le metieron el miedo en el cuerpo porque era judio. Despues desaparecio. Puede que este en el campo o en el canal y haya terminado alli su vida, quien sabe. Berlin esta muy lejos de Hamburgo, pero no tanto como Bromberg. Eso esta en el corredor polaco, me parece.

– Eric Seelig, dice.

– Puede. Nunca habia tenido que mirar a un cadaver hasta ahora, salvo en el ring, claro. Pero, ?como ha dado conmigo?

– Por un tal Buckow, del T-gym. Le manda recuerdos.

– ?Bucky? Si. Buen tipo, Bucky.

Saque la cartera y le ofreci un billete, pero no lo quiso, conque le di el paquete de tabaco, menos un cigarrillo. Mistress Charalambides hizo lo mismo.

Estabamos a punto de embarcar de nuevo cuando llego algo volando por el aire y le dio al hombre del sombrero grande. El hombre cayo con una rodilla en tierra, apretandose la mejilla ensangrentada con la mano.

– Otra vez esos enanos cabrones -escupio el Turco.

A lo lejos, a unos treinta metros, vi a un grupo de jovenes vestidos de color caqui en un claro del bosque. Otra piedra volo por el aire y a punto estuvo de alcanzar a Mistress Charalambides.

– ?Yiddos! -decian como si fuese una cancioncilla-. ?Yidd-os!

– Ya es suficiente -dijo el Turco-. Voy a ajustar las cuentas a esos cabrones.

– No -le dije-, no lo haga. Se metera en un lio. Dejeme a mi.

– ?Que puede hacer usted?

– Ahora lo veremos. Deme la llave de su habitacion.

– ?La llave de mi habitacion? ?Para que?

– Usted demela.

Abrio su bolso de piel de avestruz y me dio la llave. Estaba sujeta a una gruesa pieza oval de laton. Saque la llave y se la devolvi. A continuacion, di media vuelta y me puse a andar en direccion a los atacantes.

– Tenga cuidado -me dijo ella.

Llego otra piedra volando en direccion a mi cabeza.

– ?Yidd-os! ?Yidd-os! ?Yidd-os!

– ?Ya es suficiente! -les grite-. ?El proximo nino que tire una piedra queda arrestado!

Serian unos veinte, de entre diez y dieciseis anos. Todos rubios, con cara infantil, gesto duro y la cabeza llena de cosas absurdas que oian decir a nazis como Richard Bomer. Tenian en las manos el futuro de Alemania, ademas de unas piedras grandes. A unos diez metros de ellos, ensene brevemente la placa de la llave con la esperanza de que, desde esa distancia, pudiese parecerles una chapa policial. Oi que uno decia en voz baja: «Es poli». Sonrei: el truco habia dado resultado. Al fin y al cabo, no eran mas que un punado de mocosos.

– En efecto, soy policia -dije, sin soltar la placa-. Comisario Adlon, de la brigada criminal de Westend Praesidium. Sabed que habeis tenido mucha suerte por no haber herido gravemente a ninguno de esos otros agentes de policia.

– ?Agentes de policia?

– Pero si parecen judios. Algunos si, desde luego.

– ?Que clase de policias van por ahi vestidos de judios?

– Los de la secreta, para que lo sepas -dije, y sacudi un buen bofeton al muchacho pecoso que parecia el mayor. Se puso a llorar-. Son oficiales de la Gestapo y estan buscando a un criminal despiadado que ha matado a unos cuantos ninos en este bosque. Si, eso es, chicos como vosotros. Les corta el cuello y los despedaza. El unico motivo por el que no ha salido en la prensa es porque no queremos que cunda el panico, pero resulta que ahora llegais vosotros, pandilla de bobos, y casi echais a perder la operacion.

– Pero nosotros no tenemos la culpa, senor. Es que parecen judios.

Tambien a el le solte un bofeton. Me parecio muy bien que se hiciesen una idea certera de lo que en realidad era la Gestapo. Quizas asi hubiera alguna esperanza de futuro para Alemania, a pesar de todo.

– ?Callate! -le espete-. Y no hables si no te preguntan. ?Entendido?

Resentidos, los miembros de las juventudes hitlerianas asintieron en silencio.

Agarre a uno por el panuelo del cuello.

– ?Tu!, ?tienes algo que decir?

– Que lo siento, senor.

– ?Lo sientes? Podias haber sacado un ojo a aquel agente. Sera buena idea decir a vuestros padres que os den unos buenos cintarazos o, mejor aun, que os detengan y os metan en un campo de concentracion. ?Os gustaria? ?Eh?

– Por favor, senor, no queriamos hacer dano.

Solte al chico. Ya se les habia puesto cara de arrepentimiento a todos. No parecian de las juventudes hitlerianas, sino, mas bien, un grupo de escolares. Los habia puesto donde queria. Era como si estuviese entrenando a una patrulla en el Alex. Al fin y al cabo, los policias hacen las mismas tonterias juveniles que los escolares, salvo los deberes del colegio.

– De acuerdo. Por esta vez, lo dejaremos asi. Y va por todos. No se lo conteis a nadie. A nadie, ?entendido? Se trata de una operacion encubierta. La proxima vez que tengais ganas de tomaros la ley por vuestra cuenta, no lo hagais. No todo el que parece un judio lo es de verdad. Meteoslo en la cabeza. Ahora, volved a casa antes de que me arrepienta y os detenga por atacar a un agente de policia. Y no olvideis lo que os he dicho: hay un criminal despiadado rondando por estos bosques, conque mas vale que os largueis y no volvais hasta que os entereis por la prensa de que lo han cogido.

– Si, senor.

– Asi lo haremos, senor.

Volvi a las tiendas de la orilla del lago. Atardecia. Las ranas se preparaban para el concierto nocturno, los peces saltaban en el agua y uno de los judios estaba tirando la cana hacia una onda en expansion. La herida del hombre del sombrero no era grave; estaba fumando un cigarrillo de los mios para tranquilizarse.

– ?Que les ha dicho para deshacerse de ellos? -pregunto el Turco.

– Les he dicho que eran ustedes policias de incognito -respondi.

– ?Y se lo han creido? -pregunto Mistress Charalambides.

– A pie juntillas.

– Pero, ?por que? -dijo-. Es una mentira flagrante.

– ?Acaso ha detenido eso a los nazis alguna vez? -Senale la lancha con un gesto de la cabeza-. Suba -le dije-, nos vamos.

Cogi de detras de la oreja el ultimo cigarrillo que me quedaba y lo encendi con una astilla de la hoguera que me acerco el Turco.

– Creo que los dejaran en paz -le dije-. No les he metido en el cuerpo el temor de Dios, solo el de la Gestapo; para ellos es mas importante, me parece.

El Turco se rio.

– Gracias, mister -dijo, y me estrecho la mano.

Desamarre y subi a la lancha con Mistress Charalambides.

– Si algo he aprendido en estos ultimos anos -dije, al tiempo que ponia el motor en marcha- es a mentir como si fuera verdad. Si uno esta previamente convencido de algo, por estrafalario que sea, nunca se sabe hasta que punto puede salirse con la suya, con los tiempos que corren.

– Es usted tan cinico que lo he tomado por nazi -dijo ella.

Creo que quiso hacer una broma, pero no me gusto oirselo decir. Naturalmente, al mismo tiempo sabia que tenia razon. Soy cinico. Podria haber alegado en mi defensa que habia sido poli y que para los polis solo hay una verdad: todo lo que te cuentan es mentira; pero tampoco me parecio apropiado. Ella tenia razon y no era cuestion de burlarme de ella con otro comentario cinico sobre la posibilidad de que los nazis pusieran algo en el agua, como bromuro, por ejemplo, para que todos los alemanes pensasemos lo peor de los demas. Era cinico. ?Y quien no, que viviese en Alemania?

Nunca habria desconfiado de Noreen Charalambides y, desde luego, tampoco queria que fuese a la inversa. Como no tenia a mano un bozal, me tape un labio con el otro para dominar la lengua un rato y aprete el acelerador. Una cosa es morder al enemigo y otra muy distinta que parezcas capaz de morder a tus amigos, por

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