ya habian reparado en el relieve de los pezones de Rachel en su polo de algodon. Por no hablar de los pechos, grandes y agresivos.

– Asi es -dijo Sedeno-. Vera, no podemos llamarlos pasajeros porque eso significa que tendriamos que cumplir con un conjunto de normas de navegacion totalmente diferentes. Tendriamos que hacer cosas como, por ejemplo, llevar un medico a bordo, en lugar de arreglarnoslas con el carpintero del barco -explico y rio su propio chiste-. Asi que les llamamos supernumerarios. O supernumos para abreviar. -Sonrio mas ampliamente al anadir habilmente un cumplido-. Parece que la parte de super la hemos acertado, a juzgar por su aspecto, capitana Dana.

– ?Nos acompanara durante el viaje? -pregunto ella con frialdad.

– Me temo que no. Mis negocios en Fort Lauderdale me lo impiden. Felipe Sedeno a su servicio, senora -dijo tendiendole una mano peluda-. Soy el agente consignatario. Y este es el patron del barco, el capitan Jellicoe.

– Encantada de conocerlo. Tiene usted un buque fascinante, capitan.

– ?De verdad? -Jellicoe avanzo hasta la ventana del puente, llevando a Rachel Dana con el, y miro, melancolico, hacia abajo, a la silueta esculpida, casi sensual, del Jade-. No es mas que un transbordador de coches con pretensiones. Igual que todos esos cargueros ro-ro que vienen y van en este puerto.

– ?Ro-ro?

– Es un termino de la marina mercante. Es carga que puede entrar rodando y salir rodando [Roll-on-Roll-off]. Supongo que nosotros somos mas bien flo-flo, si entiende lo que quiero decir. De cualquier modo, la belleza no es nuestro punto fuerte; eso lo dejamos para nuestros clientes.

Confundiendo la torva mirada de Jellicoe con admiracion por su barco, Rachel Dana le pregunto si le gustaria visitar el Jade.

– Gracias, pero tendra que ser en otro momento -dijo el-. Tengo trabajo en cubierta -Jellicoe se volvio hacia su segundo oficial-. ?Donde esta el primer oficial?

El segundo oficial senalo hacia fuera.

– Supervisando el embarque de la carga -dijo con un tono de «donde quiere usted que este».

Jellicoe volvio a ponerse la gorra.

– El puente es suyo, mister Niven. Estare en cubierta.

– Si, senor.

– Me temo que nos encontrara mucho menos protocolarios en el Jade -dijo Rachel.

– Oh, no lo somos tanto, ?sabe? -dijo Jellicoe mirando, receloso, hacia sus dos oficiales, como si les desafiara a contradecirlo.

– Bueno, sera mejor que yo tambien me vaya -anuncio la capitana Dana, y siguio a Jellicoe fuera del puente y por la estrecha pasarela que se extendia a lo largo de la pared del dique que, con sus seis metros de alto, constituia el lado de estribor del Grand Duke.

Bajo la atenta mirada de un oficial de baja estatura y escaso pelo, vestido con el mismo uniforme tropical que Jellicoe, una serie de estibadores y tripulantes de los yates iban arrastrando un lujoso barco de pesca deportiva de veinticinco metros hacia la popa del Jade por medio de dos pares de cables amarrados a la proa del pesquero.

– Vigilad ese jodido rail de proa -rugio el primer oficial con un fuerte acento cockney-. Se lo vais a meter por el culo, ?no me oyes? -Aparto la mirada cuando el rail se detuvo a cinco centimetros de la popa del Jade-. Pedazo de cabron subnormal – murmuro y luego suspiro cansado, al ver acercarse a Jellicoe seguido por la capitana Dana.

El primer oficial dijo:

– No pasa nada. Todo esta bajo control. No ha habido danos.

– Me alegro de oirlo -respondio Dana-. Detestaria empezar este viaje con un pleito contra su compania por manejo negligente de la carga.

Jellicoe miro alrededor y sacudio la cabeza. La mujer confirmaba ya sus peores temores para la travesia.

El primer oficial se rio, ironico, y senalo con un sucio pulgar hacia uno de los estibadores del puerto.

– Iria mejor si algunos de esos cabrones retrasados hablaran ingles. Esta jodida ciudad se parece mas a La Habana cada vez que atracamos.

– A nosotros no nos lo cuente -dijo Rachel, subiendo al techo de la cabina de popa, donde habia una plataforma para tomar el sol lo suficientemente grande para seis personas-. Digaselo a ese hijo de puta de Castro.

Cuando se hubo ido, el primer oficial fruncio el ceno y dijo:

– ?Que le ha dado?

Jellicoe suspiro con fuerza.

– Sigue con tu trabajo, Bert -dijo-. Estare en mi camarote.

– Que bien viven algunos -gruno el primer oficial, y luego miro con cara de pocos amigos al estibador que habia en el puente del pesquero, con una defensa del tamano de un sillon caida a sus pies.

– ?Eh, tu! -le dijo chillando-, ?vas a quedarte ahi sentado sobre esas jodidas defensas o vas a ponerlas sobre la banda como se supone que tienes que hacer?

El hombre levanto los ojos hacia Bert y dijo en espanol:

– No comprendo. Mas despacio, por favor.

– ?Que tu que?

Un Dave Delano con el pecho desnudo salio rapidamente de la timonera, se deslizo por el techo hasta el puente y, mientras el estibador seguia ponderando para que servia la defensa y que querian decir las palabras del oficial, la cogio y la coloco sobre la banda de estribor.

Bert agito el brazo y dijo:

– Un poco mas. Vale, asi esta bien. Atela.

Dave se seco la frente y dijo:

– Muchas gracias.

– No hay de que -respondio Bert-. ?Por todos los infiernos!

– ?Que pasa?

– Esa barriga suya, eso es lo que pasa.

Dave se miro el estomago y dijo:

– ?Que le pasa a mi barriga?

– Echele una mirada -dijo Bert sonriendo-. Es como una jodida tabla de lavar. Mire la mia.

Senalo con la barbilla hacia abajo, a la enorme barriga que tiraba del cinturon de sus pantalones blancos.

– Es como llevar un miembro extra enrollado alrededor de la cintura para casos de emergencia -riendo, se palmeo con fuerza la barriga-. Ahi ha entrado un monton de cerveza. Oiga, supongo que tiene uno de esos aparatos para hacer abdominales, ?no?

?Que pais este! ?Todo el mundo preocupado por su barriga! Que meten dentro, que aspecto tienen. Cada vez que pongo la tele hay algun mamon tratando de venderme un estomago plano. Bueno, supongo que yo no tendre uno asi nunca mas. Y menos uno como el suyo, companero, con aparato o sin el.

– No tengo ningun aparato de abdominales -dijo Dave sonriendo.

– Bueno, pues ?como lo ha hecho? Quiero decir, ?como ha conseguido ese estomago liso como una tabla?

– Tienes que ser capaz de aislar cada musculo cuando los ejercitas -dijo Dave.

Podia haber anadido que la mejor manera de hacerlo es aislar al hombre al mismo tiempo. Algo asi como encerrarlo en prision durante cinco anos. Homestead estaba lleno de tipos con unos torsos que parecian dibujados en una escuela de anatomia.

Los dos hombres volvieron los ojos cuando una de las damas de rosa del Jade aparecio en cubierta y se dirigio hacia la proa del barco. Con sus generosas caderas, tenia un aspecto aun mas amazonico que su capitana. Bert sonrio con aire de depredador y dijo:

– En las mujeres no es la barriga, ?verdad? Es el trasero lo que las preocupa. Y no es que haya nada malo en ese culo. Pero por lo que yo se, ya existe un aparato para trabajar el trasero. Para que las mujeres tengan unos

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