– ?Donde esta su hijo, Paul?

– Ha vuelto al internado. Ademas, solo tiene diez anos, asi que no veo como podria venir en mi ayuda, ?verdad?

Se dejo caer en el sofa a mi lado.

– Bueno, no me importa dormir en la habitacion de su hijo unas cuantas noches -dije-, si de verdad tiene tanto miedo.

– ?Lo haria? -pregunto, feliz.

– Claro -dije, y me felicite en secreto-. Sera un placer.

– No quiero que sea un placer para usted -dijo, con la sombra de una sonrisa-. Quiero que sea un deber.

Por un momento casi olvide por que estaba alli. Incluso podria haber pensado que ella lo habia olvidado. Solo cuando vi una lagrima en el rabillo de su ojo comprendi que de verdad tenia miedo.

18. Miercoles, 26 de octubre

– No lo entiendo -dijo Korsch- ?Y que hay de Streicher y su banda? ?Seguimos investigandolos o no?

– Si -dije-, pero hasta que la vigilancia de la Ges tapo arroje algun resultado de interes para nosotros, no hay mucho que podamos hacer en esa direccion.

– Entonces, ?que quiere que hagamos mientras usted mira por la ventana? -dijo Becker, al que le faltaba poco para permitirse una sonrisita que quiza me hubiera irritado-. Es decir, aparte de comprobar los informes de la Ges tapo.

Decidi no mostrarme muy susceptible sobre aquella cuestion. Eso habria sido sospechoso en si mismo.

– Korsch, quiero que sigas de cerca las investigaciones de la Ges tapo. Por cierto, ?como le va a tu hombre con Vogelmann?

Hizo un gesto de negacion con la cabeza.

– No hay mucho que decir, senor. Ese Vogelmann casi nunca sale de la oficina. No es gran cosa como detective, si me permite decirlo.

– Desde luego no lo parece -dije-. Becker, quiero que me encuentres a una chica. -Sonrio y se miro la punta de los pies-. Eso no tendria que resultarte muy dificil.

– ?Algun tipo de chica en particular, senor?

– De unos quince o dieciseis anos, rubia, ojos azules, de la BdM y -dije dandole cuerda-… preferentemente virgen.

– Lo ultimo puede ser un tanto dificil, senor.

– Tiene que tener los nervios bien templados.

– ?Esta pensando en ponerla como cebo, senor?

– Creo que siempre ha sido la mejor manera de cazar tigres.

– A veces la cabra acaba muerta, senor -dijo Korsch.

– Como he dicho, esa chica tiene que tener agallas. Quiero que sepa tanto como sea posible. Si va a arriesgar la vida, entonces tiene que saber por que lo hace.

– ?Donde, exactamente, vamos a hacerlo, senor? -pregunto Becker.

– Dimelo tu. Piensa en unos cuantos sitios donde nuestro hombre pueda verla. Un sitio donde podamos vigilarla sin que nos vean. -Korsch tenia el ceno fruncido-. ?Que te preocupa?

Movio la cabeza con un gesto de desagrado.

– No me gusta, senor. Eso de utilizar a una chica como cebo. Es inhumano.

– ?Que sugieres que hagamos, utilizar un trozo de queso?

– Una calle principal -dijo Becker, pensando en voz alta-. Como la Ho henzollerndamm, pero con mas coches, para aumentar las posibilidades de que la vea.

– Sinceramente, senor, ?no cree que es un poco arriesgado?

– Claro que lo es. Pero ?que sabemos realmente de ese cabron? Lleva coche, viste uniforme y tiene acento austriaco o bavaro. Aparte de eso, todo lo demas son conjeturas. No tengo que recordaros que se nos esta acabando el tiempo. Bueno, es necesario que nos acerquemos, y tenemos que acercarnos rapido. La unica manera es tomar la iniciativa, escoger nosotros su proxima victima.

– Pero puede que tengamos que esperar para siempre -dijo Korsch.

– No dije que fuera facil. Si cazas tigres, puedes acabar durmiendo en lo alto de un arbol.

– ?Y que hay de la chica? -continuo Korsch-. No propondra que este alli dia y noche, ?verdad?

– Puede hacerlo por las tardes -dijo Becker-. Por las tardes y hasta que empieza a oscurecer. No de noche, para estar seguros de que el la ve y de que nosotros lo vemos a el.

– Vas captando la idea.

– Pero ?donde encaja Vogelmann en todo esto?

– No lo se. Es una sensacion que tengo, eso es todo. Quiza no sea nada, pero quiero comprobarlo de todos modos.

Becker sonrio.

– De vez en cuando, un poli tiene que confiar en su instinto -dijo. Reconoci mi propia y poco inspirada retorica. -Todavia haremos de ti todo un detective -le anime.

Escuchaba sus discos en el gramofono Gigli con la avidez de alguien que sabe que se esta volviendo sordo y no ofrecia ni pedia mas conversacion que un revisor del tren. Para entonces yo ya me habia dado cuenta de que Hildegard Steininger era tan independiente como una pluma estilografica, y me imaginaba que, probablemente, preferia al tipo de hombre que se imagina a si mismo como poco mas que una hoja de papel en blanco. Sin embargo, y casi a pesar de ella, seguia encontrandola atractiva. Para mi gusto, se preocupaba demasiado del tono de su pelo, que era como hebras de oro, del largo de sus unas y del estado de sus dientes, que cepillaba sin cesar. Era mas que medio presumida y mas del doble de egoista. Si le dieran a escoger entre hacer algo de su agrado o algo para agradar a los demas, confiaria en que su propia satisfaccion haria feliz a todo el mundo. Pensar que lo uno era el resultado casi inevitable de lo otro resultaba para ella una reaccion tan automatica como el reflejo de la pierna cuando el medico golpea la rodilla con el martillo.

Era la sexta noche que me quedaba en su piso y, como de costumbre, ella habia preparado una cena que era casi incomible.

– No tienes que comertelo si no quieres -dijo-. Nunca he sido una buena cocinera.

– Yo nunca he sido un buen invitado a cenar -replique, y me comi la mayor parte, no por cortesia sino porque tenia hambre y en las trincheras habia aprendido a no ser muy exigente con la comida.

Ahora cerro el mueble del gramofono y bostezo.

– Me voy a la cama -dijo.

Deje el libro que estaba leyendo a un lado y dije que yo tambien me iba a acostar.

En el dormitorio de Paul dedique unos minutos a estudiar el mapa de Espana que estaba sujeto con chinchetas en la pared, documentando los avatares de las Legiones Condor, antes de apagar la luz. Parecia que todos los escolares alemanes quisieran ser pilotos de caza. Me estaba metiendo en la cama cuando llamaron a la puerta.

– ?Puedo entrar? -dijo ella, deteniendose desnuda en el umbral.

Durante unos segundos permanecio alli, enmarcada por la luz del vestibulo como si fuera una maravillosa madonna, casi como si me estuviera permitiendo que calibrara sus proporciones. Con el pecho y el escroto cada vez mas tensos, observe como se dirigia gracilmente hacia mi.

Mientras que su cabeza y su espalda eran pequenas, sus piernas eran tan largas que parecia haber sido creada por un dibujante genial. Con una mano se cubria el sexo, y esa pequena timidez me excito mucho. La deje asi un rato mientras contemplaba la sencilla redondez de sus senos. Tenian unos pezones pequenos, casi invisibles y del tamano de una nectarina perfecta.

Me incline hacia adelante, aparte la pudorosa mano y luego, cogiendola por las suaves caderas, hundi la boca en los lacios filamentos que cubrian su sexo como un manto. Al ponerme de pie para besarla note que su mano descendia con premura para buscarme e hice una mueca de dolor cuando me empujo la piel hacia atras. Era algo

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