de marcharnos, les dije que al dia siguiente, a primera hora
