coches y los taxis se les cruzasen. Entre los silbatos de los guardias, los claxones de los coches y las bocinas de los autobuses, la red viaria resultaba casi tan ruidosa como un partido de futbol y, por la forma de conducir de los berlineses, cualquiera habria creido que esperaban la victoria de alguien. A bordo de los tranvias, las cosas parecian mas tranquilas: oficinistas de traje sobrio a un lado, hombres uniformados al otro, como dos delegaciones firmando un tratado de paz en un apartadero frances, aunque las injusticias del armisticio y la Depresion parecian haber quedado ya muy atras. El famoso aire de la ciudad estaba cargado de gasolina y de fragancia de flores, las de las cestas de las numerosas floristas, por no hablar de la creciente sensacion de seguridad. Los alemanes volvian a portarse bien consigo mismos, al menos los que eramos tan evidentemente alemanes como el aguila del casco del Kaiser.
– ?Alguna vez se para a pensar que es ario? -me pregunto Mistress Charalambides-. ?Que es mas aleman que los judios?
No tenia ninguna gana de hablarle de mi transfusion aria; en primer lugar, porque apenas la conocia y en segundo, porque me parecia un tanto vergonzante contarselo a una persona que, por lo que sabia, era judia al cien por cien, conque me encogi de hombros y dije:
– Un aleman es el que se enorgullece enormemente de serlo cuando va en pantalones cortos de piel, bien cenidos. En resumen, todo eso es ridiculo. ?He respondido a su pregunta?
Sonrio.
– Hedda me ha dicho que tuvo usted que dejar la policia porque era socialdemocrata reconocido.
– No se si reconocido. De haberlo sido, creo que me habrian salido las cosas de otra manera. Ultimamente se reconoce a quienes fueron socialdemocratas prominentes por las rayas del pijama.
– ?Echa de menos su profesion?
Negue con un movimiento de cabeza.
– Pero fue policia mas de diez anos. ?Siempre habia querido serlo?
– Es posible. No se. De pequeno jugaba a policias y ladrones en el jardin del bloque de pisos en el que viviamos. De todos modos, un dia dije a mi padre que, de mayor, seria policia o ladron y el me respondio: «?Y por que no las dos cosas, como casi todos los policias?». -Sonrei-. Era un hombre respetable, pero la policia no le hacia mucha gracia. A nadie se la hacia. No dire que nuestro barrio fuese conflictivo, pero siempre llamabamos «coartadas» a las historias que acababan bien.
Pasamos varios dias garabateando trayectos del plano de Berlin; yo le contaba chistes y la entretenia de camino a los gimnasios y clubs deportivos de la ciudad, donde ensenaba la fotografia de «Fritz» del expediente que Richard Bomer no habia querido llevarse. Desde luego, no salia muy favorecido, teniendo en cuenta que estaba muerto, pero el caso es que nadie lo reconocio. Tal vez dijesen la verdad, pero no era facil saberlo, habida cuenta de que Mistress Charalambides despertaba mayor interes. No era tan inusitado ver a una mujer hermosa y bien vestida en un gimnasio berlines, pero si poco normal. Intente explicarle que, si se quedaba en el coche, tal vez sacase mas informacion a los hombres de los gimnasios, pero no quiso escucharme. Mistress Charalambides no era de las que se dejan decir lo que deben hacer.
– ?Como quiere que escriba el articulo, si me quedo aqui? -dijo.
Le habria dado la razon, de no haber sido porque siempre nos encontrabamos con las mismas palabras: no se admiten judios. Me inspiraba lastima: tenia que verlo en cada gimnasio al que entrabamos. No decia nada, pero supuse que podia afectarla.
El T-gym era el ultimo de mi lista. Si me hubiese fiado de la intuicion, habria sido el primero.
En el centro de Berlin occidental, justo al sur de la estacion Parque Zoologico, hay una iglesia en honor al emperador Guillermo. Con tantas agujas de alturas diferentes, mas parece el castillo del Caballero Cisne Lohengrin que un lugar de culto religioso. Alrededor de la iglesia se apinaban salas de cine y de baile, cabarets, restaurantes, comercios elegantes y, en el extremo occidental de Tauentzienstrasse, encajonado entre un hotel barato y el Kaufhaus des Westens, se encontraba el T-gym.
Aparque, ayude a salir a Mistress Charalambides y me volvi a mirar el escaparate de KaDaWe.
– Estos grandes almacenes son bastante buenos -dije.
– No.
– Si, si, y el restaurante tambien.
– Quiero decir que no voy a ir de compras mientras usted entra en el gimnasio.
– ?Y si entra usted y me voy de compras yo? Esta corbata que llevo tiene una mancha.
– Entonces, no haria usted su trabajo. Sabe muy poco de mujeres, si cree que no voy a entrar en el gimnasio con usted.
– ?Quien ha dicho que sepa algo de mujeres? -Me encogi de hombros-. Lo unico que se con seguridad es que van del brazo por la calle. Los hombres no, a menos que sean maricas.
– No haria usted su trabajo y yo no le pagaria. ?Que me dice ahora?
– Me alegro de que hable de ello, Mistress Charalambides. ?Cuanto va a pagarme? En realidad, no llegamos a acordar el precio.
– Digame que tarifa le pareceria digna.
– Una pregunta dificil. No he practicado mucho la dignidad. Aplico ese concepto a la lectura del barometro o quizas a una doncella doliente.
– ?Por que no se imagina que soy una doncella doliente y me dice un precio?
– Porque, si alguna vez me la imaginase asi, no podria cobrarle nada. No recuerdo que Lohengrin pidiese a Elsa diez marcos al dia.
– Pues, si lo hubiera hecho, a lo mejor no la habria dejado.
– Cierto.
– De acuerdo. Asi pues, seran diez marcos al dia mas los gastos.
Sonrio lo suficiente para darme a entender que su dentista la amaba y, a continuacion, me agarro del brazo. Aunque me hubiera agarrado tambien el otro, para compensar, no habria protestado. Los diez marcos al dia no tenian nada que ver. Me bastaba con poder olerla, de cerca que la tenia, y con verle las ligas un instante cada vez que se apeaba del coche de Behlert. Dejamos atras el escaparate de los grandes almacenes y nos dirigimos a la puerta del T-gym.
– Este lugar es propiedad de un ex boxeador llamado Turco el Terrible. Lo llaman el Turco, por abreviar y por no herirle los sentimientos. Sacude a quien se los hiere. Nunca tuve que venir mucho a este gimnasio, porque solian frecuentarlo hombres de negocios y actores, mas que berlineses de los circulos.
– ?Circulos? ?Que circulos?
– No tienen nada que ver con los olimpicos, eso seguro. Los berlineses llaman circulos a las fraternidades de delincuentes que, mas o menos, controlaban esta ciudad durante la Republica de Weimar. Los principales eran tres: el Grande, el Libre y el Alianza Libre. Todos estaban inscritos oficialmente como sociedades benefactoras o clubs deportivos; algunos, tambien como gimnasios, y todo el mundo tenia que pagarles tributo: porteros, limpiabotas, prostitutas, encargados de los lavabos, vendedores de periodicos, floristas… ?cualquier cosa! Y todo convenientemente reforzado por tipos musculosos. Todavia existen, pero ahora son ellos quienes tienen que pagar a una banda nueva de la ciudad, una mas forzuda que ninguna otra: los nazis.
Mistress Charalambides sonrio, me apreto mas el brazo y, por primera vez, me fije en que tenia los ojos tan azules como una lamina de color ultramarino en un manuscrito iluminado e igual de elocuentes. Yo le gustaba, eso saltaba a la vista.
– ?Como es que no esta en la carcel? -pregunto.
– Porque no soy sincero -dije y abri la puerta del gimnasio.
Todavia no podia cruzar la puerta de un gimnasio de boxeo sin acordarme de la Depresion. Era sobre todo por el olor, que ni la capa reciente de pintura verde vomito ni la mugrienta ventana abierta conseguian neutralizar. Igual que todos los gimnasios a los que habiamos ido esa semana, el T olia a esfuerzo fisico, a grandes esperanzas y decepciones profundas, a orina, a jabon barato y a desinfectante y, por encima de todo, a sudor: en las cuerdas y las vendas de las manos, en los pesados sacos de arena y en las guantillas, en las toallas y en los protectores de la cabeza. En un cartel de un proximo combate en la fabrica de cerveza Bock habia una mancha como un valle que tambien podia ser de sudor, aunque el avance de la humedad parecia una apuesta mas certera que la que prometian los musculosos aspirantes que en ese momento entrenaban en la lona o en la pera. En el cuadrilatero principal, un tipo con cara de balon medicinal limpiaba sangre del suelo. En un despachito, frente a la
