– Hola -saludo con frialdad.
Respondi con un movimiento de cabeza, pero ya no me hacia caso.
– Mama, ?me dejas el coche?
– ?Piensas salir?
– Volvere pronto.
– No me gusta que salgas de noche -dijo Noreen-. ?Y si te detienen en un control del ejercito?
– ?Tengo pinta de revolucionaria? -pregunto Dinah.
– Por desgracia, no.
– Pues eso.
– Mi hija tiene diecinueve anos, Carlos -dijo Noreen-, pero actua como si tuviese treinta.
– Todo lo que se lo he aprendido de ti, querida madre.
– Pero, dime, ?adonde vas?
– Al club Barracuda.
– Preferiria que no fueras a ese sitio.
– Ya lo hemos hablado otras veces -suspiro Dinah-. Mira, todos mis amigos van alli.
– A eso me refiero, precisamente. ?Por que no sales con gente de tu edad?
– Puede que lo hiciera, si no estuvieramos exiliadas de nuestra casa de Los Angeles.
– No estamos exiliadas -dijo Noreen con insistencia-, solo he tenido que ausentarme una temporada de los Estados Unidos.
– Lo entiendo, desde luego que si, pero, por favor, intenta entender lo que significa para mi. Quiero salir a divertirme un poco, no quedarme de sobremesa hablando de politica con un monton de gente aburrida. -Me miro y me dedico una rapida sonrisa de disculpa-. ?Ay! No me referia a usted, senor Gunther. Por lo que me ha contado mi madre, estoy segura de que usted es muy interesante, pero casi todos los amigos de Noreen son escritores y abogados izquierdistas. Intelectuales. Y amigos de Ernest que beben demasiado.
Me sobresalte un poco cuando me llamo Gunther. Eso queria decir que Noreen ya habia contado mi secreto a su hija. Me irrite.
Dinah se puso un cigarrillo en la boca y lo encendio como si fuera un petardo.
– Tampoco me gusta nada que fumes -dijo Noreen.
Dinah puso los ojos en blanco y tendio una mano enguantada.
– Las llaves.
– En el escritorio, al lado del telefono.
Se marcho envuelta en una nube de perfume, humo de tabaco y exasperacion, como la bella puta despiadada de una obra de teatro goticoamericana escrita por su madre. No habia visto ninguna en escena, solo las peliculas basadas en ellas. Siempre eran sobre madres sin escrupulos, padres locos, esposas que huian, hijos improbos y sadicos y maridos borrachos y homosexuales, la clase de historias que casi me hacian alegrarme de no tener familia. Encendi un puro y procure contener la gracia que me hacia.
Noreen sirvio otro par de tragos de la botella de Old Forester que habia traido de la sala de estar y puso en el suyo unos trozos de hielo que saco de un cubo hecho con un pie de elefante.
– Que putilla -dijo sin ningun enfasis-. Tiene plaza en la Universidad de Brown pero sigue arguyendo ese maldito cuento de que vive conmigo en La Habana por obligacion. No le pedi que viniese. No he escrito una puta palabra desde que estoy aqui. Se pasa el dia sentada por ahi poniendo discos y asi no puedo trabajar, sobre todo con la mierda de discos que escucha. The Rat Pack: Live at the Sands. ?Te imaginas? ?Dios! No soporto a esa pandilla de cabrones engreidos. Y por la noche, cuando sale, tampoco puedo hacer nada, porque estoy preocupada por lo que le pueda pasar.
Al cabo de uno o dos segundos, el Pontiac Chieftain se puso en marcha y salio por la entrada de la casa, con el indio del capo oteando el horizonte en la envolvente oscuridad.
– ?No quieres que este aqui contigo?
Noreen me echo una mirada por encima del borde del vaso, con los ojos entrecerrados.
– Antes las cazabas al vuelo, Gunther. ?Que te ha pasado? ?Te diste un golpe en la cabeza durante la guerra?
– Solo un poco de metralla perdida de vez en cuando. Te ensenaria las cicatrices, pero tendria que quitarme la peluca.
Pero Noreen no estaba preparada para reirse. Todavia no. Encendio un cigarrillo y tiro la cerilla a los arbustos.
– Si tuvieras una hija de diecinueve anos, ?te gustaria que viviese en La Habana?
– Dependeria de lo guapas que fuesen sus amistades.
Noreen hizo una mueca rara.
– Precisamente por eso creo que estaria mejor en Rhode Island. En La Habana hay muy malas influencias. Demasiado sexo facil, demasiado alcohol barato.
– Por eso vivo aqui.
– Y va con mala gente -prosiguio sin hacerme caso-. Precisamente por eso te he pedido que vinieses hoy aqui, por cierto.
– ?Vaya! ?Y yo soy tan ingenuo que creia que me habias invitado por motivos sentimentales! Todavia pegas duro, Noreen.
– No era mi intencion.
– ?No?
Lo deje pasar. Oli el vaso un momento y disfrute del ardiente aroma. El bourbon olia como la taza de cafe del diablo.
– Creeme, encanto: se puede vivir en sitios mucho peores que Cuba. Lo se. He intentado vivir en algunos. Durante la posguerra, Berlin no era el dormitorio de la Ivy League, y Viena tampoco, sobre todo para las jovencitas. Los soldados rusos castigan a los proxenetas y a los gigolos de playa por ser malas influencias, Noreen. No es propaganda anticomunista de derechas, cielo, es la pura verdad. Y, hablando de tan delicado tema, ?le has contado muchas cosas de mi?
– No, no muchas. Hasta hace unos minutos, no sabia cuanto habia que contar. Lo unico que me dijiste esta manana (y, por cierto, no te dirigias directamente a mi, sino a la empleada de La Moderna Poesia) fue que te llamabas Carlos Hausner. ?Por que demonios elegiste ese nombre como pseudonimo? Carlos es nombre de campesino mexicano gordo de pelicula de John Wayne. No, Carlos no cuadra contigo. Supongo que por eso te llame por tu verdadero nombre, Bernie… Bueno, es que se me escapo cuando le contaba lo de Berlin, en 1934.
– Es una pena, con las molestias que tuve que tomarme para cambiarmelo. Para que sepas la verdad, Noreen, si las autoridades me descubren, podrian deportarme a Alemania, lo cual seria incomodo, por no decir otra cosa. Como te he dicho, hay gente (rusos) a la que seguramente le gustaria mucho echarme el lazo.
Me miro con recelo.
– Puede que te lo merezcas.
– Puede. -Deje el vaso en la mesa y sopese el comentario mentalmente un momento-. Sin embargo, eso de que quien la hace la paga casi siempre pasa solo en los libros. Claro que, si crees que me lo merezco, mas vale que me largue.
Entre en la casa y volvi a salir por la puerta principal. Ella estaba en la barandilla de la galeria, por encima de las escaleras por las que se bajaba hasta mi coche.
– Lo lamento -dijo-. No creo que te lo merezcas todo, ?de acuerdo? Solo estaba bromeando. Vuelve, por favor.
Me pare y la mire con poco entusiasmo. Estaba enfadado y no me importaba que lo supiera. Y no solo por el comentario de que me merecia que me colgasen. Estaba furioso con ella y conmigo, por no haber dejado mas claro que Bernie Gunther habia dejado de existir y en su lugar estaba Carlos Hausner.
– Fue tan emocionante volver a verte, despues de tantos anos… -Parecia que la voz le tropezaba con un jersey de cachemira colgado de un clavo, o algo asi-. Siento mucho haber revelado tu secreto. Hablare con Dinah en cuanto vuelva a casa; le dire que no hable con nadie de lo que le conte, ?de acuerdo? Me temo que no pense en las consecuencias que podia tener si le hablaba de ti, pero es que hemos estado muy unidas desde la muerte de su padre. Siempre nos lo contamos todo.
