– ?Waxey? Es un babke, un autentico cacho de pan. Por otra parte, mis libros de contabilidad son muy gordos.
Dinah suspiro y puso los ojos en blanco como una colegiala malhumorada.
– Max -se quejo-, es una groseria hablar todo el tiempo en aleman, cuando sabes que no lo entiendo.
– Es incomprensible -dijo el en ingles-; de verdad, no lo entiendo, porque tu madre lo habla estupendamente.
Dinah puso un mohin de desprecio.
– ?A quien le interesa aprender aleman? Los alemanes se cargaron al noventa por ciento de los judios europeos. Ya nadie quiere estudiar aleman. -Me miro y se encogio de hombros con pesar-. Lo siento, pero asi son las cosas, me temo.
– Esta bien. Yo tambien lo siento. La culpa es mia; por hablar en aleman con Max, quiero decir, no por lo otro, aunque, como es logico, tambien lo siento por lo otro.
– Krauts! Lo vais a tener que lamentar mucho tiempo -Max se rio-, ya nos aseguraremos los judios de ello.
– Lo siento mucho, creeme, pero yo solo obedecia ordenes.
Dinah no escuchaba. No escuchaba porque no era lo suyo. Aunque, en honor a la verdad, hay que decir que Max le metio la nariz en la oreja y despues le rozo la mejilla con los labios, cosa que bien puede distraer a quien no lo ha vivido todo.
– Perdoname, honik -le musito-, pero, ya sabes, hacia veinte anos que no veia a este fershtinkiner. -Dejo de chuparle la cara un momento y me miro-. ?Verdad que es preciosa?
– Y que lo digas, Max, y que lo digas. Y lo que es mas: tiene toda la vida por delante, no como tu y yo.
Reles se mordio el labio, aunque tuve la impresion de que le habria gustado mas morderme el cuello a mi. Despues sonrio y me senalo con el dedo. Le devolvi la sonrisa, como si estuvieramos jugando al tenis. Me imagine que no estaba acostumbrado a encajar pelotas tan fuertes.
– Sigues siendo el mismo cabron retorcido -dijo sacudiendo la cabeza.
El seguia con la misma carota cuadrada y agresiva, aunque bronceada y correosa ahora, y con una cicatriz en la mejilla tan grande como una etiqueta de maleta. ?Que podia ver Dinah en un tipo asi?
– El viejo Gunther, el mismo de siempre.
– Vaya, en eso coincidis Noreen y tu -dije-. Tienes razon, desde luego, soy el viejo cabron retorcido de siempre… y cada vez mas. Ahora bien, te aseguro que lo que mas me jode es lo de viejo. Todo lo que antes me fascinaba la contemplacion de mi excelente fisico es ahora puro horror por el avance evidente de la edad: la tripa, las piernas arqueadas, la perdida de pelo, la presbicia y la piorrea. Se ve a la legua que estoy mas pasado que un platano viejo. De todos modos, supongo que para todo hay consuelo: tu eres mas viejo que yo, Max.
Reles siguio sonriendo, aunque necesito tomar aire. Luego sacudio la cabeza, miro a Dinah y dijo:
– ?Por Dios! ?Oyes lo que dice este tio? Me insulta a la cara y delante de ti. -Solto una carcajada de asombro-. ?Verdad que es una joya? Eso es lo que me gusta de este tio: nadie me ha dicho nunca las cosas que me dice el. Es lo que mas me gusta.
– No se, Max -dijo ella-. A veces eres muy raro.
– Hazle caso a ella, Max -dije-. No es solo guapa. Ademas es muy lista.
– Ya basta -dijo Reles-. Oye, tenemos que volver a hablar tu y yo. Ven a verme manana.
Me quede mirandolo cortesmente.
– Ven a mi hotel -junto las manos como si rezase-, por favor.
– ?Donde te alojas?
– En el Saratoga, en Habana Vieja, enfrente del Capitolio. Es de mi propiedad.
– Ah, comprendo: el negocio hotelero y el del espectaculo. El Saratoga, claro. Lo conozco.
– ?Vas a venir? Por los viejos tiempos.
– ?Te refieres a nuestros viejos tiempos, Max?
– Claro, ?por que no? Todo aquello quedo zanjado hace veinte anos. Veinte anos, aunque parecen mil, como has dicho antes. Te invito a comer.
Lo pense un momento. Iba a pasar a las once por el despacho de Alfredo Lopez, en el edificio Bacardi, a pocas manzanas del Saratoga. De pronto era un hombre ocupado: tenia dos citas en un solo dia. Pronto tendria que comprarme una agenda. Quiza tuviese que ir al barbero y hacerme la manicura. Casi me parecia un tio importante otra vez, aunque no estaba muy seguro de para que. Al menos, de momento.
Suponia que no tardaria mucho en devolver a Alfredo Lopez la cartera con la pistola y los panfletos. Podia estar bien comer en el Saratoga, aunque fuese con Max Reles. Era un buen hotel y tenia un restaurante excelente. En La Habana, los leprosos no podian elegir, sobre todo los leprosos como yo.
– De acuerdo -dije-, sobre las doce.
7
El Saratoga estaba en el extremo meridional del Prado, enfrente del Capitolio. Era un bonito edificio colonial blanco, de ocho pisos, que me trajo el recuerdo de un hotel que habia visto una vez en Genova. Entre. Acababan de dar la una. La chica del mostrador de recepcion me senalo los ascensores y me dijo que subiera al octavo piso. Sali a un patio con columnas, que me recordo a un monasterio, y alli espere el ascensor. El centro del patio estaba ocupado por una fuente y un caballo de marmol, obra de la escultora cubana Rita Longa. Me entere de quien era la artista porque el ascensor tardo un poco y al lado del caballo habia un atril con «informacion util» sobre ella. La informacion no anadio nada util a lo que ya habia deducido por mi cuenta: que Rita no sabia nada de caballos y muy poco de escultura. Me resulto mas interesante mirar por una serie de puertas de cristal ahumado que daban a las salas de juego del hotel. Las magnificas aranas de luces, los grandes espejos dorados y los suelos de marmol evocaban los casinos parisinos de la belle epoque, pero menos elegantes. No habia maquinas tragaperras, solo mesas de ruleta, blackjack, craps, poker, bacarra y punto blanco. Era evidente que no se habian escatimado gastos: la descripcion que se daba del casino en otro atril, al otro lado de la cristalera, podia estar justificada. «El Montecarlo de las Americas.»
Puesto que la restriccion monetaria de los Estados Unidos empezaba a levantarse en esos momentos, no era muy probable que los comerciantes americanos y sus mujeres que iban a jugar a La Habana fueran a comprobar la veracidad de ese lema en un futuro proximo. En cuanto a mi, no me gustaba practicamente ningun juego de azar desde que, por obligacion, habia tenido que dejar una pequena fortuna en un casino de Viena, durante el invierno de 1947. Por suerte no era mia, pero, aun asi, no me gustaba perder dinero, aunque fuese ajeno. Por eso, si alguna vez jugaba, preferia el backgammon. Es un juego que practica muy poca gente y, por tanto, nunca se pierden grandes cantidades. Por otra parte, se me daba bien.
Subi en el ascensor hasta el octavo piso, donde estaba la azotea de la piscina del hotel, que era unica en La Habana.
He dicho azotea, pero en realidad habia medio piso mas por encima del de la piscina y, segun Alfredo Lopez, mi nuevo amigo, era el selecto atico en el que vivia, con todo lujo, Max Reles. La unica forma de subir alli era mediante una llave de ascensor especial… tambien segun Lopez. Sin embargo, contemplando la vacia piscina - hacia demasiado viento para salir a tomar el sol-, deje vagar el pensamiento y empece a imaginarme como podria escalar desde alli hasta el atico un hombre que soportase las alturas. Ese hombre tendria que trepar por el parapeto que rodeaba la piscina, dar la vuelta a la esquina andando precariamente y, por ultimo, escalar por unos andamios que habian montado para reparar las luces de neon que adornaban la curva esquina de la fachada. Habia gente a la que le gustaba subir a las azoteas a contemplar la vista y gente, como yo, que se acordaba de crimenes y francotiradores y, sobre todo, del frente oriental de la guerra. En Minsk, un tirador del Ejercito Rojo habia estado apostado tres dias seguidos en la azotea del unico hotel de la ciudad, dedicandose a disparar a oficiales del ejercito aleman, hasta que lo pillaron con un canon antitanques. A aquel soldado le habria gustado mucho la azotea del Saratoga.
Sin embargo, es probable que Max Reles hubiera previsto esa posibilidad. Segun Alfredo Lopez, Reles no se arriesgaba nada en lo referente a su seguridad personal. Tenia demasiados amigos para poder permitirselo. Es decir, amigos de La Habana, de los que son suplentes entusiastas de enemigos mortales.
