demasiado brusco para ser agradable, para ser tierno, asi que respondi empujandola boca abajo sobre la cama, atrayendo sus frescas nalgas hacia mi y colocandola en la posicion que me apetecia. Solto un grito en el momento en que la penetre con fuerza y sus largos muslos temblaron maravillosamente mientras representabamos nuestra ruidosa pantomima hasta su desenlace.

Dormimos hasta que el amanecer se introdujo a traves de la fina tela de las cortinas. Despierto antes que ella, me sorprendio su color, que era igual de frio que su expresion al despertar, la cual no cambio lo mas minimo mientras buscaba mi pene con la boca. Y luego, dandose la vuelta, se irguio hasta poner la cabeza en la almohada y abrio los muslos de par en par para que yo viera donde empieza la vida y, de nuevo, la bese en aquel lugar antes de familiarizarlo con toda la potencia de mi ardor, apretandome dentro de su cuerpo hasta que pense que solo mi cabeza y mis hombros se librarian de ser consumidos.

Finalmente, cuando ya no quedaba nada en ninguno de los dos, se acurruco junto a mi y lloro hasta que pense que iba a deshacerse en llanto.

19. Sabado, 20 de octubre

– Pense que le gustaria la idea.

– No estoy seguro de que no me guste. Dame un segundo para que la rumie un poco.

– No queremos que este plantada en algun sitio solo porque si. El se oleria algo enseguida y ni se acercaria. Tiene que parecer natural.

Asenti sin demasiada conviccion y trate de sonreir a la chica de la BdM que Becker habia encontrado. Era una adolescente extraordinariamente bonita y yo no estaba muy seguro de que era lo que mas habia impresionado a Becker, si su valentia o sus pechos.

– Vamos, senor, ya sabe lo que pasa -dijo-. Estas chicas siempre estan paradas en las esquinas mirando esas vitrinas del Der Sturmer. Se excitan leyendo cosas sobre esos medicos judios que abusan de unas virgenes alemanas hipnotizadas. Mirelo de esta manera: no solo impedira que se aburra, sino que, ademas, si Streicher o su gente esta implicada, entonces es mas probable que se fijen en ella alli, frente a una de esas Sturmerkasten, que en ningun otro sitio.

Mire incomodo la recargada vitrina, pintada de rojo, probablemente construida por algunos lectores leales, con sus vividos esloganes proclamando: «Mujeres alemanas, los judios son vuestra destruccion», y los tres desplegables del periodico bajo el cristal. Ya estaba bastante mal pedir a una chica que actuara de cebo sin tener que exponerla, ademas, a esta clase de basura.

– Supongo que tienes razon, Becker.

– Sabe que la tengo. Mirela. Ya se ha puesto a leerlo. Le juro que le gusta.

– ?Como se llama?

– Ulrike.

Fui hasta la Sturmer kasten donde se encontraba, canturreando en voz baja.

– ?Sabes que tienes que hacer, Ulrike? -le pregunte discretamente, sin mirarla ahora que estaba a su lado, sino fijando la vista en la caricatura de Fips con su inevitable y feo judio. Pense que nadie podia tener ese aspecto. La nariz era tan grande como el morro de una oveja.

– Si, senor -dijo alegremente.

– Hay policias por todas partes. No puedes verlos, pero todos te vigilan, ?lo entiendes? -En su reflejo en el cristal vi que asentia con la cabeza. -Eres una chica muy valiente.

Al oir esas palabras empezo a cantar de nuevo, solo que mas alto, y me di cuenta de que era el himno de las Juventudes Hitlerianas:

Nuestra bandera, ved como ante nosotros flamea,

nuestra bandera significa una era sin luchas,

nuestra bandera nos conduce a la eternidad,

nuestra bandera nos importa mas que la vida.

Volvi donde estaba Becker y entre en el coche.

– Es una chica notable, ?verdad, senor?

– Sin ninguna duda. No te olvides de mantener las zarpas lejos de ella, ?me oyes?

Becker era todo inocencia.

– Venga, senor, no creera que seria capaz de intentar cazar a esa pajarita, ?verdad?

Se sento en el asiento del conductor y puso en marcha el motor.

– Creo que te follarias a tu tatarabuela, si de verdad quieres saber lo que pienso. -Eche una ojeada por encima del hombro-. ?Donde estan tus hombres?

– El sargento Hingsen esta en el primer piso de aquel bloque -dijo- y tengo un par de hombres en la calle. Uno esta arreglando el cementerio, alla en la esquina, y el otro esta limpiando ventanas ahi delante. Si nuestro hombre aparece, lo cogeremos.

– ?Los padres de la chica estan enterados?

– Si.

– Han mostrado un gran espiritu civico al dar su consentimiento, ?no te parece?

– No hicieron exactamente eso, senor. Ulrike les informo de que se habia presentado voluntaria para hacer esto al servicio del Fuhrer y la Mad re Patria. Les dijo que seria poco patriotico tratar de impedirselo. Asi que no tuvieron mucha libertad de eleccion. Es una chica con mucho caracter.

– Me lo imagino.

– Y muy buena nadadora, segun dicen. Una futura candidata a las Olimpiadas, segun su profesora.

– Bueno, confiemos en que llueva por si acaso tiene que nadar para librarse del peligro.

Oi sonar la campanilla en el vestibulo y fui a la ventana. La abri y me asome para ver quien tiraba del cordon. Incluso desde una altura de tres pisos, reconoci la inconfundible cabeza pelirroja de Vogelmann.

– Eso es algo muy vulgar -dijo Hildegard-. Asomarte a la ventana como una pescadera.

– Pues da la casualidad de que quizas haya atrapado un pez. Es Vogelmann y se ha traido a un amigo.

Sali al rellano, accione la palanca que tiraba de la cadena que abria la puerta de la calle y me quede observando a los dos hombres que subian las escaleras. Ninguno de ellos hablaba.

Vogelmann entro en el piso de Hildegard con su mejor cara de enterrador, lo cual era una bendicion, ya que la sombria mueca fijada en su maloliente boca significaba que, por lo menos durante un rato, la mantendria cerrada. El hombre que iba con el era una cabeza mas bajo que Vogelmann, tenia alrededor de treinta y cinco anos, pelo rubio, ojos azules y un aire severo, incluso academico. Vogelmann espero hasta que todos estuvimos sentados para presentar al otro hombre como el doctor Otto Rahn, prometiendo que nos diria mas sobre el enseguida. Luego suspiro profundamente y movio la cabeza apesadumbrado.

– Me temo que no he tenido suerte en la busqueda de su hija Emmeline -dijo-. He preguntado a todo el mundo a quien podia preguntar y mirado en todas partes donde podia mirar. Sin resultado alguno. Ha sido muy decepcionante. Por supuesto -anadio despues de hacer una pausa-, comprendo que mi propia decepcion no vale nada comparada con la suya. No obstante, pensaba que, por lo menos, podria encontrar algun rastro de ella. Si hubiera algo, cualquier cosa, que ofreciera algun indicio de lo que pudiera haberle sucedido, entonces me sentiria justificado para recomendarles que me dejaran continuar con mis indagaciones. Pero no hay nada que me haga confiar en que no estaria malgastando su tiempo y su dinero.

Asenti con triste resignacion.

– Gracias por ser tan sincero, Herr Vogelmann.

– Al menos pueden decir que lo intentamos, Herr Steininger -dijo Vogelmann-. No exagero cuando le digo que hemos agotado todos los metodos habituales de investigacion.

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