Emil Linthe se hizo a un lado. Al mismo tiempo se subio los tirantes y cogio un cigarrillo encendido que habia dejado en un cenicero, en una repisa, del otro lado de la puerta. Entre, cerro y rapidamente echo a andar por el pasillo delante de mi para cerrar la puerta de la sala de estar, pero no pudo evitar que viese algo que me parecio una imprenta. Fuimos a la cocina.

– Ya te lo he dicho, Emil. No he venido a retorcerte las munecas.

– El mismo perro con otro collar.

– Ahora que lo dices, eso es exactamente de lo que queria hablar contigo. Tengo entendido que sabes hacerlo a cambio de la debida suma. Quiero que me proporciones lo que Otto Trettin llama una transfusion aria.

Le conte el problema de mi abuela. El sonrio y sacudio la cabeza.

– Me da risa toda esa gente que se subio al tren nazi -dijo- y ahora vuelve corriendo por el pasillo, buscando la estacion de origen.

Podria haberle dicho que yo no era de esos. Podria haber reconocido que ya no era poli, pero no quise darle ninguna posibilidad de chantajearme. A fin de cuentas, Linthe era un maleante y yo debia seguir con la fusta en la mano; de lo contrario podria perder el control del caballo en el que pensaba cabalgar todo el tiempo que fuese necesario.

– Todos los nazis sois iguales. -Volvio a reirse-. ?Hipocritas!

– No soy nazi, soy aleman, que no es lo mismo. Un aleman es un hombre que consigue superar sus peores prejuicios; un nazi los convierte en leyes.

Pero estaba tan ocupado riendose que no me oyo.

– No tenia intencion de hacerte reir, Emil.

– Me rio a pesar de todo. Es bastante divertido.

Lo agarre por los tirantes y tire de ellos en sentidos opuestos, de modo que, medio estrangulandolo, lo empuje bruscamente contra la pared de la cocina. Por la ventana, al norte de Moabit, se distinguia la silueta de la carcel Plotzensee, en la que hacia poco Otto habia visto el hacha que cae en accion. Eso me recordo que debia tratar a Emil Linthe con suavidad, pero no demasiada.

– ?Me rio yo? -le di dos bofetones seguidos-. ?Me estoy riendo?

– No -grito de mal humor.

– A lo mejor crees que tu expediente se ha perdido de verdad, Emil. A lo mejor conviene que te recuerde que no. Eres un conocido colaborador de Mano a Mano, un circulo de delincuentes muy peligrosos, y tambien de Salomon Smolianoff, un falsificador que esta cumpliendo tres anos en prision en Holanda por falsificacion de billetes britanicos, los mismos que pasaste tu por el mismo delito; por eso ahora te dedicas a una especialidad mas provechosa: falsificar documentos. Claro que, si volvieran a pillarte falsificando dinero, tirarian la llave. Y asi sera, Emil, asi sera, te lo aseguro; porque, si no me ayudas, me voy a ir directo al Praesidium de Charlottenburg, a contarles que he visto una imprenta en tu sala de estar. ?Que es, de rodillo?

Lo solte.

– Veras, soy un hombre justo. Te ofreceria dinero, pero, ?de que serviria? Seguro que en diez minutos puedes imprimir mas del que pueda ganar yo en diez anos.

Emil Linthe sonrio avergonzado.

– ?Sabes algo de imprentas?

– En realidad, no; pero si veo una, se lo que es.

– Pues es una Kluge. Mejor que las de rodillo. La Kluge es la mejor para cualquier clase de trabajo, incluidos el troquelado, la serigrafia y el gofrado. -Encendio un cigarrillo-. Mira, no he dicho que no vaya a ayudarte. A los amigos de Otto, siempre. Solo he dicho que me parecia divertido, nada mas.

– A mi, no, Emil. A mi, no.

– Pues, en ese caso, estas de suerte. Resulta que se muy bien lo que hago, no como muchos otros a quienes Otto podria haberte recomendado. Dices que tu abuela materna… ?cual es su apellido?

– Adler.

– Bien. ?Era judia de nacimiento, pero la educaron en el catolicismo?

– Si.

– ?En que parroquia?

– Neukolln.

– Tendre que arreglarlo en el registro de la iglesia y en el del ayuntamiento. Neukolln esta bien. Alli hay muchos agentes que eran antiguos rojillos y se dejan corromper con facilidad. Si fuesen mas de dos abuelos, seguro que no podria ayudarte, pero uno solo es relativamente sencillo, cuando se sabe lo que se hace, como en mi caso. Aunque necesito partidas de nacimiento y certificados de defuncion, todo lo que tengas.

Le di un sobre que llevaba en el bolso del abrigo.

– Lo mejor sera que lo rehaga todo desde el principio, que arregle todos los registros.

– ?Cuanto me va a costar?

Linthe sacudio la cabeza.

– Como bien has dicho, en diez minutos puedo imprimir mas de lo que ganas tu en un ano, conque lo consideraremos un favor que os hago a Otto y a ti, ?de acuerdo? -Sacudio la cabeza-. No es dificil. Adler se convierte en Kugler, Ebner, Fendler, Kepler o Muller con toda facilidad, ?entiendes?

– Muller, no -dije.

– Es un buen apellido aleman.

– No me gusta.

– De acuerdo y, para hacer las cosas un poco mas plausibles, convertiremos a la abuela en bisabuela. Ponemos la herencia judia una generacion mas atras y, de ese modo, ya no tiene importancia. Cuando haya terminado, pareceras mas aleman que el Kaiser.

– Era medio ingles, ?no? Nieto de la reina Victoria.

– Cierto, pero ella era medio alemana, igual que su madre, la del Kaiser, digo. -Sacudio la cabeza-. Nadie es nada al cien por cien. Por eso el parrafo ario es tan estupido. Todos tenemos mezclas: tu, yo, el Kaiser y Hitler. Hitler sobre todo, no me extranaria. Dicen que tiene una cuarta parte judia. ?Que opinas de eso?

– A lo mejor resulta que, al final, tenemos algo en comun.

Desee a Hitler, por su bien, que tuviese alguna amistad en el Negociado de Asuntos Judios de la Gestapo, como yo.

13

Hedda Adlon tambien tenia amistades, pero de las que solo se encuentran en el Paraiso. Se llamaba Mistress Noreen Charalambides, hacia un par de dias que me la habian presentado y ya habia asignado su cara, su trasero, sus pantorrillas y su pecho a un espacio de la petaca de mi memoria faustica hasta entonces reservado a Elena de Troya.

Mi deber consistia en no quitar ojo a los clientes y cada vez que veia a Mistress Charalambides por los aledanos del hotel le ponia los ocho encima con la esperanza de que rozase el hilo de seda que senalaba el limite de mi sombrio mundo de arana. No es que me hubiera propuesto jamas «confraternizar» con un cliente, por llamarlo de alguna manera. Hedda Adlon y Georg Behlert lo llamaban asi, pero nada mas lejos de mi intencion para con Noreen Charalambides que confraternizar fraternalmente. Llamese como se llame, esa clase de asuntos no estaban bien vistos en el hotel, aunque, como es natural, sucedian: habia varias camareras dispuestas a transigir por un precio justo. Cuando Erich von Stroheim o Emil Jannings se encontraban en el hotel, el jefe de recepcionistas siempre procuraba que los atendiese una camarera bastante mayor llamada Bella. Sin embargo, Stroheim no le hacia ascos a nada. Le gustaban jovenes, pero tambien mayores.

Parecera ridiculo y sin duda lo es -el amor es ridiculo, por eso es tan divertido-, pero creo que me enamore un poco de Noreen Charalambides incluso antes de que me la presentaran, como las ninas que llevan en la cartera del colegio una postal Ross de Max Hansen. La miraba igual que al SSK del escaparate de la sala de exposicion de Mercedes Benz, la de Potsdamer Platz: no creo que llegue a conducirlo nunca y, menos aun, a poseerlo, pero sonar es gratis. Cada vez que la veia, Mistress Charalambides me parecia el coche mas bonito y veloz de todo el hotel.

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