– Se que siempre vas en serio, Max -le dije-, desde aquel dia en el lago.
En la pared habia varios cuadros sin enmarcar, pero no supe decir si eran excelentes representaciones de vomitos o bien pintura abstracta moderna. Una pared estaba completamente ocupada por estanterias oscuras, llenas de discos y revistas, objetos de arte e incluso algunos libros. En la del fondo habia una gran puerta corredera de cristal y, al otro lado, una replica menor y de uso privado de la piscina del piso inferior. Junto a un sofa cama de piel se veia una mesa redonda de pie con un brillante telefono rojo. Reles lo senalo.
– ?Ves ese telefono? Es la linea directa con el Palacio Presidencial y solo se usa una vez a la semana. Lo que te dije antes. Indefectiblemente, todos los miercoles, a las doce menos cuarto de la noche, hago la llamada a F. B. y le canto las cifras. No he conocido a nadie que tenga tanto interes en el dinero como F. B. A veces nos pasamos media hora al telefono, por eso dedico los miercoles por la noche a las cartas. Juego unas manos con los chicos y los echo a las once y media en punto. Sin revanchas. Hago la llamada telefonica y me voy directo a la cama. Si trabajas para mi, has de saber que tambien trabajas para F. B. El treinta por ciento de este hotel es suyo, pero al hispanoamericano dejamelo a mi, de momento.
Se acerco a las estanterias, saco de otro cajon un maletin de piel que parecia caro y me lo dio.
– Toma, Gunther, un regalo que quiero hacerte para celebrar nuestra asociacion.
Agite en el aire el sobre de los pesos.
– Creia que ya lo habiamos celebrado.
– Esto es un plus.
Mire las cerraduras de combinacion.
– Abrelo -dijo-. No esta cerrado. Por cierto, la combinacion es seis, seis, seis a cada lado, pero, si lo prefieres, puedes cambiarla con una llavecita que va oculta en el asa.
Lo abri. Era un precioso tablero de backgammon hecho de encargo. Las fichas eran de marfil y de ebano y los dados y el cubilete tenian pequenos diamantes incrustados.
– No puedo aceptarlo -dije.
– Por supuesto que si. Ese juego era de un amigo mio que se llamaba Ben Siegel.
– ?Ben Siegel, el gangster?
– No. Ben era jugador y hombre de negocios, como yo. Se lo regalo su novia, Virginia, cuando cumplio cuarenta y un anos. Lo encargo especialmente para el en Asprey, de Londres. Tres meses despues, Ben murio.
– Lo mataron, ?no?
– Aja.
– ?No quiso quedarselo ella?
– Me lo regalo, de recuerdo. Ahora me gustaria regalartelo a ti. Esperemos que te de mejor suerte que a el.
– Esperemos.
8
Del Saratoga me fui a Finca Vigia. El jefe indio seguia en el mismo sitio en el que lo habia aparcado Waxey, aunque ahora, con un gato en la capota. Sali del coche, fui hasta la puerta y toque la campana marinera del porche. Otro gato me observaba desde una rama de una ceiba gigante y otro mas asomaba la cabeza por entre los balaustres blancos de la galeria como esperando que vinieran a rescatarlo los bomberos. Le acaricie la cabeza y oi unos pasos que se acercaban lentamente. Se abrio la puerta y aparecio la figura menuda de Rene, el criado negro de Hemingway. Llevaba una chaqueta de camarero de algodon blanco y, con la luz del sol que se colaba desde la parte de atras de la casa y lo iluminaba por la espalda, parecia un santero.
– Buenas tardes, senor -dijo.
– ?Esta la senora Eisner?
– Si, pero esta durmiendo.
– ?Y la senorita?
– Miss Dinah, si, me parece que esta en la piscina, senor.
– ?Cree que le molestaria verme?
– No creo que le moleste que la vea quien sea -dijo Rene.
Sin prestar mucha atencion a la respuesta, segui el camino hacia la piscina, que estaba rodeada de altas palmeras cubanas, flamboyanes y almendros, ademas de frondosos macizos de ixora, una resistente flor roja de la India, mas conocida por el nombre de coralillo, entre otros. Era una piscina bonita, pero, a pesar de la cantidad de agua, era evidente que podia incendiarse en cualquier momento. Ya me ardian los ojos, solo de mirarla. Dinah iba y venia deslizandose elegantemente de espaldas por el agua, que despedia vapor por lo mismo, supongo, que a mi me hervian los ojos y la vegetacion parecia en llamas. El traje de bano, con estampado de leopardo, resultaba apropiado, aunque en ese preciso momento estaba un poco fuera de lugar, porque en realidad no lo llevaba puesto, sino que me lo encontre a la altura de la barbilla, en el camino hacia la piscina.
Tenia un cuerpo precioso: largo, atletico y con curvas. En el agua, su piel desnuda adquiria el color de la miel. Como soy aleman, no se puede decir que me desconcertase verla desnuda. En Berlin habia habido sociedades de cultura nudista desde antes de la Primera Guerra Mundial y, hasta la epoca nazi, siempre se veian muchos nudistas en determinados parques y piscinas de la ciudad. Por otra parte, no parecia que a Dinah le importase. Incluso llego a dar un par de volteretas que practicamente me dejaron sin nada que imaginar.
– Animese, el agua esta deliciosa.
– No, gracias -dije-. Ademas, no creo que a tu madre le hiciese ninguna gracia.
– Puede, pero esta borracha o, al menos, durmiendo la mona. Anoche no hizo mas que beber. Siempre se pasa con la bebida, cuando discutimos.
– ?A proposito de que?
– ?Usted que cree?
– De Max, supongo.
– Jaque. Bueno, ?que tal? ?Se entendio con el?
– Si; bien, sin problemas.
Dinah dio otra voltereta perfecta. Ya la conocia mejor que su medico; incluso habria disfrutado del espectaculo, de no haber sido porque era quien era y por el motivo de mi visita. Di la espalda a la piscina y dije:
– Sera mejor que espere dentro.
– ?Le cohibo, senor Gunther? Lo siento. Es decir, senor Hausner.
Dejo de nadar y la oi salir del agua a mi espalda.
– Eres agradable de ver, pero recuerda que soy amigo de tu madre y hay cosas que un hombre no hace con las hijas de sus amigos. Me imagino que confia en que no pegue las narices al cristal de tu ventana.
– ?Que manera tan interesante de decirlo!
Oia gotear el agua de su cuerpo desnudo. Sonaba como si le estuviese lamiendo la piel de arriba abajo.
– ?No vas a ser una nina buena y te vas a poner el banador, y asi podremos hablar?
– De acuerdo. -Al cabo de un momento dijo-: Ya puede mirar.
Di media vuelta y se lo agradeci con una brusca inclinacion de cabeza. Esa joven me cohibia tremendamente incluso asi, con el banador puesto. Era una cosa nueva para mi: evitar la vision de bellas jovenes desnudas.
– La verdad es que me alegro de que haya venido -dijo-. Esta manana se las daba de suicida.
– ?Se las daba?
– Si, mas o menos. Es que dijo que se pegaria un tiro si no le prometia que dejaria de ver a Max para siempre.
– ?Y lo hiciste?
– ?Que?
– Prometerselo.
– No, desde luego. Es puro chantaje emocional.
– Humm, humm. ?Tiene pistola?
