de Brandeburgo. Por lo visto, habia llegado en buen momento.

Segui adelante unos trescientos o cuatrocientos metros y aparque. Behlert llevaba un mono de mecanico en el maletero (hurgaba a menudo en el interior del coche). Me lo puse y volvi andando al pueblo; solo me detuve a meter las manos en tierra humeda para hacerme una manicura de obrero. Del rio soplaba un frio viento del este que traia el anuncio del inminente invierno, por no mencionar un tufo quimico de la fabrica de gas de Hohenzollerndamm, situada en el confin de Wilmersdorf.

Fuera del Alberto, un hombre alto con una cara digna del bloc de un dibujante de juicios leia el Zeitung apoyado en el Hanomag. Estaba fumando un Tom Thumb y vigilando un poco el coche, seguramente. Cuando abri la puerta, sono una campanilla por encima de mi cabeza. Aunque no me parecio una buena idea, entre.

Me recibio un enorme oso disecado. Tenia las mandibulas abiertas y las zarpas en el aire y me imagine que lo habrian puesto alli para asustar a la clientela o algo asi, pero a mi me parecio el director de un coro de osos dirigiendo La merienda de los ositos. Por lo demas, no habia practicamente nadie. El suelo era de linoleo de cuadros barato. Las paredes eran de color naranja y lucian una exposicion completa de cuadros de personajes y escenas fluviales; alrededor se distribuian las mesas, cubiertas con limpios manteles amarillos. En el rincon del fondo, al pie de una fotografia enorme del rio Spree lleno de troncos y canoas domingueras, habia un hombre envuelto en una nube de humo de tabaco de olor desagradable. Estaba leyendo un periodico que ocupaba toda la mesa y apenas me miro cuando me acerque y me plante delante de el.

– Hola -dije.

– No cometa el error de sacar esa silla -murmuro-, no tengo por costumbre hablar con desconocidos.

Llevaba un traje verde botella, camisa verde oscuro y corbata marron de lana. En el banco de al lado habia un abrigo, un sombrero de piel y, sin justificacion visible, una correa de perro muy fuerte. Sin embargo, los cigarrillos amarillentos y aplastados que fumaba no eran rusos, sino franceses.

– Entendido. ?Es usted Herr Goerz?

– ?Quien lo pregunta?

– Stefan Blitz. Me han dicho que para trabajar en las obras olimpicas hay que hablar con usted.

– ?Ah! ?Quien ha dicho eso?

– Un tal Trollmann, Johann Trollmann.

– No me suena de nada. ?Trabaja para mi?

– No, Herr Goerz. Dijo que se lo habia oido decir a un amigo suyo. No recuerdo como se llamaba. Trollmann y yo boxeabamos juntos. -Hice una pausa-. Antes, porque ahora no podemos. Ahora ya no, desde que las reglas prohiben participar en las competiciones a los no arios. Precisamente por eso busco trabajo.

– Nunca he sido aficionado a los deportes -dijo Goerz-. Tenia que dedicar todo el tiempo a ganarme la vida. - Levanto los ojos del periodico-. Puede que tengas cara de boxeador, pero no de judio.

– Soy mestizo, mitad y mitad, pero parece que al gobierno le da igual.

Goerz se rio.

– Desde luego. Ensename las manos, Stefan Blitz.

Se las ensene y presumi de unas sucias.

– El dorso no, la palma.

– ?Va a predecirme el futuro?

Entrecerro los ojos al tiempo que daba una calada a los ultimos centimetros de su maloliente cigarrillo.

– Puede. -Sin tocarmelas, solo mirandolas, anadio-: Parecen bastante fuertes, aunque no da la impresion de que hayan trabajado mucho.

– Como ya he dicho, he trabajado sobre todo con los nudillos, pero puedo manejar el pico y la pala. Durante la guerra, tambien me toco cavar trincheras, hace ya algunos anos, eso si.

– Triste. -Apago el cigarrillo-. Dime, Stefan, ?sabes lo que es un diezmo?

– Lo dice en la Biblia. Significa una decima parte, ?no?

– Eso es. Bien, el caso es que yo solo soy el jefe de personal. La constructora me paga para que le proporcione mano de obra, pero tambien me pagais vosotros, porque os doy trabajo, ?entiendes? Una decima parte de lo que ganeis al final de la jornada. Consideralo la cuota sindical.

– Es una cuota muy alta, en comparacion con los sindicatos en los que he estado.

– De acuerdo, pero el caso es que quien pide no elige, ?verdad? A los judios no les esta permitido afiliarse a sindicatos obreros, por tanto, en esas circunstancias, si quieres trabajar, debes pagar una decima parte. Lo tomas o lo dejas.

– Lo tomo.

– Eso me parecia. Por otra parte, como ya he dicho, esta escrito en vuestro libro sagrado. Genesis, capitulo 14, versiculo 20: «Y diole los diezmos de todo». Es la mejor forma de tomarselo, digo yo, como un santo deber. Si no consigues verlo asi, recuerda lo siguiente: solo selecciono a quienes me pagan el diezmo. ?Esta claro?

– Claro.

– A las seis en punto en el monumento de ahi fuera. Quiza trabajes, quiza no. Depende de cuantos necesiten.

– Alli estare.

– A mi me da igual. -Goerz volvio a mirar el periodico. La entrevista habia terminado.

Habia quedado con Noreen en el Romanisches Cafe de Tauentzienstrasse. Habia sido lugar de encuentro de los literatos berlineses y parecia una aeronave que hubiese aterrizado fuera de horario en la acera, ante un edificio romanico de cuatro pisos que podria haber sido el hermano menor del de enfrente, la iglesia en honor del kaiser Guillermo. O quiza fuese el equivalente moderno de un pabellon de caza Hohenzollern: un lugar en el que los principes y emperadores del primer imperio germanico tomaban cafe o kummel despues de una larga manana postrados ante un Dios que, en comparacion con ellos, debia de haber parecido bastante vulgar y mal educado.

La vi enseguida bajo el techo acristalado del cafe, como una especie exotica en un invernadero. Sin embargo, como suele ocurrir con las vistosas flores tropicales, la acechaba un peligro: estaba en una mesa en compania de un joven con un elegante uniforme negro, como la arana de Miss Muffet. En menos de seis meses, desde la desaparicion de las SA como fuerza politica independiente de los nazis, las SS, impecablemente vestidas, se habian ganado la fama de organizacion uniformada mas temida de la Alemania de Hitler.

No me hizo ninguna gracia verlo alli. Era alto y rubio, atractivo, dispuesto a la sonrisa y con unos modales tan lustrosos como sus botas: dio fuego a Noreen con una celeridad como si le fuera la vida en ello y, cuando me presente en la mesa, se levanto y choco un tacon contra el otro con la fuerza de un tapon de champan. El labrador negro a juego que llevaba el oficial se sento, dubitativo, sobre los cuartos traseros y solto un grunido grave. El amo y el perro parecian un brujo y su pariente y yo ya estaba deseando que desapareciesen en una nube de humo negro antes incluso de que Noreen hiciese las presentaciones.

– Te presento al lugarteniente Seetzen -dijo ella sonriendo con amabilidad-. Me ha hecho compania y ha aprovechado para practicar ingles.

Puse un rictus en la boca, como si estuviera encantado con la presencia de un nuevo amigo, pero me alegre mucho cuando por fin se excuso y se marcho.

– ?Que alivio! -dijo ella-. Creia que no se iba a marchar nunca.

– ?Ah! ?Si? Pues parecia que os entendierais muy bien.

– No seas borrico, Gunther. ?Que querias que hiciese? Estaba yo repasando mis notas, cuando llego el, se sento y empezo a hablar conmigo. De todos modos, ha sido fascinante en cierto modo, y un tanto escalofriante. Me ha contado que ha solicitado plaza en la Gestapo prusa.

– Una profesion con futuro. Si no fuera por los escrupulos, puede que tambien lo intentase yo.

– En estos momentos esta haciendo un curso de preparacion en el Grunewald.

– ?Que les ensenaran? ?A aplicar la manguera a un hombre sin matarlo? ?De donde sacaran a esos cabrones?

– El es de Eutin.

– ?Ah! ?Conque salen de ahi…!

Noreen intento ahogar un bostezo con el dorso de su elegante y enguantada mano. Era facil comprender que el lugarteniente hubiese querido hablar con ella. Era, sin ninguna duda, la mujer mas guapa del cafe.

– Lo siento -dijo-, pero he tenido una tarde horrible. Primero, Von Tschammer und Osten y, despues, el joven

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