que guiaba la mano hasta que esta se deslizo en el espacio secreto de entre los muslos. Deje que me apartase la mano, me lleve los dedos a la boca y me los chupe.

– Esta mano… No se en que lios se mete a veces.

– Eres un hombre, Gunther, por eso se mete en lios. -Me acaricio los dedos con los labios-. Me gusta que me beses, sabes besar muy bien. Si besar fuese un deporte olimpico, serias candidato a medalla, pero no me gustan las prisas. Prefiero que me den un paseo por la pista antes de montarme y no se te ocurra usar la fusta, si no quieres caerte de la silla. Soy una mujer independiente, Gunther. Si corro, es solo con los ojos abiertos y porque quiero. No pienso ponerme anteojeras si llegamos a la meta ni cuando lleguemos. Es posible que no me ponga absolutamente nada.

– Claro -dije-, no se me habria ocurrido que pudieras ser de otra manera. Ni anteojeras ni bocado, siquiera. ?Que te pareceria que te diese una manzana de vez en cuando?

– Las manzanas me gustan -dijo-, pero ten cuidado, que a lo mejor te muerdo la mano.

Deje que me mordiese con fuerza. Me dolio, pero lo disfrute. Me gustaba el dolor que me infligia ella como algo primordial, como algo que estaba destinado a ser asi desde siempre. Por otra parte, ambos sabiamos que, cuando hubiesemos tirado la ropa al suelo junto a nuestros sudorosos cuerpos desnudos, se lo pagaria en especie. Siempre ha sido asi entre hombre y mujer. A la mujer se la toma, pero no siempre con la debida consideracion de lo que es digno, decoroso y educado. Algunas veces, la naturaleza humana nos averguenza un poco.

Volvimos al hotel y aparque el coche. Al cruzar por la puerta y entrar en el vestibulo nos encontramos con Max Reles, que salia a alguna parte. Lo acompanaban Gerhard Krempel y Dora Bauer e iban todos vestidos de noche. Reles se dirigio a Noreen en ingles, lo cual me dio ocasion de decir algo a Dora.

– Buenas noches, Fraulein Bauer -dije con buenos modales.

– Herr Gunther.

– Esta usted muy guapa.

– Gracias. -Me sonrio calidamente-. Gracias de verdad. Le agradezco mucho que me haya proporcionado este trabajo.

– Ha sido un placer, Fraulein. Behlert me ha dicho que trabaja usted con Herr Reles casi en exclusiva.

– Max me da mucho trabajo, si. Creo que no habia escrito tanto a maquina en mi vida, ni siquiera en Odol. El caso es que ahora nos vamos a la opera.

– ?Que van a ver?

Sonrio con ingenuidad.

– No tengo la menor idea. No se nada de opera.

– Yo tampoco.

– Supongo que me parecera insoportable, pero Max quiere que le tome algunas notas durante el descanso.

– ?Y usted, Herr Krempel? ?Que hace durante el descanso? ?Cargarse una buena melodia, a falta de otra cosa?

– ?Nos conocemos? -pregunto sin mirarme apenas.

Gruno por lo bajo con una voz que parecia que la hubieran lijado y puesto a macerar en petroleo ardiendo.

– No, usted a mi no, pero yo a usted si.

Krempel era alto, con unos hombros como arbotantes y los ojos completamente negros. Tenia la cabeza tan grande como un galapago y probablemente igual de dura, con el pelo abundante, rubio y corto. Su boca parecia una cicatriz antigua de la rodilla de un futbolista. Unos dedos como garfios empezaban a cerrarse en un puno del tamano de martillos de demoler. Parecia un autentico maton de matones y, si el Frente Obrero Aleman tenia una seccion para empleados del sector de la intimidacion y la coercion, seria razonable pensar que lo hubieran elegido representante a el.

– Me confunde con otra persona -dijo, al tiempo que reprimia un bostezo.

– Me habre equivocado, si. Sera por el traje de noche. Creia que era usted un gorila de las SA.

Max Reles debio de oirme, porque me miro con mala cara y despues a Noreen.

– ?Este friegaplatos la esta molestando? -le pregunto en aleman, para que me enterase bien.

– No -dijo ella-. Herr Gunther me ha prestado una gran ayuda.

– ?De verdad? -Reles solto una risita-. A lo mejor es su cumpleanos o algo asi. ?Que me dice, Gunther? ?Se ha banado hoy?

A Krempel le hizo mucha gracia la pregunta.

– Digame, ?ha encontrado ya mi cajita china o a la chica que la robo?

– El asunto esta en manos de la policia, senor. Estaran haciendo todo lo posible por encontrar una solucion satisfactoria, no lo dude.

– Eso me consuela mucho. Digame, Gunther, ?que clase de policia era usted antes de ponerse a fisgar por las cerraduras del hotel? Seguro que era de los que llevan un estupido casco de cuero con la copa plana. ?Es porque los polis alemanes tienen la cabeza plana o solo porque algunos de ustedes practican el pluriempleo transportando cestas de pescado en el mercado de Friedrichshain?

– Por las dos cosas, me parece -dijo Krempel.

– ?Sabe que en los Estados Unidos llaman «pies planos» a los polis porque son muchos los que los tienen? - dijo Reles-. A mi me gusta mucho mas «cabeza plana».

– Nuestro deseo es complacer, senor -dije con paciencia-. Damas, caballeros. -Hasta me toque el ala del sombrero al dar media vuelta para marcharme. Me parecio mas diplomatico que soltar un punetazo a Max Reles en las narices y mucho menos merecedor de que me echasen del trabajo-. Que disfrute de la velada, Fraulein Bauer.

Me acerque tranquilamente al mostrador de recepcion, donde Franz Joseph, el conserje, charlaba con Dajos Bela, el director de la orquesta del hotel. Eche un vistazo a mi casilla. Tenia dos mensajes. Uno era de Emil Linthe y decia que habia terminado el trabajo. El otro era de Otto Trettin; queria que lo llamase urgentemente. Levante el telefono y pedi a la operadora del hotel que me pusiese con el Alex y, despues, con Otto, que solia trabajar hasta tarde, ya que no lo hacia desde temprano.

– A ver, ?que pasa en Danzig? -le pregunte.

– No te preocupes de eso ahora -dijo-. ?Te acuerdas del poli al que se cargaron, August Krichbaum?

– Claro -dije, y aprete el puno y me mordi los nudillos con calma.

– El testigo es ex policia. Al parecer, esta seguro de que el homicida tambien lo es. Ha repasado los archivos del personal y ha confeccionado una lista de sospechosos.

– Algo sabia de eso.

Otto hizo una breve pausa.

– Estas en la lista, Bernie.

– ?Yo? -dije, con toda la frialdad de que fui capaz-. ?Como es eso, en tu opinion?

– Quiza fuiste tu.

– Quiza. Por otra parte, podria ser una encerrona, por mi pasado republicano.

– Pudiera -reconocio Otto-. Se las han hecho a otros por mucho menos.

– ?Cuantos hay en la lista?

– Me han dicho que solo diez.

– Ya. Bueno, gracias por el soplo, Otto.

– Me parecio que te gustaria saberlo.

Encendi un cigarrillo.

– Resulta que me parece que tengo coartada para el dia de los hechos, pero no quiero utilizarla, porque tiene relacion con el colega del Negociado de Asuntos Judios de la Gestapo, el que me dio una pista sobre lo de mi abuela. Si lo nombro, querran saber que hacia yo en la sede de la Gestapo y, de paso, meterlo en el lio.

A menudo, una mentira sencilla ahorra mucho tiempo de verdades. No queria echar tierra a Otto en los ojos, pero me parecio que, en ese asunto, no tenia donde elegir.

– En tal caso, es una suerte que estuvieses conmigo a la hora en que lo mataron -dijo el-, tomando cerveza en el Zum, ?te acuerdas?

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