cubria, la explosion me habria matado sin la menor duda.

Esa era mi pesadilla recurrente y, cada vez que la tenia, me despertaba empapado en sudor, sin aliento, como si acabara de cruzar corriendo la tierra de nadie. Incluso ahora, a plena luz del dia, tuve que ponerme en cuclillas y respirar hondo varias veces para recobrar la calma. Me ayudaron a recuperarme mentalmente algunos puntos de color del paisaje, antes fertil y ahora devastado: unos cardos morados al borde de una lejana fila de arboles, unas ortigas rojas y secas cerca de donde habia dejado el coche, unas matas de senecio con flores amarillas, un petirrojo que arrancaba de la tierra un jugoso gusano rosado, el cielo azul y vacio y, por ultimo, un ejercito de obreros y una via ferrea por la que se deslizaba un trenecito rojo que transportaba tierra en vagones de un extremo a otro de las obras.

– ?Se encuentra bien?

El hombre llevaba un casco de proteccion picudo y una chaqueta acolchada tan voluminosa como un guardapolvo; los pantalones, negros, le quedaban varios centimetros por encima de unas botas que, a causa del barro que se les habia pegado, abultaban el doble de lo normal; cargaba una almadena al hombro, un hombro como Jutlandia. Era rubio, practicamente albino, y sus ojos, como las flores de los cardos. La barbilla y los pomulos podian haber sido esbozados por un pintor nazi como Josef Thorak.

– Si, me encuentro bien. -Me levante, encendi un cigarrillo y lo apunte hacia el paisaje, senalandolo-. Al ver la tierra de nadie me he quedado un poco traspuesto, como August Stramm, ?sabe? «Tierra quebrantada aletarga el hierro/ Sangres tapizan manchas rezumantes/ Herrumbres desmigajean/ Carnes viscosean/ Succiones se encelan por la desintegracion.»

Para mi sorpresa, el hombre completo los versos:

– «Matar de matares/ Parpadean/ Miradas de ninos.» Si, conozco ese poema. Yo estuve en la Real Wurttemburg 2, la vigesimoseptima division. ?Y usted?

– En la vigesimosexta.

– Entonces, coincidimos en la misma batalla.

Asenti.

– Amiens, agosto de 1918.

Le ofreci un cigarrillo y lo encendio con el mio, al estilo de las trincheras, por ahorrar cerillas.

– Dos licenciados de la universidad del barro -dijo-. Academicos de la evolucion humana.

– Ah, si. El progreso del hombre. -Sonrei al acordarme del viejo dicho-. Que te maten con ametralladora, en vez de bayoneta; con lanzallamas, en vez de ametralladora; con gas letal, en vez de lanzallamas.

– ?Que haces aqui, amigo?

– Echar un vistazo, nada mas.

– Ya no se puede, lo han prohibido. ?No has visto el cartel?

– No -dije sinceramente.

– Llevamos mucho retraso ya y estamos trabajando a tres turnos, por eso no tenemos tiempo de atender visitas.

– No parece que haya mucho movimiento por aqui.

– Casi todos los muchachos estan al otro lado del terraplen -di-jo, senalando al oeste de las obras-. ?Seguro que no eres del ministerio?

– ?El de Interior? No, ?por que lo preguntas?

– Porque ha amenazado con sustituir a toda constructora que no cumpla con su cometido, ya ves. Pensaba que tal vez estuvieses espiandonos.

– No soy espia. ?Vaya, ni siquiera soy nazi! La verdad es que he venido a buscar a una persona, un tal Joey Deutsch, quiza lo conozcas.

– No.

– A lo mejor el capataz sabe algo de el.

– Yo soy el capataz. Me llamo Blask, Heinrich Blask. De todos modos, ?para que lo buscas?

– No, no esta metido en un lio ni nada de eso, aunque tampoco es para avisarle de que le ha tocado una fortuna en la loteria. -No sabia que iba a decirle exactamente, hasta que me acorde de las entradas de boxeo que llevaba en el bolsillo: las que habiamos comprado a Zingaro Trollmann-. El caso es que represento a un par de boxeadores y queria que los entrenase Joey. No se que tal sera con el pico y la pala, pero como entrenador es muy bueno, de los mejores. Seguiria en la brecha, de no ser por lo que tu y yo sabemos.

– ?Que es lo que sabemos?

– Apellidandose Deutsch… es un sucio judio, no le dejan entrar en los gimnasios, al menos en los que estan abiertos al publico, pero yo tengo uno propio y asi no ofendo a nadie, ?verdad?

– Tal vez no lo sepas, pero aqui esta prohibido dar empleo a los no arios -dijo Blask.

– Claro que lo se, pero tambien se que se lo dan. No se os puede reprochar, con el ministerio ahi, apretandoos las tuercas para que termineis el estadio a tiempo. No es facil, la verdad. Mira, Heinrich, no he venido a complicarte la vida. Solo quiero encontrar a Joey. A lo mejor su sobrino esta trabajando con el. Se llama Isaac. Tambien era boxeador.

Saque dos entradas del bolsillo y se las ensene.

– A lo mejor te apetece ir a ver un combate. Scholz contra Witt, en Spichernsaele. ?Que me dices, Heinrich? ?Puedes echarme una mano?

– Si hubiera sucios judios trabajando en estas obras -dijo Blask-, y no digo que los haya, lo mejor seria que fueras a hablar con el jefe de personal. Se llama Eric Goerz. No viene mucho por aqui. Donde mas trabaja es en el bar del Schildhorn. -Cogio una entrada-. Donde el monumento.

– La columna de Schildhorn.

– Justo. Segun tengo entendido, si quieres trabajar y que no te hagan preguntas, hay que ir ahi. Todas las mananas, a eso de las seis, se junta una multitud de ilegales: judios, gitanos… de todo. Llega Goerz y decide quien trabaja y quien no. Depende sobre todo de la comision que le pague cada uno. Los va nombrando, les da un resguardo y cada cual se presenta donde mas falta haga. -Se encogio de hombros-. Segun el, son buenos trabajadores, conque, ?que puedo hacer yo, con los plazos tan apretados que tenemos? Me limito a cumplir ordenes de los jefes.

– ?Alguna idea sobre el nombre del bar?

– Alberto el Oso o algo asi. -Cogio la otra entrada-. Pero permiteme un consejo, camarada: ten cuidado. Eric Goerz no estuvo en la Real Wurttenburg, como yo. Su idea de la camaraderia se parece mas a la de Al Capone que a la del ejercito prusiano, ?me entiendes? No es tan grande como tu, pero anda muy listo con los punos. A lo mejor hasta te gusta eso, tienes pinta de saber cuidarte solo. Sin embargo, por si fuera poco, Eric Goerz lleva pistola, pero no donde se imagina uno. La lleva sujeta al tobillo. Si ves que se para a atarse los cordones de los zapatos, no lo dudes, dale una patada en la boca antes de que te dispare.

– Gracias por el aviso, amigo. -Tire el cigarrillo a la tierra de nadie-. Ya has dicho que soy mas grande que el. ?Alguna otra sena para identificarlo?

– A ver… -Blask solto la almadena y se froto la barbilla, del tamano de un yunque-. Una, si: fuma cigarrillos rusos, o me lo parecen a mi, vaya. Son aplastados y huelen como un nido de comadrejas ardiendo, conque, si estais en el mismo sitio, enseguida te daras cuenta. Por lo demas, es un tio normal, al menos en apariencia. Tiene entre treinta y treinta y cinco anos, bigote de chuloputas, mas bien moreno: le sentaria bien un fez. Tiene un Hanomag nuevo con matricula de Brandeburgo. Por cierto, es facil que tambien el sea de alli. El chofer es de mas al sur, de Wittenberg, me parece; otro haragan, pero tiene la mano mas larga que el puente del palacio, conque, ojo con el reloj, por si acaso.

Al sur de Pichelsberg, una carretera con bonitas vistas, pero llena ahora de trafico de la construccion, rodeaba el rio Havel y continuaba en direccion a Beelitzhof y a los dos kilometros de la peninsula de Schildhorn. Cerca de la orilla del rio habia un punado de bares y restaurantes cubiertos de hiedra, ademas de unos empinados peldanos de piedra que terminaban en un pinar, donde se ocultaba el monumento de Schildhorn y cuanto pudiera suceder alli a las seis de la manana. El monumento era un buen sitio para seleccionar mano de obra ilegal. Desde la carretera era imposible ver lo que sucedia alrededor.

El Alberto el Oso tenia aproximadamente forma de bota o zapato y era tan antiguo que parecia que pudiese vivir alli una vieja con tantos hijos que ya no supiera que hacer. Fuera habia un Hanomag nuevo con matricula IE,

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