puede permitirse dejar de intentarlo -le dije.
El planteamiento lo impresiono. Y a mi tambien. Era agradable hablar del mercado de exportacion, y no de informes forenses, para variar.
Sin embargo, solo podia pensar en Noreen Eisner, en que la habia encontrado de nuevo despues de tanto tiempo. ?Veinte anos! Casi parecia un milagro, con lo que habiamos vivido cada cual por su lado, ella conduciendo una ambulancia en la Guerra Civil Espanola y yo, en la Alemania nazi y en la Rusia sovietica. En realidad, no tenia intenciones romanticas respecto a ella. Veinte anos son demasiados para que los sentimientos sobrevivan. Por otra parte, lo nuestro no habia durado mas que unas semanas. De todos modos, esperaba que pudiesemos volver a ser amigos. No tenia yo muchas amistades en La Habana y me apetecia recordar viejas anecdotas con alguien en cuya compania pudiese volver a ser yo mismo. Mi verdadero yo, no la persona que se suponia que era. Hacia cuatro anos que no podia ser tan sincero. ?Que habria dicho un hombre como Robert Freeman si le hubiese contado la vida de Bernie Gunther? Seguramente se habria tragado el puro. Sin embargo, nos despedimos cordialmente y me aseguro que volveriamos a hablar en cuanto hubiese comprado las dos empresas de la competencia que le darian derecho a vender productos de las marcas Montecristo y Ramon Allones.
– ?Sabes una cosa, Carlos? -dijo, al tiempo que saliamos del fumadero-. Eres el primer aleman con quien hablo, desde antes de la guerra.
– Germanoargentino -puntualice.
– Si, claro. No es que tenga nada en contra de los alemanes, entiendeme. Ahora estamos todos en el mismo bando, ?verdad? Contra los comunistas y todo eso. ?Sabes una cosa? A veces no se que pensar sobre lo que paso entre nuestros dos paises. Me refiero a la guerra, a los nazis y a Hitler. ?Que opinas tu?
– Procuro no pensar en ello, siquiera -dije-, pero cuando lo pienso, me parece que, durante una epoca, la lengua alemana se redujo a palabras muy largas y muy poco pensamiento.
Freeman solto una risita al tiempo que chupaba el puro.
– En efecto -dijo-. Si, en efecto.
– Esta en el destino de todas las razas. Todas se creen las elegidas de Dios -anadi-, pero la estupidez de querer imponerlo solo se da en el de algunas.
Al pasar por la sala de ventas vi una fotografia del primer ministro britanico con un puro en la boca y asenti con un movimiento de cabeza.
– Y digo mas. Hitler no bebia ni fumaba y gozo siempre de buena salud, hasta que se pego un tiro.
– En efecto -dijo Freeman-. Si, en efecto.
4
Finca Vigia estaba a unos doce kilometros del centro de La Habana en direccion sureste. Era una casa colonial espanola de un solo piso en medio de una propiedad de unas ocho hectareas, que dominaba una hermosa panoramica del norte de la bahia. Aparque al lado de un descapotable de color limon, modelo Pontiac Chieftain (el de la cabeza de jefe indio en el capo, que brilla cuando se encienden los faros). Habia algo remotamente africano en la blanca casa y su situacion y, al salir del coche y echar un vistazo alrededor, a los mangos y las enormes jacarandas, casi podia creer que estaba en Kenia, de visita en casa de un importante delegado de distrito.
La impresion se acentuaba mucho en el interior. La casa era un museo de la gran aficion de Hemingway a la caza. En todas las numerosas, espaciosas y aireadas habitaciones, incluido el dormitorio principal -aunque no en el cuarto de bano-, habia cabezas de kudues, bufalos de agua e ibices. En resumen, de cualquier animal con cuernos. No me habria extranado encontrar alli la cabeza del ultimo unicornio. O puede que de un par de ex esposas. Ademas de los trofeos habia gran cantidad de libros, incluso en el cuarto de bano y, al contrario que los de mi casa, parecia que los hubiesen leido todos. Los suelos eran de baldosa y sin moqueta, por lo general, y debian de resultar duros para los innumerables gatos que parecian los duenos de la mansion. En las encaladas paredes no habia cuadros, solo algunos carteles de corridas de toros. Los muebles se habian elegido mas por la comodidad que por la elegancia. El sofa y los sillones de la sala de estar lucian unas fundas de flores que ponian una nota discordante de feminidad en medio de tanta aficion masculina a la muerte. En el centro de la sala, como el diamante de veinticuatro quilates que, incrustado en el suelo del vestibulo del Capitolio Nacional de La Habana, senala el kilometro cero desde donde se miden todas las distancias de la isla, se encontraba un mueble bar con mas botellas que un camion de cervezas.
Noreen sirvio un par de tragos largos de bourbon y nos los llevamos a una gran galeria abierta, donde me conto lo que habia hecho desde la ultima vez que nos habiamos visto. A cambio, le conte una version de lo que habia hecho yo, en la que omiti cuidadosamente la temporada que habia pasado con las SS y, sobre todo, los servicios activos que habia cumplido con un batallon de la policia en Ucrania. Sin embargo, le conte que habia trabajado de detective privado, que habia vuelto al cuerpo de policia y que Eric Gruen y la CIA se las habian arreglado para colgarme la etiqueta de criminal de guerra nazi y, por lo tanto, me habia visto obligado a recurrir a la ayuda de antiguos camaradas para huir de Europa y empezar una nueva vida en Argentina.
– Y asi es como he llegado a vivir con un nombre falso y un pasaporte argentino -conclui resueltamente-. Seguramente seguiria en Argentina si los peronistas no hubiesen descubierto que, en realidad, no tengo nada de nazi.
– Pero, ?por que viniste a Cuba?
– No lo se. Por lo mismo que los demas, supongo. El clima, los puros, las mujeres, los casinos. Juego al backgammon en algunos casinos. -Tome un sorbito de bourbon y saboree el licor dulce y amargo del famoso escritor.
– Ernest vino aqui por la pesca deportiva mayor.
Mire alrededor buscando un pez, pero no habia ninguno.
– Cuando esta aqui, pasa la mayor parte del tiempo en Cojimar. Es un pueblecito pesquero de mala muerte, agarrado a una parte de la costa en la que suele dejar su barco. Le encanta pescar, pero en el pueblo hay un bar agradable y tengo la sospecha de que le gusta mas el bar que el barco, o que pescar, que para el caso es lo mismo. En general, me parece que le gustan los bares mas que cualquier otra cosa.
– Cojimar. Antes iba alli con frecuencia, hasta que me entere de que los militares lo utilizaban para la practica del tiro al blanco y que, a veces, el blanco todavia respiraba.
Noreen asintio.
– Si, algo de eso he oido y estoy segura de que es verdad. De Fulgencio Batista se puede creer cualquier cosa. Un poco mas alla de esa playa, ha construido un pueblo de villas selectas rodeado de alambre para sus generales mas importantes. El otro dia pase por alli en coche. Todo de color rosa. Bueno, los generales no… Eso seria mucho pedir. Las villas.
– ?Rosa?
– Si, parece un lugar de vacaciones de un sueno que hubiera contado Samuel Taylor Coleridge.
– No he leido nada de el. Un dia de estos tengo que aprender a hacerlo. Es curioso. Puedo comprar montones de libros, pero no me parece lo mismo que leerlos.
Oi pasos en la galeria, me volvi a mirar y vi a una bonita joven que se acercaba. Me levante y sonrei procurando no poner cara de hombre lobo.
– Carlos, te presento a mi hija Dinah.
Era mas alta que su madre, pero no solo por los tacones de aguja que calzaba. Llevaba un vestido de lunares que se ataba en el cuello y le llegaba solamente por debajo de las rodillas, con la espalda y algo mas al descubierto, cosa que hacia un poco innecesarios los guantecitos de redecilla de las manos. Del musculoso y bronceado antebrazo colgaba un bolso de muare con la misma forma, tamano y color que la barba mas representativa de Karl Marx. Tenia el pelo casi platino, pero no tanto, y le favorecia mas, peinado en voluminosas capas y suaves ondas; el collar de perlas que lucia alrededor del estilizado y joven cuello no podia ser sino una ofrenda de admiracion de un dios marino. Desde luego, tenia un tipo que bien valia un cesto de manzanas de oro. Tenia la boca carnosa como las ciruelas y pintada de rojo con mano segura, que bien podia haber sido de la escuela de Rubens. En sus ojos, grandes y azules, brillaba una inteligencia que la barbilla, cuadrada y ligeramente concava, dotaba de resolucion. Hay chicas preciosas y chicas preciosas que saben que lo son; Dinah Charalambides lo era y sabia resolver ecuaciones de segundo grado.
