paz. En estos momentos me da asco el y me lo doy yo. ?Nunca se da asco usted, Gunther?

– Solo cuando me miro al espejo. Para ser policia hay que ser buen fisonomista, sobre todo con la propia cara. Es un trabajo que produce cambios inesperados. Al cabo de un tiempo, a lo mejor te miras al espejo y ves a un tipo identico a toda la escoria que has mandado a la carcel, pero ultimamente tambien me doy asco cada vez que cuento mi vida a alguien.

En Halensee gire a la izquierda, hacia Konigsallee y senale al norte por la ventanilla.

– Ahi arriba estan construyendo el estadio olimpico -dije-, al otro lado de las vias del suburbano de Pichelsberg. A partir de aqui, Berlin es todo bosques, lagos y selectas urbanizaciones de mansiones. Sus amigos, los Adlon, tenian una por aqui, pero a Hedda no le gustaba y por eso compraron otra cerca de Potsdam, en el pueblo de Nedlitz. La utilizan como segunda residencia para huespedes especiales que desean huir un fin de semana de los rigores de la vida en el Adlon, por no hablar de sus esposas. O de los maridos.

– Supongo que el precio de contratar a un detective es que se entere de todo lo que te concierne -dijo.

– Es mucho menos, no le quepa la menor duda.

A unos ocho kilometros de la estacion de Halensee, en direccion suroeste, pare el coche enfrente de un restaurante Hubertus situado en un bonito rincon.

– ?Por que nos paramos?

– Almorzaremos temprano y nos enteraremos de un par de cosas. Cuando le dije que el Turco vivia en Grunewald se me olvido comentar que el bosque tiene una extension de mas de tres mil hectareas. Si queremos dar con el, tendremos que saber algunos detalles del terreno.

El Hubertus parecia de una opereta de Lehar: una acogedora casa de campo cubierta de hiedra, con un jardin en el que un principe y su baronesa podrian detenerse un momento, de camino a un grandioso pero sombrio refugio de caza, a comer un plato de jarrete de ternera. Rodeados por un coro de berlineses bastante bien cebados, hicimos cuanto pudimos por parecer un hombre importante y su senora, asi como por ocultar la decepcion que nos causo el camarero, porque no sabia nada de los alrededores.

Despues del refrigerio seguimos hacia el sur y el oeste; preguntamos en un comercio de un pueblo situado a orillas del Reitmeister See, despues en la estafeta de Correos de Krumme Lanke y por ultimo en un garaje de Paulsborn, donde el empleado nos dijo que habia oido decir que, en la orilla izquierda del Schlachtensee, vivia gente en tiendas de campana, en un paraje al que se llegaba mejor en barca. Asi pues, continuamos hasta Beelitzhof y alquilamos una motora para proseguir la busqueda.

– He pasado un dia delicioso -dijo ella, mientras la lancha surcaba las heladas aguas de color azul de Prusia-, aunque no encontremos lo que buscamos.

Y entonces sucedio.

Primero vimos el humo, que se elevaba por encima de las coniferas como una columna. Era un pequeno asentamiento de tiendas militares excedentes; habria unas seis o siete. Durante la Gran Depresion, habian montado tiendas de campana para pobres y desempleados cerca de mi casa, en el Tiergarten, en una parcela grande.

Apague el motor y nos acercamos con cuidado. Un grupo poco numeroso de hombres andrajosos, varios de los cuales eran evidentemente judios, salio de su refugio. Llevaban palos y hondas. De haberme presentado solo, es posible que hubieran salido a recibirme con mas hostilidad, pero me parecio que se tranquilizaban un poco al ver a Mistress Charalambides. Nadie se adorna con un collar de perlas y un abrigo de marta cibelina para ir a meterse en lios. Amarre la lancha y la ayude a bajar a tierra.

– Estamos buscando a Solly Mayer -dijo ella con una agradable sonrisa-. ?Lo conocen ustedes?

Nadie respondio.

– Mi nombre de casada es Noreen Charalambides -dijo-, pero el de soltera es Eisner. Soy judia. Se lo digo para que se convenzan de que no he venido a espiar a Herr Mayer ni a informar de su paradero. Soy periodista estadounidense y busco informacion. Creemos que Solly Mayer podria ayudarnos; asi pues, por favor, no teman. No vamos a hacerles ningun dano.

– Usted no nos da miedo -dijo uno de ellos.

Era un hombre alto, con barba. Llevaba un abrigo largo y un sombrero negro de ala ancha. De los lados de la frente le colgaban sendos tirabuzones de pelo que parecian algas de cinta.

– Creiamos que serian ustedes de las juventudes hitlerianas. Hay una tropa acampada por los alrededores y nos han atacado por pura diversion.

– Es terrible -dijo Mistress Charalambides.

– Procuramos hacerles el vacio -dijo el judio de los tirabuzones-. La ley nos impone limites a la hora de defendernos, pero ultimamente los ataques son mas violentos.

– Solo queremos vivir en paz -dijo otro hombre.

Eche una mirada general al campamento. Habia varios conejos colgados de un palo junto a un par de canas de pescar. Un hervidor grande humeaba sobre una rejilla metalica, colocada a su vez encima de una hoguera. Entre dos tiendas hechas jirones se veia una cuerda que hacia las veces de tendal. El invierno se aproximaba y pense que no tenian muchas probabilidades de sobrevivir. Solo de verlos, me entraron hambre y frio.

– Yo soy Solly Mayer.

Era mas bien alto, tenia el cuello corto y, al igual que los demas, tantos meses de vida al aire libre le habian curtido mucho el color de la piel. Sin embargo, debia haberlo descubierto en cuanto lo vi. Casi todos los boxeadores tienen la nariz rota en horizontal, pero al Turco se la habian cosido tambien en vertical; parecia un cojin rosa colocado en medio de la gran extension que era su cara. Supuse que una nariz asi podria hacer muchas cosas: embestir contra una trirreme romana, echar abajo la puerta de un castillo, buscar trufas blancas…, pero no me hacia a la idea de que sirviese para respirar.

Mistress Charalambides le hablo del articulo que queria escribir y de sus esperanzas de que los Estados Unidos boicoteasen las Olimpiadas de Berlin.

– Pero, ?no lo han hecho ya? -dijo el hombre alto y barbudo-. ?De verdad piensan mandar un equipo los Amis?

– Eso me temo -dijo Mistress Charalambides.

– Estoy seguro de que Roosevelt no hace oidos sordos a lo que esta pasando aqui -dijo el hombre alto-. Es democrata. Y, ademas, los judios que viven en Nueva York no se lo permitiran.

– Pues, de momento, tengo la impresion de que eso es lo que piensa hacer -dijo ella-. Vera, entre sus oponentes, su administracion ya tiene fama de ser demasiado partidaria de los judios estadounidenses. Seguro que piensa que, politicamente, para el es mejor no definirse sobre la cuestion de mandar o no mandar a un equipo aqui en el treinta y seis. A mi periodico le gustaria hacerle cambiar de opinion y a mi tambien.

– ?Y cree usted -dijo el Turco- que serviria de algo publicar un articulo sobre un boxeador judio muerto?

– Si, creo que si.

Pase al Turco la fotografia de «Fritz». Se puso un par de gafas en lo que en plan de broma podria llamarse el puente de la nariz y, sujetandola con el brazo completamente estirado, la miro fijamente.

– ?Cuanto pesaba este hombre? -me pregunto.

– Cuando lo sacaron del canal, unos noventa kilos.

– Es decir que, cuando entrenaba, pesaria unos nueve o diez menos -dijo el Turco-. Un peso medio o semipesado. -Volvio a mirarla y le dio un golpe con el dorso de la mano-. No se. Despues de una temporada en el ring, estos pugiles acaban pareciendose mucho unos a otros. ?Por que cree que era judio? No me da esa impresion.

– Estaba circuncidado -dije-. ?Ah! Y, por cierto, era zurdo.

– Ya. -El Turco asintio-. A ver, creo que este hombre podria ser, solo podria ser, digo, un tal Eric Seelig. Fue campeon de los semipesados hace unos anos y era de Bromberg. Si es el, fue el judio que vencio a unos cuantos boxeadores bastante buenos, como Rere de Vos, Karl Eggert y Zingaro Trollmann.

– ?Zingaro Trollmann?

– Si, ?lo conoce?

– He oido hablar de el, desde luego -dije-, como todo el mundo. ?Que fue de el?

– Lo ultimo que supe es que estaba de portero en el Cockatoo.

– ?Y de Seelig? ?Sabe algo?

– Aqui no llega la prensa, amigo. Lo que se es de hace meses, pero me dijeron que en su ultimo combate se habian presentado unos matones de las SA. Tenia que defender su titulo en Hamburgo, contra Helmut Hartkopp, y

Вы читаете Si Los Muertos No Resucitan
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату