Pero los dos sabiamos que no.

Hizo caso omiso, dio media vuelta y salio del laboratorio y del Instituto de Patologia, aunque eso no lo vi.

Unos meses despues Erich Liebermann von Sonnenberg me dijo que Richard Bomer habia dejado la KRIPO y se habia pasado a las SS. En esa epoca, parecia la mejor carrera.

12

– Los dos agentes de la KRIPO fueron muy amables -me dijo Georg Behlert-. Frau Adlon no puede estar mas agradecida por la forma en que ha llevado usted este asunto. Excelente. Enhorabuena.

Estabamos sentados en su despacho, contemplando el Jardin Goethe. Al otro lado de las puertas abiertas del adyacente Patio Palm un trio de pianos se esforzaba en prescindir de la presencia de una estatua de Hercules que parecia imponer algo mas vigoroso que una seleccion de Mozart y Schubert. Me identifique un poco con Hercules cuando volvia a Micenas despues de haber hecho un trabajo inutil.

– Es posible -dije-, pero me parece que no fue muy acertado mezclarme tanto en el asunto. Tenia que haber dejado que lo hiciesen ellos solos. Podia haber pensado que sacarian algun provecho.

Behlert me miro sin comprender.

– ?Que provecho? ?No se referira a…?

– No, del hotel, no -anadi-. De mi.

Solo por ver la expresion de horror de su lisa y lustrosa cara, le conte lo de Liebermann von Sonnenberg y el muerto del hospital Charite.

– La proxima vez -dije-, si la hay, procurare no meterme en la investigacion policial. Fue una ingenuidad por mi parte pensar que podia. Y, total, ?por que? Por un tipo gordo de la habitacion dos diez al que ni siquiera conocia. ?Por que habia de preocuparme su mujer? Quizas ella lo odiase y, si no, desde luego se lo habia ganado. Se habria llevado su merecido si, al dar la noticia a la viuda, los policias hubieran metido la pata y herido sus sentimientos. ?Que hubiese pensado en ella, cuando empezo a tontear con una chica alegre berlinesa!

– Pero lo hizo usted por la reputacion del Adlon -dijo Behlert, como si no hiciese falta mas justificacion.

– Si, supongo que si.

Se habia puesto de pie; abrio una licorera de la priva buena y sirvio dos vasitos como dedales.

– Tenga, tome esto. Parece que le hace falta.

– Gracias, Georg.

– ?Que le va a pasar ahora?

– ?A Rubusch?

– No, me refiero al pobre hombre del deposito.

– ?De verdad quiere saberlo?

Asintio.

– Lo que suele suceder con los cadaveres no identificados es que se los llevan al instituto de anatomia de la universidad y les sueltan a los estudiantes.

– Pero supongamos que en la investigacion se descubre su verdadera identidad.

– No me he explicado bien, ?verdad? No va a haber investigacion. Es decir, puesto que he demostrado su origen judio, no habra investigacion. La policia de Berlin no quiere saber nada de cadaveres de judios, puesto que se consideraria un uso indebido del tiempo y los recursos policiales. Lejos de sancionar al criminal (si es que fue un crimen, porque tampoco estoy tan seguro), lo mas facil es que la policia lo felicite.

Behlert apuro su vaso de excelente schnapps y sacudio la cabeza con incredulidad.

– No me lo invento -dije-. Se que parece increible, pero es la pura verdad. Con la mano en el corazon.

– Le creo, Bernie, le creo. -Suspiro-. Acaba de regresar de Bavaria uno de nuestros clientes. Es un judio britanico, de Manchester. Parece ser que vio una senal de trafico que decia, mas o menos: curva peligrosa, limite de velocidad, 50. judIos: aceleren. ?Que podia decirle? Pues que seguramente seria una broma de mal gusto, aunque yo sabia que no. En Jena, mi pueblo, tambien hay una senal parecida a la puerta del planetario Zeiss, en la que viene a decir que la nueva tierra prometida de los judios esta en Marte. Lo peor es que lo dicen en serio. Algunos clientes han empezado a comentar que no piensan volver a Alemania porque hemos perdido la consideracion que nos caracterizaba. No salvan ni a Berlin.

– Hoy en dia, el aleman considerado es el que no llama a la puerta de tu casa a primera hora de la manana para que no pienses que es la Gestapo.

Le di la carta de renuncia de Muller al puesto de detective del Adlon. La leyo y la dejo en el escritorio.

– No puedo decir que me extrane ni que lo sienta. Hace un tiempo que sospecho de ese hombre. Naturalmente, eso le acarreara a usted mas trabajo, al menos hasta que encontremos sustituto. Por eso voy a subirle el sueldo. ?Que tal le suenan diez marcos mas a la semana?

– No es Handel, pero me gusta.

– Me alegro. Quizas encuentre usted un sustituto. Al fin y al cabo, nos ayudo mucho con Fraulein Bauer. La taquimecanografa, ?recuerda? Esta trabajando mucho con Herr Reles, el de la uno catorce. Por lo visto, esta muy contento con ella.

– Me alegro.

– ?No conoce a alguien? Un ex policia como usted, de confianza, discreto e inteligente.

Asenti con lentitud y bebi el trago.

Me dio la impresion de que Georg Behlert creia conocerme, al contrario que yo, que no lo creia en absoluto. Ya no, menos aun desde la visita a Otto Schuchardt en el Negociado de Asuntos Judios de la sede de la Gestapo.

Puede que fuese el momento de hacer algo al respecto.

Cogi el tranvia numero 10 hacia el oeste, cruzamos Invalidenstrasse hasta Moabit Viejo y dejamos atras los juzgados penales y la carcel. Al lado de la lecheria Bolle -de la que salia un fuerte olor a estiercol de caballo que se extendia por la calle en direccion al puente Lessing- habia unos pisos ruinosos. Era un barrio de mala muerte; hasta los indigentes de la calle parecian trastos tirados a la basura.

Emil Linthe vivia en el ultimo piso; por la ventana abierta del rellano se oia el ruido de la fabrica de herramientas mecanicas de Huttenstrasse. Durante la Gran Depresion, la fabrica habia cerrado sus puertas casi un ano, pero, desde la llegada de los nazis al gobierno, la actividad era constante. Tres unicos golpes de hierro se repetian una y otra vez, como un vals dirigido por Thor, el dios del trueno.

Llame a la puerta y, al cabo de un momento, se abrio y vi a un hombre alto y delgado de treinta y pico anos, con mucho pelo levantado por delante y practicamente calvo por detras. Parecia una tumbona puesta en la coronilla de una persona.

– ?Llega uno a acostumbrarse a ese ruido? -pregunte.

– ?Que ruido?

– Si, ya lo veo. ?Emil Linthe?

– Se ha ido de vacaciones a la isla de Rugen.

Tenia los dedos manchados de tinta; suficiente para hacerme sospechar que, en realidad, estaba hablando con el hombre a quien buscaba.

– Me he equivocado -dije-. Es posible que ahora te llames de otra forma. Otto Trettin me dijo que podias ser Maier o tal vez Schmidt, Walter Schmidt.

El personaje de Linthe se desinflo como un globo.

– Un poli.

– Tranquilo, no he venido a retorcerte las munecas, sino por negocios. De los tuyos.

– ?Y por que iba yo a hacer negocios con un pasma de Berlin?

– Porque Otto todavia no ha encontrado tu expediente, Emil, y porque no quieres darle motivos para que empiece a buscarlo otra vez, en cuyo caso podrias volver al Punetazo. Eso lo dice el, no yo, pero soy como un hermano, para ese hombre.

– Siempre he creido que los polis mataban a sus hermanos en la cuna.

– Invitame a entrar. Se buen chico. Aqui fuera hay mucho ruido y no querras que levante la voz, ?verdad?

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