yo tampoco. Aparte de eso, le estaba saliendo redondo lo de hacerme quedar bien. La verdad es que lo habia practicado mucho.
– Herr Behlert me ha contado lo que paso cuando fue usted al Alex -dijo Hedda-. Me refiero a ese pobre judio cuya muerte no quieren investigar por motivos raciales.
– Hummm hum.
– Por lo visto, a usted le parecio que debia de tratarse de un boxeador.
– Aja.
Ninguna de las dos estaba fumando. Todavia. Quiza quisieran que me marease. El cigarrillo turco que tenia en la boca era suficientemente fuerte, pero me dio la sensacion de que iba a necesitar mas de uno para seguirles el juego, fuera lo que fuese lo que querian de mi.
Noreen Charalambides dijo:
– He pensado que la historia de ese hombre podria ser el punto de partida de un articulo interesante para mi periodico. El articulo sobre el linchamiento de Georgia lo empece de la misma forma. Se me ha ocurrido que tal vez a ese hombre se lo hayan cargado los nazis por ser judio y que quiza pueda relacionarse su muerte con las Olimpiadas. ?Sabia que la primera organizacion deportiva alemana que excluyo a los judios fue la Federacion de Boxeo de este pais?
– No me extrana. El boxeo siempre ha sido un deporte importante para los nazis.
– ?Ah! ?Si? No lo sabia.
– Claro. Las SA no ha dejado de dar punetazos a la gente en la cara desde antes de 1925. A esos camorristas de cerveceria siempre les ha gustado la pela, sobre todo desde que Schmeling se proclamo campeon mundial. Claro que perder el titulo ante Max Baer tampoco favorecio nada a la causa de los boxeadores judios en Alemania.
Mistress Charalambides me miro con una expresion indefinible. Supuse que, con su comentario sobre la Federacion Alemana de Boxeo, habia vaciado la escupidera de lo que sabia sobre ese deporte.
– Max Baer es medio judio -aclare.
– ?Ah, comprendo! Herr Gunther, estoy convencida de que ya habra pensado en la posibilidad de que el difunto (llamemoslo Fritz) fuese socio de un gimnasio o de una asociacion deportiva y lo expulsaran por judio. ?Quien sabe lo que pudo pasar a raiz de eso?
Ni se me habia pasado por la cabeza semejante idea. Habia estado muy pendiente de lo que pudiera sucederme a mi, pero, ahora que lo pensaba, lo que decia esa mujer podia tener sentido. De todas maneras, no iba a reconocerlo, de momento. Al menos, mientras ellas tuviesen algo que pedirme.
– Me preguntaba -dijo Mistress Charalambides- si no le importaria ayudarme a averiguar algo mas sobre Fritz; hacer mas o menos de detective privado, vaya. Como ve, hablo aleman bastante bien, pero no conozco la ciudad. Berlin es un tanto misteriosa para mi.
Me encogi de hombros.
– Si el mundo es un teatro, Berlin no es mas que la cerveza y las salchichas, como quien dice.
– ?Y la mostaza? He ahi mi problema. Me temo que, si voy por ahi haciendo preguntas por mi cuenta y riesgo, acabare metiendome en una madriguera de la Gestapo y me echaran de Alemania a patadas.
– Existe esa posibilidad.
– Vera, tambien me gustaria entrevistar a alguien del Comite Olimpico Aleman, como Von Tschammer und Osten, Diem o posiblemente Lewald. ?Sabia que es judio? No quiero que se enteren de lo que me propongo hasta que ya no tenga remedio. -Hizo una pausa-. Como es natural, le pagaria unos emolumentos por su ayuda.
Estaba a punto de recordarles que ya tenia trabajo, cuando tercio Hedda Adlon.
– Lo arreglare con mi marido y con Herr Behlert -dijo-. Herr Muller cubrira sus turnos.
– Se ha despedido -dije-, pero en la seccion juvenil del Alex hay un tipo que seguramente este dispuesto a hacer horas extras. Se llama Stahlecker. Tenia intencion de llamarlo.
– Hagalo, por favor. -Hedda asintio-. Lo considerare un favor personal, Herr Gunther -dijo-. No quiero que Mistress Charalambides corra ningun peligro y me da la impresion de que la mejor manera de protegerla es que la acompane usted a todas partes.
Acaricie la idea de responder que estaria mejor protegida si dejabamos correr el asunto, pero la perspectiva de pasar algun tiempo con Noreen Charalambides no carecia de atractivo. He visto colas de cometas menos llamativas.
– Independientemente de lo que usted decida, ella va a hacer lo que se ha propuesto -anadio Hedda, como si me hubiese leido el pensamiento-, conque ahorrese la saliva, Herr Gunther. Yo misma he intentado disuadirla, pero siempre ha sido tozuda.
Mistress Charalambides sonrio.
– Puede usted disponer de mi coche, por descontado.
Estaba claro que lo habian preparado todo entre las dos y que lo unico que me habian dejado a mi era seguirles el juego. Queria preguntar cuanto me pagarian, pero ninguna parecia inclinada a seguir con el tema. Es lo que pasa con la gente adinerada. Por lo visto, la cuestion del dinero solo viene a cuento cuando no se tiene, como lo del abrigo de marta cibelina: seguro que la marta no le prestaba la menor atencion hasta el dia en que desaparecio.
– Naturalmente. Sera para mi un placer ayudarla en cuanto este en mi mano, Frau Adlon, si ese es su deseo.
Lo dije mirando a mi jefa a los ojos. Queria dejarle claro que lo del placer era puro formulismo, sobre todo siendo su amiga tan atractiva y mi emocion por estar cerca de su persona tan evidente como me parecia a mi. Tenia la impresion de ser un puercoespin en una habitacion llena de globos de juguete.
Mistress Charalambides cruzo las piernas y fue como si hubiesen encendido una cerilla. «?Al diablo con la Gestapo!», pense. De quien habia que protegerla era de mi, de Gunther. Era yo quien queria desnudarla y plantarla delante de mi y pensar en las cosas que podria hacer ella con su encantador trasero, aparte de sentarse. La sola idea de estar en un coche con ella me recordo a un cura novicio haciendo de confesor en un convento poblado de ex coristas metidas a monjas. Mentalmente me sacudi dos bofetones en toda la boca y, luego, otro mas, para asegurarme de que entendia el mensaje.
«Esa mujer no es para hombres como tu, Gunther, me dije. No te permitas ni sonar con ella. Esta casada y es la amiga mas antigua de tu jefa. Antes de ponerle un dedo encima, te metes en la cama con Hermann Goering.»
Naturalmente, como nos recuerda Samuel Johnson, cuando uno se esfuerza tanto en asfaltar la autopista con buenas intenciones, en realidad anda tras el sexo. Puede que al traducirlo se pierda algo, pero a mi me valia.
14
El coche de Hedda Adlon era un Mercedes SSK, el modelo que no esperaba conducir jamas. La «k» significaba «pequeno», pero con sus enormes guardabarros y sus seis cilindros exteriores, el deportivo blanco resultaba tan pequeno como el puente levadizo de un castillo, e igualmente dificil de manejar. Tenia cuatro ruedas y un volante, como todos los coches, pero ahi se acababa la semejanza. Encender el potente motor de siete litros era como poner en marcha la helice de Manfred von Richthofen; solo la suma de dos ametralladoras 7.92 lo habria superado en estruendo. El coche llamaba la atencion como un reflector en una colonia de polillas fascinadas por el teatro. Por descontado, conducirlo era muy estimulante -aumento mi admiracion por la habilidad de Hedda al volante, por no mencionar la disposicion de su marido para permitirle juguetes tan caros-, pero, para hacer trabajos de investigacion, era mas inutil que un caballo de pantomima; este, al menos, habria proporcionado cierto anonimato a dos personas y yo habria agradecido los intimos detalles practicos de cerrar la marcha detras de Mistress Charalambides.
Lo utilizamos un dia, lo devolvimos y, a partir de entonces, tomamos prestado el de Herr Behlert, un W bastante mas discreto.
Las anchas calles berlinesas estaban casi tan atestadas como las aceras. Por el centro traqueteaban los tranvias, que avanzaban a su ritmo automatico y regular bajo la atenta mirada de los guardias de trafico, quienes, con sus mangas blancas y como barrigones jueces de linea en un partido metropolitano de futbol, evitaban que los
