traves de la tela del panuelo, que le dejo con la cara tan roja como el pelo.
– Despues de cuatro semanas, supongo que habran comprobado en casa de todos sus familiares y amigos para ver que no se haya quedado con ellos.
– Naturalmente -dijo Hildegard friamente.
– Hemos preguntado por todas partes -dije-. He seguido cada metro del trayecto de ese viaje buscandola y no he encontrado nada.
Eso era verdad casi literalmente.
– ?Que ropa llevaba cuando desaparecio?
Hildegard la describio.
– ?Y llevaba dinero?
– Unos pocos marcos. No ha tocado sus ahorros.
– Esta bien. Hare unas cuantas indagaciones y vere que puedo averiguar sobre el asunto. Sera mejor que me den su direccion.
Se la dicte y anadi el numero de telefono. Cuando acabo de escribir se puso de pie, arqueo la espalda con un gesto de dolor y luego anduvo arriba y abajo con las manos metidas en lo mas hondo de los bolsillos como un escolar pillado en falta. Para entonces yo habia decidido que no tendria mas de cuarenta anos.
– Vayanse a casa y esperen noticias mias. Me pondre en contacto con ustedes dentro de un par de dias o antes si averiguo algo.
Nos levantamos para marcharnos.
– ?Que probabilidades cree que hay de encontrarla con vida? -pregunto Hildegard.
Vogelmann se encogio de hombros con desaliento.
– Tengo que admitir que no son muchas. Pero hare todo lo que pueda.
– ?Que es lo primero que va a hacer? -pregunte con curiosidad.
Comprobo de nuevo el nudo de la corbata y tenso la nuez de Adan por encima del boton del cuello. Aguante la respiracion cuando se volvio para mirarme.
– Bueno, empezare por hacer copias de la fotografia de su hija. Y luego las pondre en circulacion. Esta ciudad tiene muchos jovenes huidos, ?saben? Hay unos cuantos jovenes a los que no les gustan mucho las Juventudes Hitlerianas y todo eso. Empezare moviendome en esa direccion,
Me puso la mano en el hombro y nos acompano a la puerta.
– Gracias -dijo Hildegard-. Ha sido muy amable,
Yo sonrei y asenti cortesmente. El inclino la cabeza, y cuando Hildegard cruzaba la puerta, precediendome, vi como le miraba las piernas. No se le podia culpar por eso. Con su chaleco de lana beige, su blusa con fular a topos y su falda de lana de color burdeos, tenia aspecto de valer tanto como las indemnizaciones belicas de todo un ano.
Estreche la mano a Vogelmann y segui a Hildegard al exterior, pensando que, si yo fuera de verdad su marido, la llevaria a casa para desnudarla y llevarmela a la cama. Incluso fingir que estabamos casados era una sensacion estupenda.
Era un sueno elegantemente erotico, de seda y encaje, el que recreaba para mi mismo mientras abandonabamos el despacho de Vogelmann y saliamos a la calle. El atractivo sexual de Hildegard era de un cariz mucho mas estilizado que unas imagenes eroticas de pechos y nalgas dando botes. De cualquier modo, sabia que mi pequena fantasia conyugal no era muy probable, ya que, casi con toda seguridad, el autentico
– Bueno, ?que le parecio? -dijo cuando volviamos en el coche hacia Steglitz-. Me ha parecido que no era tan horrible como su aspecto. De hecho, era bastante comprensivo, de verdad. Sin duda, no peor que sus hombres,
Deje que continuara de esa guisa durante un par de minutos.
– ?Le parecio totalmente normal que dejara de hacer tantas preguntas obvias?
– ?Como cuales? -dijo con un suspiro.
– Ni siquiera menciono sus honorarios.
– Me atrevo a pensar que si el hubiera creido que no podiamos permitirnoslos, hubiera hablado de ellos. Y por cierto, no espere que sea yo quien se haga cargo de la cuenta por ese pequeno experimento suyo.
Le dije que la Kri po pagaba todos los gastos.
Al ver el inconfundible amarillo oscuro de una camioneta de cigarrillos, frene y sali del coche. Compre un par de paquetes y guarde uno de ellos en la guantera. Saque uno para ella, luego otro para mi y encendi los dos.
– ?No le parecio extrano que tambien olvidara preguntar la edad de Emmeline, a que escuela iba, como se llamaba su profesor de danza, donde trabajo yo… esa clase de cosas?
Expulso el humo por la nariz como si fuera un toro enfurecido.
– No especialmente -dijo-, por lo menos, no hasta que usted lo ha mencionado. -Pego un punetazo en el salpicadero y solto una palabrota-. ?Y si hubiera preguntado a que escuela iba Emmeline? ?Que haria usted si se presentara alli y averiguara que mi verdadero esposo esta muerto? Me gustaria saberlo.
– No lo haria.
– Parece estar muy seguro. ?Como lo sabe?
– Porque se como trabajan los detectives privados. No les gusta presentarse justo despues de la policia y hacer las mismas preguntas. Suelen preferir llegar a algo desde el otro lado. Dar unos cuantos rodeos antes de encontrar una via de entrada.
– Asi pues, ?cree que este Rolf Vogelmann es sospechoso?
– Si, sin duda. Lo suficiente como para destacar a un hombre para que vigile su despacho.
Solto otro taco, mucho mas grueso que antes.
– Es la segunda vez -dije-. ?Que le pasa?
– ?Por que tendria que pasarme nada? Nada de nada. Las senoras que viven solas no tienen nada que objetar a que se de su direccion y su numero de telefono a alguien de quien la policia sospecha. Eso es lo que hace que la vida sea tan apasionante. Mi hija ha desaparecido, probablemente la han asesinado, y ahora yo tengo que preocuparme por que ese hombre horrible venga a casa una noche para charlar un rato conmigo.
Estaba tan furiosa que casi sacaba el tabaco de dentro del cigarrillo al inhalar. Pero, aun asi, esta vez, cuando llegamos a su piso en la Lep sius Strasse, me invito a entrar.
Me sente en el sofa y la oi orinar en el cuarto de bano. Me parecio que era extrano y que no encajaba en su caracter que no le preocupara una cosa asi. Quiza no le importaba que yo lo oyera. No estoy seguro de que se molestara siquiera en cerrar la puerta.
Cuando volvio a la sala me pidio imperiosamente otro cigarrillo. Inclinandome hacia adelante, le ofreci uno que me arranco de los dedos. Lo encendio ella misma con un encendedor de mesa y dio unas caladas como las de un soldado en las trincheras. La mire con interes mientras recorria la sala arriba y abajo, como la imagen misma de la ansiedad materna. Saque otro cigarrillo para mi y saque un librillo de fosforos del bolsillo del chaleco. Hildegard me miro con rabia cuando inclinaba la cabeza hacia la llama.
– Pensaba que se suponia que los detectives podian encender los fosforos con las unas.
– Solo los descuidados, que no pagan cinco marcos por una manicura -dije bostezando.
Imaginaba que se proponia algo, pero no tenia mayor idea de que podia ser de la que tenia sobre los gustos de Hitler en materia de cortinas. La contemple de nuevo largamente.
Era alta, mas alta que la media, y con poco mas de treinta anos, pero tenia el aspecto patizambo, con los pies hacia dentro, de una chica de quince. No podia decirse que tuviera mucho pecho y todavia tenia menos trasero. La nariz quiza fuera un poco demasiado ancha, los labios algo demasiado gruesos y los ojos del color del espliego estaban demasiado juntos y, con excepcion de su genio, no habia nada en absoluto delicado en ella. Pero no cabia dudar de su belleza de piernas largas, que tenia algo en comun con la mas rapida de las potrancas del Hoppegarten. Probablemente, seria igual de dificil de controlar con las riendas, y si alguna vez llegabas a subirte a la silla, lo maximo que habrias logrado seria confiar en que te dejara llegar hasta la meta.
– ?No se da cuenta de que estoy aterrorizada? -dijo, golpeando con el pie en el reluciente suelo de madera-. No quiero quedarme sola.
