Era alta, efecto que acrecentaban los sombreros que se ponia. Hacia unos dias que habia refrescado. Llevaba un chaco gris de astracan que tal vez hubiese comprado en Moscu, su anterior puerto de escala, aunque en realidad era americana y vivia en Nueva York: una estadounidense que volvia a casa despues de asistir a un festival literario o teatral en Rusia. Quiza tambien hubiese comprado en Moscu el abrigo de marta cibelina que llevaba. Estoy seguro de que a la marta no le importaba, porque a Mistress Charalambides le sentaba mejor que a cualquier marta que hubiese visto yo en mi vida.
El cabello, recogido en un mono, tambien era del color de la marta cibelina y exactamente igual de agradable al tacto, me imaginaba, e incluso mas, probablemente, porque no morderia, aunque tampoco me habria importado que Noreen Charalambides me mordiese. El menor acercamiento de esa boca insinuante, de un rojo cereza como el del Fokker Albatross, bien valdria la punta de un dedo o un trocito de oreja. Vincent van Gogh no era el unico capaz de tener un gesto de sacrificio tan emocionante y romantico.
Me dio tan fuerte por merodear por el vestibulo como un botones -con la esperanza de verla-, que hasta Hedda Adlon advirtio la semejanza.
– No se si darle a leer el manual del buen botones de Lorenz Adlon -bromeo.
– Ya lo he leido. No se vendera por dos motivos: da demasiadas reglas y casi todos los botones tienen tantos recados que hacer que no les queda tiempo para leer tochos mas gordos que Guerra y paz.
Le hizo gracia y se echo a reir. A Hedda Adlon solian gustarle mis salidas.
– No es tan gordo -dijo.
– Digaselo a los botones. Por otra parte, en Guerra y paz hay chistes mejores.
– ?Lo ha leido?
– Lo he empezado varias veces, pero generalmente, despues de cuatro anos de guerra declaro el armisticio y tiro el libro al rio.
– Hay una persona a la que le gustaria conocerlo. Da la casualidad de que escribe libros.
Por supuesto, yo sabia muy bien a quien se referia. Ese mes habia escasez de escritores en el Adlon e incluso mas de senoras escritoras de Nueva York. Seguro que tenia algo que ver con los quince marcos por noche que costaba la habitacion. Las que no tenian cuarto de bano incorporado eran un poquito mas baratas y muchos escritores no se banan; aun asi, el ultimo autor americano que se habia alojado en el Adlon habia sido Sinclair Lewis, en 1930. La Depresion afectaba a todo el mundo, desde luego, pero los mas deprimidos eran los escritores.
Subimos al pequeno apartamento de los Adlon. Digo pequeno, pero solo en comparacion con la extensa finca de caza que poseian en el campo, lejos de Berlin. La decoracion del apartamento era agradable: un buen ejemplo de opulencia de finales de la era guillermina. Las alfombras eran gruesas; las cortinas, tambien; el bronce, voluminoso; los dorados, abundantes y la plata maciza… Hasta el agua de la garrafa parecia contener mas plomo de lo normal.
Mistress Charalambides estaba sentada en un sofacito de abedul con cojines blancos y respaldo en forma de atril. Llevaba un vestido cruzado de color azul oscuro, tres sartas de perlas autenticas, pendientes de diamantes y, justo al final del escote, un broche de zafiro a juego que debia de haberse caido del mejor turbante de un maraja. No parecia una escritora, a menos que fuese una reina que hubiera abandonado el trono para escribir novelas sobre los grandes hoteles europeos. Hablaba aleman bien, lo cual me vino al pelo, porque, despues de estrecharle la enguantada mano, tarde varios minutos en poder hablarlo yo y, mas o menos, me vi obligado a dejar que charlasen ellas dos, conmigo en medio como una mesa de ping-pong.
– Mistress Charalambides…
– Noreen, por favor.
– Es dramaturga y periodista.
– Por cuenta propia.
– Escribe en el Herald Tribune.
– De Nueva York.
– Acaba de volver de Moscu, donde esta produciendo una de sus obras…
– La unica, por ahora.
– … el famoso Teatro del Arte de Moscu, despues del exito que ha tenido en Broadway.
– Deberias ser mi agente, Hedda.
– Noreen y yo estudiamos juntas en America.
– Hedda siempre me ayudaba con el aleman y sigue haciendolo.
– Hablas aleman perfectamente, Noreen. ?No le parece a usted, Herr Gunther?
– Si, perfectamente.
Pero yo estaba mirando las piernas de Mistress Charalambides. Y los ojos y su bellisima boca. A eso me referia cuando dije «perfectamente».
– El caso es que su periodico le ha encargado un articulo sobre las proximas Olimpiadas de Berlin.
– En America ha habido una oposicion muy fuerte a los proximos juegos debido a la politica racial del gobierno aleman. Hace solo unas semanas que estuvo aqui, en Alemania, Avery Brundage, el presidente del Comite Olimpico de los Estados Unidos. Vino para ver los hechos personalmente, es decir, a comprobar si habia discriminacion racial con los judios. Es increible, pero, segun el informe que remitio a nuestro comite, no la habia y, en consecuencia, la votacion ha sido unanime: han aceptado la invitacion de Alemania a participar en los Juegos Olimpicos de Berlin de 1936.
– Es que no tendrian sentido sin la participacion de los Estados Unidos.
– Exacto -dijo Mistress Charalambides-. Desde el regreso del presidente del Comite Olimpico de los Estados Unidos, el movimiento a favor del boicot ha fracasado, pero mi periodico esta confuso. No, no es que dude de las conclusiones de Brundage, pero Mister Dodd, el embajador estadounidense, asi como el primer consul, Mister Messersmith, y el viceconsul, Mister Geist, han escrito a mi gobierno para manifestar su absoluto desaliento por el informe del presidente del Comite y le han recordado el informe enviado por ellos el ano pasado al Departamento de los Estados Unidos, en el que ponian de relieve la exclusion sistematica de los judios de los clubs deportivos alemanes. Brundage…
– El cabron de Brundage -redundo Hedda, interrumpiendola.
– Es un intolerante -dijo Mistress Charalambides, mas enfadada- y un antisemita. No puede ser otra cosa, para haber cerrado los ojos a lo que esta pasando en este pais: los numerosos ejemplos de discriminacion racial declarada, los carteles de los parques y banos publicos, los pogromos.
– ?Pogromos? -Frunci el ceno-. Eso es una exageracion, sin duda. No he oido nada parecido. Estamos en Berlin, no en Odessa.
– En julio, las SS mataron a cuatro judios en Hirschberg.
– ?En Hirschberg? -me burle-. Eso esta en Checoslovaquia o en Polonia, no me acuerdo. Eso es el pais de los trolls, no Alemania.
– Es la region de los Sudetes -dijo Mistress Charalambides-; sus habitantes son etnicamente alemanes.
– Pues no se lo cuente a Hitler -dije-, porque querra que se los devuelvan. Vera, Mistress Charalambides, no estoy de acuerdo con lo que esta pasando en Alemania, pero, ?de verdad es peor que lo que pasa en su pais? Los carteles de los parques, los banos publicos, los linchamientos. Me han contado que algunos blancos no solo ahorcan negros. En algunas partes de los Estados Unidos, tambien tienen que andarse con cuidado los mexicanos y los italianos, pero no recuerdo que hubiese ningun boicot a los Juegos Olimpicos de Los Angeles de 1932.
– Esta usted bien informado, Herr Gunther -dijo ella- y, desde luego, tiene razon. A proposito, escribi un articulo sobre uno de esos linchamientos, que tuve ocasion de ver en Georgia en 1930, pero ahora estoy aqui, soy judia, mi periodico quiere que escriba algo sobre lo que sucede en este pais y eso es lo que pienso hacer.
– En tal caso, enhorabuena -dije-, espero que pueda hacer cambiar de opinion al Comite Olimpico de los Estados Unidos. Me gustaria ver como encajarian los nazis ese desprestigio, sobre todo ahora, que ya hemos empezado a gastar dinero en los juegos. Por descontado, me encantaria que a ese payaso austriaco le salpicase un poco en la cara. De todos modos, no entiendo que tiene que ver todo esto conmigo. Soy detective del hotel, no agregado de prensa.
Hedda Adlon abrio una pitillera de plata del tamano de un mausoleo pequeno y me la ofrecio. En un lado habia cigarrillos ingleses y, en el otro, turcos. Aquello parecia Gallipoli. Elegi el bando ganador -al menos en los Dardanelos- y la deje darme fuego. El cigarrillo, igual que el servicio, era mejor que lo que acostumbraba a fumar yo. Mire esperanzado las licoreras del aparador, pero Hedda Adlon no bebia mucho y seguramente pensaria que
