– Otras dos victimas, querra decir -replico-. Se que han desaparecido otras chicas y que luego se las ha encontrado asesinadas, ?sabe? Puede que no se diga nada en los periodicos, pero una siempre oye cosas.
– Otras dos victimas, entonces -admiti.
– Pero, sin duda, eso solo es una coincidencia. Escuche, puedo decirle que yo misma lo he pensado, eso de pagar a alguien para que busque a mi hija. Bien mirado, ustedes siguen sin encontrar ni rastro de ella, ?no es asi?
– Cierto. Pero puede que sea algo mas que una coincidencia. Y eso es lo que me gustaria averiguar.
– Suponiendo que estuviera implicado en el asunto. ?Que ganaria con ello?
– No estamos hablando necesariamente de alguien racional. Asi que no se si el beneficio entra en sus calculos.
– Bueno, me suena muy discutible -dijo-. Quiero decir, ?como se puso en contacto con esas dos familias?
– No lo hizo. Ellas se pusieron en contacto con el despues de ver su anuncio en el periodico.
– ?No demuestra eso que si es un factor comun, no lo es debido a lo que el haya hecho?
– Puede que el quiera que parezca asi. No lo se. De todos modos, me gustaria averiguar algo mas, aunque solo sea para descartarlo.
Cruzo las largas piernas y encendio un cigarrillo.
– ?Querra hacerlo?
– Primero contesteme a esta pregunta,
Suspire y negue con la cabeza.
– Creo que esta muerta.
– Gracias. -Hubo silencio durante un momento-. ?Es peligroso, lo que me pide que haga?
– No, no lo creo.
– Entonces, de acuerdo.
Ahora, sentados en la sala de espera del despacho de Vogelmann en la Nurnbur gerstrasse, bajo la vigilancia de una secretaria con aspecto de matrona, Hildegard Steininger representaba a la perfeccion el papel de esposa preocupada, cogiendome la mano y sonriendome de vez en cuando con la clase de sonrisa que suele reservarse para un ser amado. Incluso llevaba puesto el anillo de casada. Y yo tambien. Lo notaba extrano y apretado en el dedo despues de tantos anos. Habia necesitado jabon para ponermelo.
A traves de la pared se oia como alguien tocaba el piano.
– Hay una escuela de musica al lado -explico la secretaria de Vogelmann. Sonrio amablemente y anadio:
– No les hara esperar mucho.
A los cinco minutos nos hicieron entrar en el despacho.
Segun mi experiencia, el detective privado es propenso a varios achaques comunes: pies planos, venas varicosas, dolor de espalda, alcoholismo y, Dios no lo quiera, enfermedades venereas; pero no es probable que ninguna de ellas, con la posible excepcion de la gonorrea, influya negativamente en la impresion que cause a un cliente potencial. No obstante, hay una discapacidad, aunque sea una menor, que si se encuentra en un sabueso, da que pensar al cliente, y es la miopia. Si vas a pagarle a alguien cincuenta marcos diarios para que encuentre a tu abuela desaparecida, por lo menos quieres poder confiar en que el hombre que contratas para hacer el trabajo tenga una vista de lince para encontrar sus propios gemelos. Unas gafas de culo de botella como las que llevaba Rolf Vogelmann han de considerarse perniciosas para el negocio.
La fealdad, por otra parte, siempre que no llegue a alguna deformidad fisica especial y ultrajante, no tiene por que ser una desventaja profesional, y por ello Vogelmann, cuyo desagradable aspecto era de cariz mas general, probablemente conseguia picotear lo suficiente para ganarse la vida. Digo picotear y escojo mis palabras con cuidado, porque con su rebelde cresta pelirroja y rizada, el ancho pico que tenia por nariz y el gran peto que tenia por pecho,Vogelmann se parecia a una especie prehistorica de gallito, una especie que estaba pidiendo a gritos que la extinguieran.
Subiendose los pantalones para ajustarlos al pecho, Vogelmann dio la vuelta al escritorio con sus grandes pies de policia para estrecharnos la mano. Andaba como si acabara de bajarse de una bicicleta.
– Rolf Vogelmann, encantado de conocerles -dijo con una voz aguda, como estrangulada y con un fuerte acento berlines.
– Steininger -dije yo-. Y esta es mi esposa, Hildegard.
Vogelmann senalo dos sillones que estaban alineados frente al gran escritorio y oi como sus zapatos crujian cuando nos siguio por encima de la alfombra. No habia mucho en cuanto a mobiliario. Un perchero para sombreros, un carrito con bebidas, un sofa largo y de aspecto destartalado, y detras del sofa, una mesa apoyada en la pared con un par de lamparas y varias pilas de libros.
– Es muy amable por su parte recibirnos tan pronto -dijo Hildegard gentilmente.
Vogelmann se sento y nos miro. Incluso separados por un metro de escritorio podia oler su aliento a yogur agrio.
– Bueno, su esposo menciono que su hija habia desaparecido y, naturalmente, di por supuesto que tendrian prisa. -Paso la palma de la mano por encima de un bloque de papel y cogio un lapiz-. ?Exactamente, cuando desaparecio?
– El jueves, 22 de septiembre -dije-. Iba hacia su clase de danza en Potsdam y salio de casa -vivimos en Steglitz- a las siete y media de la tarde. La clase empezaba a las ocho, pero no llego alli.
Hildegard tendio la mano hacia la mia y se la estreche para consolarla.
Vogelmann asintio.
– Casi un mes, entonces -dijo meditabundo-. ?Y la policia…?
– ?La policia? -dije con amargura-. La policia no hace nada. No nos dicen nada. No hay nada en los periodicos. Pero uno oye rumores sobre que otras chicas de la edad de Emmeline tambien han desaparecido -hice una pausa-, y que han sido asesinadas.
– Ese es casi siempre el caso -dijo ajustandose el nudo de la barata corbata de lana-. La razon oficial de la prohibicion impuesta a la prensa para que no informe de esas desapariciones y homicidios es que la policia quiere evitar el panico. Ademas, tampoco desean animar a todos los maniacos que un caso como este suele generar. Pero la verdadera razon es sencillamente que se sienten incomodos por su propia y persistente incapacidad para capturar a ese hombre.
Senti que la mano de Hildegard apretaba la mia con mas fuerza.
–
– La comprendo,
– ?Lo haria,
– Si, si, asi es.
– ?Tienen una fotografia de su hija?
Hildegard abrio el bolso y le dio una copia de la foto que ya le habia dado a Deubel.
Vogelmann la miro friamente.
– Muy guapa. ?Como iba a Potsdam?
– En tren.
– ?Y ustedes creen que debe haber desaparecido en algun lugar entre su casa de Steglitz y la escuela de danza, ?es asi? -Yo asenti-. ?Algun problema en casa?
– Ninguno -dijo Hildegard con firmeza.
– ?Y en la escuela?
Los dos negamos con la cabeza y Vogelmann garabateo unas cuantas notas.
– ?Novios?
Mire a Hildegard.
– No lo creo -dijo-. He registrado su habitacion y no hay nada que indique que se haya estado viendo con algun chico.
Vogelmann asintio, sombrio, y luego se vio atacado por un breve ataque de tos, por el cual se disculpo a
