– ?Mierda! -exclamo Noreen-. Es Alfredo.

Detras del Olds blanco llego un Buick rojo de dos puertas.

– Y, por lo visto, los demas invitados.

5

Eramos ocho comensales. La cena la habian preparado Ramon, el cocinero chino de Hemingway, y Rene, su mayordomo negro, cosa que, al parecer, solo me hacia gracia a mi. Por descontado, no es que tuviese nada en contra de los chinos ni de los negros, pero me resultaba ironico que Noreen y sus invitados estuvieran tan dispuestos a declararse comunistas tan solemnemente mientras otros hacian todo el trabajo.

Era innegable que Cuba y el pueblo cubano habian sufrido: primero en manos de los espanoles, despues, de los estadounidenses y por ultimo, de los espanoles otra vez. Sin embargo, tampoco habian sido mejores ni el gobierno posterior de Ramon Grau San Martin ni el actual de Fulgencio Batista. F. B., como lo llamaban muchos europeos y estadounidenses residentes en Cuba, habia sido sargento del ejercito cubano y ahora no era mas que una marioneta de los Estados Unidos. Por brutal que fuese el regimen, mientras siguiera bailando al son que tocase Washington, seguiria contando con el apoyo del gran pais vecino. Con todo, a mi no me convencia que la solucion tuviese que pasar por un sistema de gobierno totalitario en el que un solo partido autoritario controlaba todos los medios de produccion estatales. Y asi se lo dije a los izquierdistas amigos de Noreen:

– En mi opinion, para este pais el comunismo es un mal mucho peor que cualquier otra forma de administracion que se le pueda ocurrir a un despota de poca monta como F. B. Un ladron de tres al cuarto como el puede infligir unas pocas tragedias individuales. O muchas, tal vez, pero no se puede comparar con el gobierno de autenticos tiranos, como Stalin y Mao Tse-tung. Esos si que han sido artifices de tragedias nacionales. No hablo por todos los paises del Telon de Acero, pero conozco bastante bien el caso de Alemania y les aseguro que las clases obreras de la RDA se cambiarian de mil amores por el pueblo oprimido de Cuba.

Guillermo Cabrera Infante era un joven estudiante recien expulsado de la Escuela Universitaria de Periodismo de La Habana. Tambien habia cumplido una breve condena por escribir en una revista popular de la oposicion, Bohemia, lo cual me dio pie a senalar que en la Union Sovietica no habia revistas contestatarias y que alli, hasta la menor critica al gobierno le habria valido una larga condena en algun rincon olvidado de Siberia. Montecristo en mano, Cabrera Infante procedio a llamarme «burgues reaccionario» y otros cuantos apelativos, caracteristicos de los «ivanes» y sus acolitos, que no habia oido desde hacia mucho tiempo y que casi me hicieron sentir nostalgia de Rusia, como un personaje lloron de Chejov.

Me defendi un rato en mi rincon, pero cuando dos mujeres nada atractivas me llamaron enardecidamente «apologo del fascismo», empece a sentirme acorralado. Puede ser divertido que una mujer atractiva te insulte, si consideras que se ha tomado la molestia de fijarse en ti, pero, tratandose de dos hermanas feas, no tiene ninguna gracia. Puesto que Noreen no me apoyaba en la conversacion, tal vez porque habia bebido demasiado para acudir en mi ayuda, me fui al lavabo y, en ese momento, me parecio que mas valia una retirada a tiempo y me marche.

Cuando llegue al coche, me estaba esperando otro de los invitados para pedirme disculpas o algo por el estilo. Se llamaba Alfredo Lopez y era abogado, uno de los veintidos letrados, al parecer, que habia defendido a los rebeldes supervivientes del asalto al cuartel Moncada de julio de 1953. Tras el inevitable veredicto de culpabilidad, el juez del Palacio de Justicia de Santiago impuso a los rebeldes una sentencia bastante modesta, en mi opinion. Incluso el cabecilla, Fidel Castro Ruiz, fue condenado a tan solo quince anos de prision. Es cierto que quince anos no es una condena leve, pero, para ser el cabecilla de una insurreccion armada contra un dictador poderoso, no podia compararse con un breve paseo hasta la guillotina de Plotzensee.

Lopez tenia treinta y pico anos, era un atractivo moreno de cara sonriente, con penetrantes ojos azules, un bigote fino y una mata perfectamente engominada de pelo corto, negro y brillante. Vestia pantalones blancos de lino y camisa guayabera azul marino de cuello abierto, que le disimulaba un poco la incipiente panza redonda. Fumaba unos cigarrillos que eran largos y oscuros, igual que sus afeminados dedos. Parecia un gato muy grande al que le hubieran dado las llaves de la mayor lecheria del Caribe.

– Lamento profundamente lo que ha pasado, amigo mio -dijo-. Lola y Carmen se han propasado con usted. Es imperdonable poner la politica por encima de la educacion mas elemental, sobre todo en la mesa. Si uno no puede ser civilizado en la mesa, ?donde vamos a poder debatir adecuadamente?

– Olvidelo. Tengo la piel dura y no me afecta tanto. Por otra parte, nunca me han interesado mucho los politicos y, menos aun, hablar de ellos. Siempre tengo la sensacion de que, al intimidar a los demas, lo unico que hacemos es convencernos a nosotros mismos.

– Si, no le falta razon, me parece -reconocio-, pero tenga en cuenta que los cubanos somos muy apasionados y algunos estamos verdaderamente convencidos.

– Me pregunto si lo esta usted.

– Se lo aseguro. Somos muchos los que estamos dispuestos a sacrificarlo todo por la libertad de Cuba. La tirania es la tirania, venga de donde venga.

– Quiza tenga ocasion de recordarle este momento, cuando el tirano sea su hombre.

– ?Fidel? Ah, no es mala persona, en absoluto. Puede que, si lo conociese usted un poco mejor, simpatizara un poco mas con nuestra causa.

– Lo dudo. Por lo general, los paladines de la libertad de hoy son los dictadores de manana.

– De verdad que no. Castro es diferente. No lucha por su propio beneficio.

– ?Se lo ha dicho el? ?O ha visto personalmente sus cuentas bancarias?

– No, pero he visto esto.

Abrio la portezuela de su coche y saco una cartera, de la que saco a su vez un librito del tamano de un panfleto. Habia varias docenas mas en la cartera, ademas de una pistola automatica. Supuse que la llevaria a mano para cuando no funcionase adecuadamente el debate politico civilizado. Me ofrecio el librito sosteniendolo con las dos manos, como si fuese un bien precioso, como un ayudante de subastador que muestra un objeto raro en una sala llena de posibles compradores. En la portada se veia la imagen de un joven bastante fornido, un poco parecido al propio Lopez, con bigote fino y ojos oscuros y hundidos. Me recordo mas a un bandolero que al revolucionario al que conocia por la prensa.

– Es la declaracion de Fidel en el juicio que le hicieron el pasado mes de noviembre -dijo Lopez.

– La tirania le dio oportunidad de hablar, por lo que veo -dije agudamente-. Tal como lo recuerdo, el juez Roland Freisler (Roland Delirio, como lo llamaban) se limito a insultar a los hombres que habian intentado atentar contra Hitler y los mando a la horca. Es curioso, pero no recuerdo que ninguno de los condenados escribiese un panfleto.

Lopez no se dio por aludido.

– Se titula La Historia me absolvera. Acabamos de imprimirlo, conque tiene usted el honor de ser uno de los primeros en leerlo. Hemos planeado distribuirlo por toda la ciudad a lo largo de los proximos meses. Por favor, senor, al menos lealo, ?eh? Aunque solo sea porque el autor languidece en estos momentos en la carcel Modelo de la isla de Pinos.

– Hitler escribio un libro bastante largo en la carcel de Landsberg en 1928 y tampoco lo lei.

– No se lo tome a broma, por favor. Fidel es amigo del pueblo.

– Yo tambien. Parece que hasta los gatos y perros me quieren, pero no espero que por eso me pongan al cargo del gobierno.

– Prometame que, al menos, le echara una ojeada.

– De acuerdo -dije; lo cogi solo por deshacerme de Lopez-. Lo leere, si tanto significa para usted, pero despues no me haga preguntas sobre el contenido. Me joderia olvidar algo que pudiera hacerme perder la oportunidad de participar en una granja colectiva, o la de denunciar a alguien por sabotear el plan quinquenal.

Subi al coche y me marche rapidamente, muy poco satisfecho del giro que habia dado la velada. Al final de la entrada, baje la ventanilla y, antes de salir a la carretera principal en direccion norte, hacia San Miguel del Padron, tire el estupido panfleto de Castro a los matorrales. Me habia trazado un plan que no coincidia con el del cabecilla de la revolucion, aunque si que tenia relacion con las chicas de Casa Marina: de cada cual, segun su

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