Me pregunte si se trataria de chantaje; despues de todo, no tiene sentido tener un perro guardian que no ladra. No se me ocurria modo alguno de que fuera una cuestion de afecto, no con esta mujer. Habia mas probabilidades de llegar a sentir afecto por un cocodrilo. Nos miramos fijamente unos segundos y luego dije:

– ?La senora siempre fuma tanto?

La negra lo penso un momento, preguntandose si seria una pregunta con trampa. Finalmente, decidio que no lo era.

– Siempre va con un pitillo en la boca, se lo digo yo.

– Bueno, eso lo explica todo -dije-. Con todo ese humo a su alrededor, apuesto a que ni siquiera sabe que esta usted aqui.

Mascullo un taco y me cerro la puerta en la cara.

Tenia mucho en que pensar mientras conducia a lo largo de la Kur furstendamm hacia el centro de la ciudad. Pense en Frau Lange y aquellos mil marcos suyos que llevaba en el bolsillo. Pense en un corto descanso en una bonita y comoda clinica con los gastos pagados por ella y en la oportunidad que se me ofrecia, al menos durante un tiempo, de escapar de Bruno y de su pipa; por no hablar de Arthur Nebe y Heydrich. Puede que incluso curara mi insomnio y mi depresion.

Pero mas que nada pense en como podia haber llegado a darle mi tarjeta profesional y el numero de telefono de mi casa a una mariposilla austriaca de la que nunca habia oido hablar.

3. Miercoles, 31 de agosto

La zona al sur de la Konig strasse, en Wannsee, alberga todo tipo de clinicas y hospitales privados, elegantes y lujosos, donde utilizan tanto eter en los suelos y ventanas como en los pacientes mismos. En lo que atane al tratamiento, se inclinan a ser igualitarios. Un hombre podria tener la constitucion de un elefante africano y no dejarian por ello de tratarle como si estuviera traumatizado por la guerra, asignandole un par de enfermeras de labios pintados para que le ayudaran con las marcas mas selectas de cepillos de dientes y de papel higienico, siempre y cuando pudiera pagarlo. En Wannsee, tu saldo en el banco importa mas que tu presion sanguinea.

La clinica de Kindermann se levantaba a cierta distancia de una tranquila calle, en una especie de jardin grande, pero bien cuidado, que descendia suavemente hacia un pequeno estanque cerca del lago principal y que incluia, entre sus muchos olmos y castanos, un embarcadero soportado por columnas, un cobertizo para los botes y una extravagancia gotica tan pulcramente construida que llegaba a tener un aire bastante mas sensato. Parecia una cabina telefonica medieval.

La clinica en si misma era una mezcla tal de hastiales, entramados de madera, montantes, torre y torreta almenadas que era mas un castillo en el Rin que un establecimiento sanitario. Al mirarla casi esperaba ver un par de horcas en el tejado y oir los alaridos procedentes de una celda distante. Pero todo estaba tranquilo, sin senales de que hubiera nadie por alli. Solo se oia el sonido lejano de una tripulacion de cuatro remeros en el lago, al otro lado de los arboles, que provoco los estridentes chillidos de los grajos.

Mientras cruzaba la puerta principal decidi que habria mas posibilidades de encontrar unos cuantos pacientes deslizandose sigilosamente por el exterior a la hora en que los murcielagos deciden lanzarse a la tenue luz del crepusculo.

Mi habitacion estaba en el tercer piso, con una vista excelente sobre las cocinas. Ochenta marcos diarios y era lo mas barato que tenian; deambulando por alli no pude dejar de preguntarme si con cincuenta marcos mas al dia no habria tenido derecho a algo un poco mas grande, algo asi como un cesto para la colada. Pero la clinica estaba llena. Mi habitacion era lo unico que quedaba disponible, como me explico la enfermera que me acompano.

Era una monada. Igual que la mujer de un pescador del Baltico pero carente del encanto de la conversacion campesina. Para cuando me habia abierto la cama y me habia dicho que me desnudara casi no podia respirar de tan excitado como estaba. Primero la criada de Frau Lange y ahora esta, tan alejada del lapiz de labios como un pterodactilo. Y no es que no hubiera otras enfermeras mas bonitas por alli. Habia visto muchas abajo. Debian de haber decidido que con una habitacion tan pequena, lo minimo que podian hacer era darme una enfermera muy grande para compensar.

– ?A que hora abre el bar? -pregunte.

Su sentido del humor no desmerecia de su belleza.

– Aqui no se permite el alcohol -dijo, arrancandome el cigarrillo, aun sin encender, de los labios-. Y esta estrictamente prohibido fumar. El doctor Meyer vendra a verle dentro de un momento.

– ?Y quien es ese, un marinero de segunda clase? ?Donde esta el doctor Kindermann?

– El doctor esta en una conferencia en Bad Neuheim.

– ?Y que esta haciendo alli? ?Ha ingresado en una clinica? ?Cuando volvera?

– A finales de semana. ?Es usted paciente del doctor Kindermann, Herr Strauss?

– No, no lo soy. Pero por ochenta marcos diarios esperaba serlo.

– El doctor Meyer es un medico muy capacitado, se lo aseguro.

Me miro frunciendo el ceno, impaciente, cuando se dio cuenta de que no habia mostrado intencion alguna de desnudarme, y empezo a chasquear la lengua con un ruidito como si estuviera tratando de ser amable con una cacatua. Dando una fuerte palmada, me ordeno que me diera prisa y me metiera en la cama, ya que el doctor Meyer querria examinarme. Seguro de que era totalmente capaz de desnudarme ella misma, decidi no resistirme. Mi enfermera no solo era fea, ademas debia haber aprendido su manera de tratar a los pacientes en algun mercado de verduras.

Cuando se hubo marchado, me puse a leer en la cama. Una clase de lectura que no describiria como apasionante sino, mas bien, como increible. Si, esa era la palabra: increible. Siempre habia habido revistas extranas, ocultistas, en Berlin, como Zenit y Hagal, pero desde las orillas del Maas hasta los bancos del Memel no habia nada comparable con los aprovechados que escribian para Urania, la revista de Reinhart Lange. Hojearla durante unos quince minutos fue suficiente para convencerme de que Lange debia de estar como una cabra. Habia articulos titulados «Wotan y los autenticos origenes del cristianismo», «Los poderes sobrehumanos de los habitantes perdidos de la At lantida», «La teoria de la glaciacion explicada», «Ejercicios esotericos de respiracion para principiantes», «Espiritualismo y la memoria de la raza», «Doctrina de la Ti erra hueca», «El antisemitismo como legado teocratico», etc. Pense que para un hombre que publicaba esta clase de estupideces, probablemente el chantaje a un progenitor fuera la clase de actividad rutinaria con que uno podia entretenerse entre dos revelaciones ariosoficas.

Incluso el doctor Meyer, que en si mismo no era un testimonio evidente de lo normal, se. sintio impulsado a hacer un comentario sobre mis gustos en asuntos de lectura.

– ?Suele leer este tipo de cosas? -pregunto, dando vueltas a la revista entre las manos como si hubiera sido alguna clase de curioso artefacto extraido de alguna ruina troyana por Heinrich Schliemann.

– No, la verdad es que no. Fue la curiosidad lo que me hizo comprarlo.

– Bien. Un interes anormal por lo oculto suele ser senal de una personalidad inestable.

– ?Sabe?, es lo mismo que yo estaba pensando.

– Por supuesto, no todo el mundo estaria de acuerdo conmigo. Pero las visiones de muchas figuras religiosas modernas, como San Agustin o Lutero- probablemente tienen un origen neurotico.

– ?De verdad?

– Si, desde luego.

– ?Que opina el doctor Kindermann?

– Oh, Kindermann tiene algunas teorias muy poco corrientes. No estoy seguro de comprender su trabajo, pero es un hombre brillante. -Me cogio la muneca-. Si, sin duda alguna, un hombre muy brillante.

El doctor, que era suizo, llevaba un traje de tweed verde de tres piezas, una corbata de lazo que parecia una enorme mariposa, gafas y una perilla larga y blanca como la de un hombre santo de la In dia. Me subio la manga del pijama y colgo un pequeno pendulo encima por la parte interior de mi muneca. Observo como oscilaba y giraba durante un rato antes de dictaminar que la cantidad de electricidad que emitia indicaba que me sentia anormalmente deprimido y ansioso por algo. Fue una actuacion impresionante, pero a prueba de bombas, ya que era probable que la mayoria de la gente que ingresaba en la clinica se sintiera

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