– ?Adonde? -pregunte-. ?A casa?

Suspiro como si hubiera sugerido el albergue Palme para vagabundos de la Fro belstrasse y luego, con una sonrisita valiente, asintio. Nos encaminamos hacia el este, hacia la Bulow strasse.

– Me temo que no tengo noticias para usted -dije, fijando una expresion seria en mi cara y tratando de concentrarme en la carretera en lugar de en sus muslos.

– No, no pense que las tuviera -dijo atentamente-. Casi han pasado cuatro semanas, ?no es asi?

– No abandone la esperanza.

Otro suspiro, bastante mas impaciente.

– No van a encontrarla. Esta muerta, ?no? ?Por que nadie lo admite?

– Esta viva hasta que descubramos otra cosa, Frau Steininger.

Gire hacia el sur, bajando por la Pot sdamerstrasse, y durante un rato los dos permanecimos en silencio. Entonces note que sacudia la cabeza y respiraba como si acabara de subir un tramo de escaleras.

– ?Que debe de pensar usted de mi, Kommissar? -dijo-. Mi hija ha desaparecido, probablemente la han asesinado y aqui estoy yo gastando dinero como si no tuviera preocupacion alguna en el mundo. Debe de creerme una mujer sin corazon.

– No creo nada de eso -respondi, y empece a decirle que las personas se enfrentan a esas cosas de maneras diferentes y que si hacer unas cuantas compras servia para hacer que dejara de pensar en la desaparicion de su hija durante un par de horas, no habia nada malo en ello y nadie podia culparla. Pensaba que mi alegato era convincente, pero cuando llegamos a su piso, en Steglitz, Hildegard Steininger estaba llorando.

La cogi por el hombro y se lo aprete, aflojando la presion un poco antes de decir:

– Le ofreceria mi panuelo si no lo hubiera utilizado para envolver los bocadillos.

Trato de sonreir a traves de las lagrimas.

– Tengo uno -dijo, y saco un cuadrado de encaje de la manga. Luego miro mi panuelo y se echo a reir-. Si que parece que haya envuelto los bocadillos en el.

Despues de ayudarla a subir las compras, permaneci al lado de la puerta mientras ella buscaba la llave. Abrio la puerta, se volvio y sonrio con una sonrisa llena de gracia.

– Gracias por ayudarme, Kommissar -dijo-. De verdad, ha sido muy amable por su parte.

– No ha sido nada -dije, no pensando eso en absoluto.

«Ni siquiera me ha invitado a entrar para tomar una taza de cafe -pense cuando ya volvia a estar sentado en el coche-. Me deja que la traiga hasta aqui y ni siquiera me invita a entrar.»

Pero hay muchas mujeres asi, mujeres para las que los hombres son solo taxistas a quienes no tienen por que dar propina.

El intenso aroma del perfume Bajadi de la senora me estaba jugando una mala pasada. Hay hombres a quienes no les afecta, pero a mi el perfume de una mujer me golpea justo en los shorts de cuero. Creo que cuando llegue al Alex, unos veinte minutos despues, habria absorbido cada molecula de la fragancia de aquella mujer como si fuera un aspirador.

Llame a un amigo que trabajaba en Dorlands, la agencia de publicidad. Conocia a Alex Sievers desde la guerra.

– Alex, ?sigues comprando espacios de publicidad?

– Mientras el trabajo no nos exija tener cerebro, si.

– Siempre es agradable hablar con alguien al que le gusta lo que hace.

– Por suerte, me gusta el dinero muchisimo mas.

Seguimos asi un par de minutos mas hasta que le pregunte si tenia un ejemplar del Beobachter de aquella manana. Le dije que mirara la pagina con el anuncio de Vogelmann.

– ?Que es esto? -dijo-. No puedo creer que haya gente de tu oficio que finalmente hayan conseguido entrar en el siglo XX.

– El anuncio ha aparecido por lo menos dos veces a la semana durante bastantes semanas -explique-. ?Cuanto cuesta una campana asi?

– Con ese numero de inserciones seguramente habra algun tipo de descuento. Mira, dejame que lo mire. Conozco un par de tipos que trabajan en el Beobachter. Es probable que lo averigue.

– Te lo agradeceria, Alex.

– ?Es que quieres anunciarte tu tambien?

– Lo siento, Alex, pero se trata de un caso.

– Lo entiendo. Espias a la competencia, ?eh?

– Algo asi.

Dedique el resto de la tarde a leer los informes de la Ges tapo sobre Streicher y sus socios del Der Sturmer; sobre el asunto del Gauleiter con una tal Anni Seitz y otras, a escondidas de su esposa Kunigunde; sobre el asunto de su hijo Lothar con una inglesa llamada Mitford que era de noble cuna; sobre la homosexualidad del redactor jefe del Sturmer, Ernst Hiemer; sobre las actividades ilegales del dibujante del Sturmer Philippe Rupprecht en Argentina despues de la guerra; y sobre como entre el equipo de redactores del Sturmer habia un hombre llamado Fritz Brand que en, realidad era un judio de nombre Jonas Wolk.

Aquellos informes resultaban de una lectura fascinante y obscena del tipo que, sin duda, habria atraido a los propios seguidores de Der Sturmer, pero que a mi no me ayudaron nada a establecer una conexion entre Streicher y los asesinatos.

Sievers me llamo a eso de las cinco para decirme que los anuncios de Vogelmann le venian a costar entre trescientos y cuatrocientos marcos al mes.

– ?Cuando empezo a gastar toda esa pasta?

– A principios de julio. Solo que no es el quien la gasta.

– No me digas que se la dan gratis.

– No, alguien paga la factura.

– ?Ah, si? ?Quien?

– Bueno, eso es lo curioso, Bernie. ?Puedes pensar en alguna razon por la que la Edi torial Lange pagaria la campana de publicidad de un detective privado?

– ?Estas seguro de eso?

– Absolutamente.

– Es muy interesante, Alex. Te debo un favor.

– No es nada, solo que no te olvides de hablar conmigo primero si alguna vez te decides a anunciarte, ?de acuerdo?

– Cuenta con ello.

Colgue el telefono y abri la agenda. Mi factura por el trabajo hecho para Frau Gertrude Lange habia vencido hacia al menos una semana. Mire el reloj y pense que si me daba prisa podria adelantarme al trafico en direccion oeste.

Tenian pintores en la casa de la Her bertstrasse cuando llame y la criada negra de Frau Lange se quejo muy irritada de toda esa gente que entraba y salia sin parar y no la dejaba descansar ni un momento. Nadie lo habria dicho al mirarla. Estaba aun mas gorda de lo que yo la recordaba.

– Tendra que esperar aqui en el vestibulo mientras voy a ver si puede recibirle -me dijo-. En todos los demas sitios estan pintando. Y no toque nada, ?eh?

Se sobresalto al oir un tremendo ruido que resono por toda la casa y, rezongando algo sobre hombres con monos sucios trastornandolo todo, se marcho a buscar a su ama, dejandome por taconear sobre el suelo de marmol.

Parecia tener sentido que pintaran la casa. Probablemente lo hacian cada ano, en lugar de hacer una limpieza

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