figuras importantes del Partido Nazi. Uno de ellos, de pelo blanco y gruesas cejas oscuras, rondaba los cincuenta. Llevaba una guerrera marron de estilo militar con varias condecoraciones, entre ellas, la Cruz de Hierro y un brazalete nazi, camisa blanca, corbata negra, pantalones marrones de montar y botas militares de cuero.

Devolvi los gemelos.

– Supongo que no sabra usted quien es el jefe del grupo.

La mujer miro por los binoculares y asintio.

– Es Von Tschammer und Osten.

– ?El director de Deportes del Reich?

– Si.

– ?Y el general que hay detras de el?

– Von Reichenau. -Respondio sin la menor vacilacion-. El calvo es Walther Funk, del Ministerio de Propaganda.

– Impresionante -dije con verdadera admiracion.

La mujer sonrio. Llevaba gafas. No era una belleza, pero parecia inteligente y tenia cierto atractivo.

– Mi trabajo consiste en saber quienes son esas personas -me dijo-, soy editora fotografica de la Gaceta Ilustrada de Berlin. -Sin dejar de escrutar el palco, sacudio la cabeza-. Aunque al alto no lo reconozco. El que tiene una cara como un instrumento despuntado y, por cierto, tampoco a la chica atractiva que parece acompanarlo. Parecen los anfitriones, pero no sabria decir si ella es demasiado joven para el o el demasiado viejo para ella.

– El es estadounidense -dije- y se llama Max Reles. La chica es su taquimecanografa.

– ?Eso le parece?

Cogi los prismaticos y volvi a mirar. No vi nada que indicase que Dora Bauer fuese otra cosa que la secretaria de Reles. Tenia una libreta en la mano y parecia escribir algo. Y, desde luego, estaba sumamente atractiva y no se parecia nada a una taquimecanografa. Llevaba un collar que brillaba como la inmensa arana electrica que lucia sobre nuestras cabezas. Mientras la miraba, dejo la libreta, cogio una botella de champan y lleno la copa a todos los presentes. Aparecio otra mujer. Von Tschammer und Osten apuro su copa y tendio el brazo para que se la rellenara. Reles encendio un puro grande. El general se rio de su propia gracia y luego miro lascivamente el escote de la segunda mujer. Eso valia por si mismo el coste de unos prismaticos de opera.

– Parece una autentica fiesta -dije.

– Lo seria, si no fuese Parsifal.

La mire sin comprender.

– Dura cinco horas. -La senora de las gafas miro el reloj-. Todavia quedan tres.

– Gracias por el dato -dije, y me marche.

Volvi al Adlon, cogi una llave maestra del mostrador y subi a la suite 114 por las escaleras. Las habitaciones olian mucho a puros y colonia. Los armarios estaban repletos de trajes hechos a medida y los cajones, de camisas primorosamente dobladas. Hasta el calzado era hecho a medida en una empresa de Londres. Solo de ver el cajon, pense que me habia equivocado de trabajo, aunque, la verdad, para saber eso no me hacia falta mirar los zapatos de Max Reles. Se ganara la vida como se la ganase, le compensaba mucho, desde luego, como todo lo demas, me imagine. A juzgar por su comportamiento, no podia ser de otra forma. La coleccion de relojes y anillos de oro que habia en la mesilla de noche confirmaba la impresion de un hombre a quien no le preocupan su seguridad personal ni los precios de la altura del monte Matterhorn que tenia el Adlon.

Habia una Torpedo tapada en la mesa de la ventana, pero el archivo alfabetico de acordeon que habia debajo, en el suelo, me indico que se usaba mucho: estaba lleno de correspondencia con empresas de construccion, companias de gas, aserraderos, productores de caucho, fontaneros, electricistas, ingenieros, carpinteros… y de toda Alemania, ademas, desde Bremen a Wurzburgo. Algunas cartas estaban en ingles, desde luego, y de entre ellas, habia unas cuantas dirigidas a la Avery Brundage Company de Chicago, cosa que deberia haber sido un indicio de algo, aunque no supe de que.

Hurgue en la papelera y alise unas cuantas copias de carboncillo, las lei, las doble y me las meti en el bolsillo. Me dije que Max Reles no echaria de menos unas pocas cartas de la papelera, aunque en realidad no me importaba nada si Reles cumplia alguna funcion en la adjudicacion de los contratos olimpicos, que era lo que parecia. En una Alemania gobernada por una nefasta pandilla de criminales y defraudadores, no tenia sentido tratar de convencer a Otto Trettin -y muy a su pesar, como es comprensible- de que aceptara un caso en el que tal vez hubiera importantes oficiales nazis implicados. Yo buscaba algo que fuese mas ilegal a primera vista, aunque no tenia idea de que podria llegar a ser. A pesar de todo, pense que, si lo veia, lo reconoceria.

Por supuesto, el unico motivo que tenia para hacerlo era lo mucho que me repelia ese hombre y el recelo que me inspiraba. En el pasado, esa clase de sensaciones me habia sido de gran ayuda. En el Alex, siempre deciamos que el trabajo de un poli era sospechar de quien sospechaba todo el mundo, pero que el del investigador consistia en no fiarse de quien los demas consideran inocente.

Algo me llamo la atencion. Parecia un poco fuera de lugar que Max Reles tuviera en una suite del Adlon un destornillador automatico. Lo vi en el alfeizar de la ventana del cuarto de bano. Estaba a punto de concluir que podria haberlo dejado alli un empleado de mantenimiento, cuando me fije en las letras del mango: yankee n.? 15 north bros. mfg. co. phil. pa. usa. Debia de haberlo traido el de America, pero, ?por que? Como estaba cerca, me fije en los cuatro tornillos que fijaban una loseta de marmol que ocultaba la cisterna; parecian requerir investigacion y resultaron mas faciles de sacar de lo que deberian.

Retirada la loseta, me asome al espacio de debajo de la cisterna y vi una bolsa de lona. La cogi. Pesaba. La saque de alli, la puse en la tapa del retrete y la abri.

Aunque en Alemania era ilegal poseer armas de fuego, sobre todo pistolas, se concedian permisos a quienes alegaban motivos justificados para tener una; por tres marcos, cualquier juez expedia enseguida una licencia. Casi cualquiera podia poseer legalmente un rifle, un revolver e incluso una pistola automatica. Sin embargo, no creo que hubiera un solo juez en todo el pais que hubiese firmado una licencia para una metralleta Thompson con cargador de barrilete. En la bolsa habia tambien varios cartuchos de cien balas, dos pistolas semiautomaticas Colt con empunadura cauchutada y una navaja plegable. Ademas, encontre una bolsita de piel con cinco gruesos fajos de billetes de cien dolares con el retrato del presidente Grover Cleveland y unos cuantos, menos gruesos, de marcos alemanes, asi como un billetero tambien de piel con unos cien francos suizos de oro y unas docenas de inhaladores de benzedrina en sus cajas Smith-Kline francesas.

Todo ese material -sobre todo la maquina de escribir de Chicago- parecia la prueba evidente de que Max Reles era un gangster de alguna clase.

Lo meti todo de nuevo en la bolsa de lona, devolvi la bolsa a su escondite de debajo de la cisterna y atornille la loseta en su sitio. Cuando todo volvio a estar exactamente como lo habia encontrado, sali de la suite y me fui por el pasillo; me detuve al pie de las escaleras pensando en si me atreveria a ir a la 201 y entrar en la habitacion de Noreen con la llave maestra. Deje volar la imaginacion un momento y me vi en el asiento de atras de un coche veloz, corriendo por el circuito AVUS hasta Potsdam. Despues me quede mirando fijamente la llave casi diez segundos y termine por metermela en el bolsillo de la chaqueta e irme abajo con mi libido.

«Calmate, Gunther -me dije-. Ya oiste lo que dijo la dama, no quiere que le metan prisa.»

En el mostrador me esperaba otro mensaje. Era de Noreen, de hacia mas de dos horas. Volvi a subir y pegue el oido a su puerta. Lo que decia en la nota era justificacion suficiente para entrar con la llave maestra, pero me pudo la buena educacion alemana y llame.

Tardo un larguisimo minuto en abrirme.

– ?Ah, eres tu! -dijo, casi decepcionada.

– ?Esperabas a otra persona?

Llevaba puesta una bata marron de gasa y un camison a juego. Olia a miel y sus ojos azules estaban tan somnolientos que crei que querria volver a la cama, pero ahora conmigo. Quiza. Me invito a pasar y cerro la puerta.

– Queria decir que te mande la nota hace dos horas y creia que vendrias enseguida. Me he quedado dormida.

– Sali un rato… a refrescarme.

– ?Adonde fuiste?

– A Parsifal. A la opera.

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