– Eres una caja de sorpresas, ?lo sabias? Nunca me habria imaginado que te gustase la musica.

– Es que no me gusta. Sali a los cinco minutos con un deseo irresistible de venir a buscarte.

– Hummm. Entonces, ?que soy? ?Una doncella flor? ?La esclava de Klingsor… como se llamaba? ?La de Parsifal?

– No tengo ni idea. -Me encogi de hombros-. Ya te he dicho que solo estuve cinco minutos.

Noreen me abrazo por el cuello.

– Espero que hayas traido la lanza magica de Parsifal, Gunther, porque resulta que yo no tengo aqui ninguna otra. -Me fue empujando hacia la cama-. Al menos, de momento, no.

– ?Crees que deberia pasar la noche aqui contigo?

– En mi humilde opinion, si. -Con un movimiento de hombros, se deshizo de la bata, la cual cayo a la gruesa moqueta con un susurro de gasa.

– No has tenido una humilde opinion en tu vida -le dije, y la bese.

Esta vez me dejo pasar las manos a mi antojo por los contornos de su cuerpo como si fuera un masajista impaciente. Se entretuvieron sobre todo en las nalgas, acumulando gasa entre los dedos hasta que pude atraerla hacia mi pelvis. Parecia que la mano derecha se me estaba recuperando milagrosamente.

– Pues es verdad -dijo-. El servicio de habitaciones del Adlon es el mejor de Europa.

– La clave para llevar un buen hotel -dije, cubriendole un pecho con la mano- es eliminar el aburrimiento. Casi todos los problemas que surgen tienen su origen en la inocente curiosidad de nuestros huespedes.

– Me parece que de eso no me han acusado -dijo-. De inocencia, desde hace mucho tiempo. -Sacudio la cabeza-. No soy inocente, Gunther.

Sonrei.

– Supongo que no me crees -dijo, y se puso en la boca un mechon de pelo-, porque todavia llevo ropa puesta.

Me hizo sentar en el borde de la cama y retrocedio para quitarse el camison espectacularmente. Desnuda, valia el precio de una habitacion privada en Pompeya y, por lo que hace a la espectacularidad, ganaba a Parsifal por muchos actos provocativos. Al verla, uno se preguntaba por que habria de molestarse nadie en pintar otra cosa que desnudos de mujeres. Aunque a Braque le gustasen los cubos, yo preferia las curvas y las de Noreen habrian satisfecho a Apolonio de Perga e incluso a Kepler. Me cogio por la cabeza, se la acerco al vientre y, mientras me levantaba el pelo como a un perrito mimado, me hizo cosquillas con la ausencia de lo que hacia de mi un hombre.

– ?Por que no me tocas? -me dijo con suavidad-. Quiero que me toques. Ahora mismo.

Se sento en mi aumentado regazo y, con paciencia, abrio paso a mi impudica curiosidad cerrando los ojos a todo lo que no fuese su propio placer. Respiraba hondo, con las aletas de la nariz muy abiertas, como un yogui cuando se concentra en la respiracion.

– ?Y por que cambiaste de opinion? -pregunte, al tiempo que me acercaba a su endurecido pezon-. Con respecto a esta noche, digo.

– ?Quien ha dicho que haya cambiado de opinion? A lo mejor lo tenia todo planeado -dijo-, como si fuera una escena de una obra que hubiese escrito. -Me quito la chaqueta y empezo a deshacerme el nudo de la corbata-. Esto es exactamente lo que quiero que haga tu personaje. Es posible que no tengas mucho donde elegir por tu cuenta. ?De verdad te parece que puedes elegir en esto, Gunther?

– No. -Le mordi el pezon-. Ahora no, pero antes me dio la impresion de que jugabas un poco a hacerte la dura.

– Es que lo soy; pero contigo, no. Eres el primero desde hace mucho tiempo.

– Podria decir lo mismo.

– Podrias, pero mentirias. Eres uno de los protagonistas de mi obra, no lo olvides. Se todo lo que te concierne, Gunther. -Empezo a desabotonarme la camisa.

– ?Y Max Reles es otro personaje? Porque lo conoces, ?verdad?

– ?Tenemos que hablar de el ahora?

– Puedo esperar.

– Me alegro, porque yo no. Nunca he sabido, ni de pequenita. Preguntame despues, cuando haya terminado la espera.

18

Los techos de las habitaciones del Adlon estaban a la distancia perfecta del suelo. Tumbado en la cama, al mandar una columna de humo de cigarrillo directa hacia arriba, la arana del cristal parecia una montana lejana y helada, rodeada por un blanco collar de nubes. Hasta entonces, nunca me habia fijado mucho en los techos. Los anteriores encuentros con Frieda Bamberger habian sido furtivos y apresurados, siempre con un ojo en el reloj y el otro en la manilla de la puerta y, desde luego, nunca tan relajados como para quedarme dormido despues. Sin embargo, ahora que contemplaba las nobles alturas de la habitacion, tuve la sensacion de que mi espiritu trepaba por las sedosas paredes, se instalaba en la moldura de los cuadros como una gargola invisible y se ponia a mirar con fascinacion de anatomista los restos desnudos de lo que acababa de suceder.

Enlazados todavia por las piernas y los brazos, Noreen y Gunther yacian sudorosos uno al lado del otro, como Eros y Psyque caidos de otro techo mas celestial… aunque no era facil imaginar nada mas celestial que lo que habia tenido lugar. Estaba yo como San Pedro tomando posesion de una nueva y bonita basilica vacante.

– Apuesto a que no habias probado estas camas -dijo Noreen; me quito el cigarrillo de la mano y fumo con un gesto exagerado de borracha o de actriz en el escenario-. ?Me equivoco?

– No -menti-. Se me hace raro.

Ella no querria saber nada de mis encuentros privados con Frieda. En cualquier caso, no le interesarian tanto como Max Reles a mi.

– No parece que te tenga mucho aprecio -dijo, una vez hube pronunciado su nombre otra vez.

– ?Por que? Al fin y al cabo, he sabido disimular muy bien lo mucho que me desagrada. No, en realidad lo desprecio, pero es huesped del hotel y estoy obligado a no tirarlo seis pisos por las escaleras de un punetazo y luego echarlo por la puerta de una patada. Es lo que me gustaria hacer y lo haria, si tuviese otro trabajo.

– Ten cuidado, Bernie, es peligroso.

– Eso ya lo sabia. La pregunta es, ?como lo sabes tu?

– Nos conocimos en el vapor SS Manhattan -dijo-, en el viaje de Nueva York a Hamburgo. Nos presentaron en la mesa del capitan y nos veiamos de vez en cuando para jugar al gin rummy. -Se encogio de hombros-. No se le daba bien, pero el caso es que, en un viaje largo, una mujer sola debe suponer que sera el centro de atencion de los caballeros solteros. Incluso de algunos casados, tambien. Habia otro, ademas de Max Reles, un abogado canadiense llamado John Martin. Tome una copa con el y se hizo una idea equivocada de mi. El caso es que empezo a creer que el y yo… bueno, por decirlo con sus palabras, que habia algo especial entre nosotros. Sin embargo, no era cierto. No, de verdad que no, pero no supo encajarlo y se convirtio en una molestia. Me dijo que me amaba y que queria casarse conmigo. No me hizo gracia. Procuraba evitarlo, pero eso es dificil en un barco.

»Una noche, ante la costa irlandesa, se lo comente someramente a Max Reles mientras jugabamos al gin rummy. No dijo gran cosa. Es posible que me equivoque por completo, pero al dia siguiente dieron por desaparecido al tal Martin; supusieron que se habria caido por la borda. Tengo entendido que hicieron una operacion de busqueda, pero solo para cubrir las apariencias, porque no podria haber sobrevivido tantas horas en el mar de ninguna manera.

»Sea como fuere, poco despues sospeche que Reles habia tenido algo que ver con la desaparicion del pobre desgraciado. Fue por un comentario que hizo; no recuerdo las palabras exactas, pero se que lo dijo sonriendo. - Sacudio la cabeza-. Te parecera que estoy loca, porque, claro, todo es pura coincidencia, por eso no se lo habia contado nunca a nadie.

– No, no -dije-. Las coincidencias son pruebas circunstanciales que no tienen nada de malo, siempre y cuando encajen, claro esta. ?Que fue lo que dijo el?

– Algo como: «Parece que le han solucionado la irritante molestia que tenia, Mistress Charalambides». A

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