– ?Ay, Dios! Es decir, ?como un pobre negro que quiere disfrazarse para evitar que lo linchen?
– Mas o menos, supongo. El caso es que se celebro el combate y, como lo habian obligado a no luchar al estilo que lo habia convertido en campeon, se quedo pegado a Eder, devolviendole punetazo por punetazo. El contrincante, que pesaba mas, le dio una paliza tremenda, hasta que, hacia el quinto asalto, lo sometio y lo vencio por K.O. Desde entonces, no ha vuelto a ser el mismo luchador. Lo ultimo que supe de el es que combatia todos los meses con tipos mas fuertes que el y que se dejaba dar unas palizas tremendas solo por poder llevar dinero a su mujer.
Mistress Charalambides sacudio la cabeza.
– Es una tragedia griega moderna -dijo.
– Si lo dice por la poca risa que da, tiene razon, y le aseguro que los dioses se merecen una patada en el culo o algo peor por permitir que le hagan eso a una persona.
– Por lo que he visto hasta ahora, los dioses han dejado de trabajar en Alemania.
– He ahi la cuestion, ?no? Si no estan ahi para ayudarnos ahora, es posible que ni existan.
– No lo creo, Bernie -dijo ella-. Para una dramaturga es muy malo creer que no hay nada mas alla del hombre. A nadie le gusta ir al teatro para que le digan eso, y menos ahora. Puede que ahora menos que nunca.
– A lo mejor empiezo a ir al teatro otra vez -dije-. ?Quien sabe! A lo mejor me devuelve la fe en la naturaleza humana. Pero, mire, ahi viene Trollmann, conque mas vale que no alimente esperanzas.
En el momento en que lo decia supe que si mi fe en la naturaleza humana me habia tocado en la loteria, romperia el boleto solo con ver a Trollmann otra vez. Zingaro Trollmann, tan atractivo antes como cualquier campeon, era ahora la caricatura de un pugil sonado. Estaba tan grotescamente desfigurado que fue como clavar los ojos en Mister Hyde nada mas salir de casa del doctor Jekyll. La nariz, antano pequena y agresiva, parecia ahora, por el tamano y la forma, un saco de arena en un reducto mal construido que, a su vez, parecia haberle empujado los ojos hacia los lados de la cabeza, como una res bovina. Las orejas le habian crecido mucho y no tenian contorno, como si le hubiesen caido encima desde la maquina de cortar tocino de una chacineria. Tenia la boca increiblemente ancha y, cuando sonrio estirando los labios, llenos de cicatrices, y ensenando los dientes que tenia y los muchos que le faltaban, fue como contar un chiste al hermano menor de King Kong. Lo peor era su actitud, mas alegre que una pared de dibujos de un jardin de infancia, como si no tuviese la menor preocupacion en la vida.
Cogio una silla como si fuera un baston de pan y la poso con el respaldo hacia la mesa.
Nos presentamos. Mistress Charalambides le dedico una sonrisa que habria iluminado una mina de carbon y se quedo mirandolo con unos ojos tan azules que habrian sido la envidia de los gatos persas. Trollmann no dejaba de asentir y sonreir, como si fueramos sus mas queridos y antiguos amigos. Tal vez lo fuesemos, teniendo en cuenta como lo habia tratado el mundo hasta entonces.
– Si le digo la verdad, Herr Gunther, me acuerdo de usted. Usted es policia. Seguro, me acuerdo.
– Nunca digas la verdad a un policia, Rukelie, porque asi es como te pillan. Es verdad, era policia, pero ya no. Ahora solo soy el guripa del hotel Adlon. Por lo visto, a los nazis les gustan los polis republicanos tanto como los boxeadores gitanos.
– Eso si que es verdad, Herr Gunther. Si, si, me acuerdo de usted, vino a verme pelear. Fue con otro poli, uno que sabia pelear un poco, ?verdad?
– Heinrich Grund.
– Justo. Si, me acuerdo de el. Se entrenaba en el mismo gimnasio que yo. Eso.
– Fuimos a verte al Sportpalast. Combatias con Paul Vogel, aqui, en Berlin.
– Vogel, si. Aquel combate lo gane por puntos. Era un tipo duro, Paul Vogel. -Miro a Mistress Charalambides y se disculpo con un encogimiento de hombros-. Con la pinta que tengo ahora (es dificil de creer, senora, ya lo se), pero en aquella epoca ganaba muchos combates. Ahora ya solo me quieren de saco de arena. Ya sabe, me ponen delante de uno para que practique punteria. Claro, que podria tumbar a unos cuantos, desde luego, pero no me dejan pelear a mi manera. -Levanto los punos y, sin moverse de la silla, hizo una demostracion de esquives y directos-. ?Sabe lo que digo?
Ella asintio y le puso la mano en su zarpa de soldador.
– Es usted muy bonita, senora. ?No es bonita, Herr Gunther?
– Gracias, Rukelie.
– Si que lo es -dije.
– Conoci a muchas senoras bonitas, y todo por lo guapo que era, para ser boxeador. ?No es verdad, Herr Gunther?
Asenti.
– No lo habia mejor.
– Y todo porque bailaba tanto que ninguno podia encajarme un guantazo. Porque, claro, el boxeo no es solo golpear, tambien hay que procurar que no te den, pero esos nazis no quieren que lo haga, no les gusta mi estilo. -Suspiro y una lagrima se asomo a sus ojos bovinos-. Bueno, supongo que ahora ya no tengo nada que hacer en el boxeo profesional. No peleo desde marzo. Ya he perdido seis combates seguidos. Creo que es hora de colgar los guantes.
– ?Por que no se va de Alemania? -pregunto ella-. Ya que no le dejan pelear a su estilo…
Trollmann sacudio la cabeza.
– ?Como iba a marcharme? Mis hijos viven aqui y mi ex mujer. No puedo abandonarlos. Ademas, hace falta dinero para instalarse en otro sitio y ya no puedo ganarlo como antes. Por eso trabajo aqui. Tambien vendo entradas para el boxeo. ?No quiere comprar alguna? Tengo entradas para el Spichernsaele, Emil Scholz contra Adolf Witt, el 16 de noviembre. Puede ser un buen combate.
Le compro cuatro. Despues de los comentarios que habia hecho a la salida del T-gym, dude que tuviese intencion de ir a verlo en realidad y supuse que era una forma aceptable de darle un poco de dinero.
– Tome -me dijo ella-. Guardelas usted.
– ?Te acuerdas de un tal Seelig con el que peleaste? -le pregunte-. ?Eric Seelig?
– Claro que me acuerdo de Eric. No se me ha olvidado ninguno de mis combates. El unico boxeo que puedo permitirme ahora son los recuerdos. Luche con el en junio de 1932. Perdi por puntos, en la Bock. Claro que me acuerdo de el. ?Como iba a olvidarlo? Eric tambien paso una temporada muy mala, como yo. Solo porque es judio. Los nazis le quitaron los titulos y la licencia. Lo ultimo que supe fue que habia combatido con Helmut Hartkopp en Hamburgo. Lo gano por puntos. En febrero del ano pasado.
– ?Que fue de el? -Ella le ofrecio un cigarrillo, pero el lo rechazo.
– No se, pero ya no lucha en Alemania, eso lo se al cien por cien.
Le ensene la fotografia de Fritz y le conte las circunstancias de su muerte.
– ?Crees que podria ser este?
– No, este no es Seelig -dijo Trollmann-. Es mas joven que yo y mas que este otro, eso seguro. ?Quien le dijo que era Seelig?
– El Turco.
– ?Solly Mayer? Ahora lo entiendo. El Turco es tuerto. Se le desprendio la retina. Aunque le pongan delante un juego de ajedrez, no distinguiria las blancas de las negras. Entiendame, el Turco es un buen tipo, pero ya no ve nada bien.
El local empezaba a llenarse. Trollmann saludo a una chica del otro extremo del bar; no se por que, pero llevaba trocitos de papel de plata en el pelo. Lo saludaba toda clase de gente. A pesar de todos los esfuerzos de los nazis por deshumanizarlo, seguia ganandose la simpatia de la gente. Parecia que le caia bien hasta al loro de nuestra mesa, porque le dejaba que le acariciase las grises plumas del pelo sin intentar arrancarle un trozo de dedo.
Trollmann miro la fotografia otra vez y asintio.
– Lo conozco y no es Seelig. Pero, ?como supo que era boxeador?
Le conte que el muerto tenia fracturas curadas en los nudillos de los meniques y la marca de la quemadura en el pecho. El asintio como dandome la razon.
– Es usted listo, Herr Gunter, y ademas acerto. Este tipo es pugil. Se llama Isaac Deutsch y es un boxeador judio, claro. En eso tambien acerto.
– ?No siga! -dijo Mistress Charalambides-. ?Le va a reventar el ego!
