puerta abierta, un hombre de Neanderthal, que podria ser del equipo del rincon, ensenaba a un colega troglodita a utilizar los nudillos de hierro. Sangre y hierro. A Bismarck le habria encantado ese sitio.
Al lado del cartel habia dos cosas nuevas que no estaban en el T-gym la ultima vez que habia ido, eran dos anuncios. Uno decia: nueva direccion. El otro: ?alemanes, defendeos! no se admiten judios.
– Diria que eso lo resume todo -comente al ver los anuncios.
– Creia que me habia dicho que este local era propiedad de un turco -dijo ella.
– No, solo lo llamaban el Turco, pero es aleman.
– Seamos correctos -tercio un hombre, dirigiendose a mi-. Es judio.
Era el neanderthal que habia visto antes… un poco mas bajo de lo que habia supuesto, pero ancho como las puertas de un muladar. Llevaba un cuello alto blanco, pantalones blancos de chandal y zapatillas deportivas blancas, pero tenia los ojos pequenos y negros como tizones. Parecia un oso polar de talla mediana.
– De ahi el anuncio, supongo -dije sin dirigirme a nadie en particular. A continuacion, me dirigi al don nadie del cuello alto-. Oye, Primo, ?se vendio el garito el Turco o se lo robaron sin mas?
– Soy el nuevo propietario -dijo el hombre, al tiempo que levantaba la tripa hasta el pecho y me apuntaba con una mandibula como el asiento de un retrete.
– Ah, en tal caso, esa es la respuesta a mi pregunta, Primo.
– No he entendido su nombre.
– Gunther, Bernhard Gunther. Le presento a mi tia Hilda.
– ?Es usted amigo de Solly Mayer?
– ?De quien?
– Ya me ha respondido. Solly Mayer era el verdadero nombre del Turco.
– Solo queria saber si el Turco podia ayudarme a identificar a un tipo; un antiguo boxeador, como el. Tengo aqui una fotografia. -La saque del expediente y se la ensene-. A lo mejor no te importa echarle un vistazo, Primo.
A decir verdad, la miro como si quisiera colaborar.
– Ya se que no ha salido muy favorecido. Cuando se la hicieron, llevaba unos dias flotando en el canal.
– ?Es usted policia?
– Privado.
Sin dejar de mirar la foto, empezo a negar con movimientos de cabeza.
– ?Estas seguro? Creemos que pudo haber sido un pugil judio.
Me devolvio la foto inmediatamente.
– ?Flotando en el canal, dice?
– Exacto. De unos treinta anos.
– Olvidelo. Si su ahogado era judio, me alegro de que se haya muerto. Ese aviso de la pared no es de adorno; ya lo sabe, sabueso.
– ?No? Es muy raro que un aviso no sea de adorno, ?no le parece?
Meti la foto en el expediente y, por si acaso, se lo pase a Mistress Charalambides. Parecia que Cuello Alto estuviese acumulando energia para golpear a alguien y ese alguien era yo.
– No nos gustan los judios ni la gente que hace perder el tiempo a los demas mientras los busca. Por cierto, tampoco me gusta que me llame Primo.
Le sonrei y, a continuacion, a Mistress Charalambides.
– Me juego una pasta a que el presidente del Comite Olimpico de los Estados Unidos no ha puesto un pie en este estercolero -dije.
– ?Otro judio de mierda?
– Sera mejor que nos marchemos -dijo Mistress Charalambides.
– Puede que tenga razon -dije-. Aqui huele muy mal.
Inmediatamente, Cuello Alto me lanzo un derechazo, pero yo estaba en guardia y el puno, sembrado de cicatrices, me paso silbando por la oreja como un saludo hitleriano perdido. Antes de lanzarme el fregadero de la cocina, deberia haberme puesto a prueba con un golpe rapido. Ahora sabia de el todo lo que necesitaba… como boxeador, digo. Era un hombre para el equipo del rincon, no para el ring. En mi epoca de comisario de la brigada criminal, un sargento, pugil muy experto, me habia ensenado un par de cosas: lo suficiente para evitar peligros. La mitad de la victoria consiste en esquivar los golpes. A August Krichbaum lo habia tumbado un punetazo afortunado… o desafortunado, segun el lado desde el que se mirase. Por eso esperaba ser capaz de medirme y no machacar a Cuello Alto mas de lo necesario. Volvio a intentar un derechazo y volvio a fallar. Hasta el momento, yo lo estaba haciendo bien.
Entre tanto, Mistress Charalambides habia tenido la sensatez de apartarse unos pasos y poner cara de abochornada. Al menos fue lo que me parecio.
El tercer punetazo hizo contacto, pero por los pelos, como una piedra plana rebotando en un lago. Al mismo tiempo gruno unas palabras que sonaron a «amante de los judios» y, por un momento, pense que quiza tuviese razon. Que me condenase alli mismo si Mistress Charalambides no era digna de ser amada. Ademas, me encolerizaba que tuviese ella que presenciar tan de cerca una demostracion de antisemitismo rabioso.
Por otra parte, empece a sentirme obligado con la pequena multitud que habia dejado de hacer sus cosas por seguir el desarrollo de los acontecimientos. Entonces, le solte un derechazo en la nariz que lo hizo pararse en seco, como si hubiera encontrado un escorpion en el bolsillo del pijama. Dos desmoralizantes golpes mas le movieron la cabeza de un lado a otro como si fuese un osito de peluche.
A esas alturas, Primo solo tenia sangre en lugar de nariz y, al ver que mi cliente se iba hacia la puerta, decidi pasar los creditos y le sacudi un poquito mas fuerte de la cuenta con la derecha. Mas fuerte de la cuenta para mi puno, quiero decir. Mientras el se desplomaba como un poste de telegrafos, yo me sacudia la mano. Ya se me habia hinchado un poco. Entre tanto, algo -probablemente su cabeza- cayo en el suelo del gimnasio como un coco de la grua de un estibador y, llegados a ese punto, la pelea concluyo.
Me quede un momento de pie por encima de mi ultima victima, como el Coloso de Rodas, aunque tambien podria haber parecido el enorme portero del cercano bar Rio Rita. Se levanto un breve murmullo de aprobacion, pero no por mi victoria, sino por la buena ejecucion del gancho y, sin dejar de flexionar la mano, me arrodille con inquietud a ver el dano que le habia hecho. Otro hombre llego antes que yo: el de la cara de balon medicinal.
– ?Esta bien? -pregunte con sincera preocupacion.
– Se pondra bien -respondio-. Usted solo le ha metido un poco de sentido comun en la cabeza, nada mas. Dentro de dos minutos, estara contandonos que lo suyo solo fue un golpe de suerte.
Me cogio la mano y me la miro.
– A ver; necesita un poco de hielo en esta pala, no le quepa la menor duda. Vamos, venga conmigo, pero dese prisa, antes de que ese idiota vuelva en si. Aqui el jefe es Frankel.
Segui a mi buen samaritano hasta una pequena cocina; abrio la nevera y me paso una bolsa de lona llena de cubitos de hielo.
– Meta la mano ahi y aguante todo lo que pueda -me ordeno.
– Gracias. -Meti la mano en la bolsa.
El hombre sacudio la cabeza.
– Dice usted que anda buscando al Turco.
Asenti.
– No se ha metido en ningun lio, ?verdad? -Se saco de la comisura de la boca un Lilliput de diez pfennigs y lo observo con ojo critico.
– Conmigo no. Solo queria que echase un vistazo a una foto, a ver si reconocia al tipo.
– Si, la vi. Me sonaba, pero no logre identificarlo del todo. -Se dio un golpe en la sien como si quisiera desencajar algo de la cabeza-. Ultimamente estoy un poco sonado, tengo la memoria toda revuelta. Quien se acuerda de todo es Solly. Conocia hasta al ultimo boxeador que se hubiera puesto alguna vez un par de guantes alemanes… y a unos cuantos mas. Lo que paso aqui fue una lastima. Cuando los nazis anunciaron esa nueva ley suya, que prohibia a los judios entrar en los clubs deportivos, Solly no tuvo mas remedio que venderlo y por eso acepto lo que le ofrecio ese cabron de Frankel, que no le sirvio ni para cubrir la deuda del banco. Ahora no tiene ni orinal donde mear.
Al final ya no soportaba mas el frio y saque la mano de la bolsa.
– ?Que tal la mano?
