– Como no.

– Estuvimos hablando de si me ayudarias con un capitulo de mi nuevo libro sobre un caso en el que trabajaste, el de Gormann el Estrangulador. Te parecio que yo ya lo sabia todo, por la cantidad de veces que me habias aburrido contandome la historia.

– Lo tendre presente. Gracias, Otto.

Solte un suspiro de alivio. El nombre y la palabra de Trettin todavia tenian algun peso en el Alex. Bueno, medio suspiro solo.

– Por cierto -anadio-. En efecto, Ilse Szrajbman, tu taquimecanografa judia, tenia la caja china del cliente. Dice que la cogio en un arrebato, porque Reles se porto como un cerdo y no quiso pagarle lo que le debia por su trabajo.

– Conociendo a Reles, me lo creo sin problemas. -Intente ordenar un poco mis alterados pensamientos-. Pero, ?por que no se lo dijo al director del hotel? ?Por que no se lo dijo a Herr Behlert?

– Dice que, para los judios, no es facil quejarse de cosas ni de hombres tan bien relacionados como ese Max Reles. Le tenia miedo, segun dijo a la KRIPO de Danzig.

– ?Tanto como para robarle?

– Danzig esta lejos de Berlin, Bernie. Por otra parte, lo hizo impulsivamente, como te he dicho, y lo lamentaba.

– La KRIPO de Danzig esta llevando el caso con mucho tacto, Otto, ?por que?

– Lo hacen por mi, no por la judia. Hay muchos polis provincianos que quieren venir a la gran ciudad a trabajar en delitos criminales, ya lo sabes. Soy alguien para esos imbeciles. El caso es que tengo la caja y, para ser sincero, no entiendo a que venia tanto jaleo. He visto antiguedades mas aparentes en Woolworth’s. ?Que quieres que haga con ella?

– Pues dejala en el hotel cuando te venga bien. Prefiero no ir yo al Alex, a menos que me lo pidan. La ultima vez que estuve alli, tu viejo colega Liebermann von Sonnenberg me endoso un encargo a titulo de favor.

– Me lo conto.

– Aunque, tal como pintan las cosas, a lo mejor soy yo quien tiene que pedir el favor.

– Es a mi a quien le debes uno, Bernie, no a el.

– Procurare no olvidarlo. Voy a decirte una cosa, Otto: este asunto de Max Reles tiene mas miga que lo de la taquimecanografa que quiere ajustar cuentas con su jefe. Esa caja china estaba en un museo de Berlin hace muy pocas semanas. De repente la tiene Reles, quien la utiliza, con pleno conocimiento del ministro del Interior, para sobornar a no se que Ami del Comite Olimpico.

– Por favor, Bernie, ten en cuenta lo sensible que tengo el oido. Hay cosas que quiero saber, pero tambien otras tantas de las que es mejor no hablar.

Colgue y mire a Franz Joseph. En realidad se llamaba Gustav, pero, con su cabeza calva y sus largas patillas, el conserje del Adlon se parecia mucho al antiguo emperador austriaco, Franz Joseph, y por eso lo llamaba asi casi todo el personal del hotel.

– Oye, Franz Joseph, ?te ocupaste tu de las entradas de Reles para la opera de esta noche?

– ?Reles?

– El estadounidense de la suite uno catorce.

– Si. Alexander Kipnis interpreta a Gurnemanz en Parsifal. Incluso a mi me costo conseguir entradas. Kipnis es judio, ya ves, pero en estos tiempos es muy dificil poder oir a un judio cantando Wagner.

– Me imagino que debe de ser una de las voces menos desagradables de oir en Alemania en estos momentos.

– Dicen que a Hitler no le parece bien.

– ?Donde es la opera?

– En el Teatro Aleman de la Opera, en Bismarckstrasse.

– ?Te acuerdas del numero de las localidades? Es que tengo que encontrar a Reles para darle un mensaje.

– Falta una hora para que se levante el telon. Tiene un palco en el piso principal, a la izquierda del escenario.

– Tal como lo dices, parece impresionante, Franz.

– Lo es. Es el palco de Hitler, cuando va a la opera.

– Pero esta noche no va.

– Evidentemente.

Volvi al vestibulo. Behlert hablaba con dos tipos. No los habia visto nunca, pero supe que eran policias. En primer lugar, los identificaba la actitud de Behlert: como si estuviese hablando con los dos hombres mas interesantes del mundo; en segundo termino, la actitud de ellos: parecia que les resbalase todo lo que les decia, salvo lo relativo a mi. Eso lo supe porque Behlert senalo en mi direccion. Tambien supe que eran polis por el abrigo grueso y las botas pesadas que llevaban y por el olor corporal que despedian. En invierno, la poli de Berlin siempre se viste y huele como si estuviera en las trincheras. Se acercaron a mi escoltados por Behlert, quien ponia los ojos en blanco, me ensenaron brevemente la placa y me clavaron una mirada acechante, casi como si pensaran que iba a salir huyendo y les daria ocasion de divertirse un poco disparandome. No se lo podia reprochar, asi es como se limpia Berlin de muchos delincuentes.

– ?Bernhard Gunther?

– Si.

– Inspectores Rust y Brandt, del Alex.

– Claro, me acuerdo. Son ustedes los investigadores que asigno Liebermann von Sonnenberg al caso de la muerte de Herr Rubusch, el de la dos diez, ?no es asi? Entonces, ?de que murio? No llegue a averiguarlo.

– Aneurisma cerebral -dijo uno.

– Aneurisma, ?eh? Con esas cosas, nunca se sabe, ?verdad? Estas tan tranquilo saltando por ahi como una mosca y, de pronto, te quedas tumbado en el suelo de la trinchera mirando al cielo.

– Quisieramos hacerle unas preguntas en el Alex.

– Por supuesto.

Los segui al exterior, a la fria noche.

– ?Es por ese caso?

– Lo sabra cuando lleguemos al Alex -dijo Rust.

Bismarckstrasse no habia cambiado de nombre y recorria la ciudad desde la punta occidental del Tiergarten hasta la oriental del Grunewald. El Teatro Aleman de la Opera, que antes se llamaba Teatro Municipal de la Opera, estaba mas o menos en el centro de la calle, del lado norte, y era un edificio de diseno y construccion relativamente recientes. La verdad es que no me habia fijado mucho en el hasta entonces. Al final de una jornada de trabajo, necesito algo menos enganoso que contemplar a un monton de gordos haciendose pasar por heroes y heroinas. Para mi, una velada musical es el Kempinski Waterland Chorus: una revista de chicas pechugonas con falda corta que tocan el ukelele y cantan canciones vulgares sobre cabreros bavaros.

No estaba de humor para cosas que se tomasen tan en serio a si mismas como la opera alemana, y menos despues de dos incomodas horas de espera en el Alex para que me preguntasen sobre el poli al que habia matado, mas otro ratito que tardaron en localizar a Otto Trettin -estaba en el Zum- para que corroborase mi historia. Cuando por fin me soltaron, me pregunte si ahi quedaria todo, aunque, no se por que, sospechaba que no y, en conclusion, no tenia ganas de celebrarlo. En total, fue una experiencia, una leccion de las que da la vida cuando menos la necesitas.

A pesar de todo, tenia interes en saber con quien compartia el palco Max Reles. Llegue al teatro a tiempo para el descanso y compre una entrada de pie, que me proporcionaba una vista excelente del escenario y, lo que es mas importante, de los ocupantes del palco habitual de Hitler, en el piso principal. Incluso pude echarles un vistazo mas de cerca antes de que apagasen las luces, porque me dio tiempo a pedir prestados unos gemelos a una mujer que se sentaba al lado de donde estaba yo.

– Hoy no ha venido al teatro -dijo la mujer, al ver hacia donde miraba.

– ?Quien?

– El Guia.

Eso era evidente, pero tambien lo era que habia otras personas en el palco, invitados de Max Reles, que eran

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