tradicional, se empeno en regalarme una taza de licor macerado que, segun ella, aumentaba mucho la virilidad. Solo despues de haberlo tomado supe que estaba hecho de madreselva, iguana y ginseng. Lo de la iguana no me hizo ninguna gracia y, despues de haber ingerido el infecto brebaje, me pase unos cuantos minutos convencido de que me habian envenenado. Hasta el punto de que crei sin la menor duda que sufria una alucinacion cuando, a la derecha del Barrio Chino, en la esquina de Maurique y Simon Bolivar, descubri una tienda que no habia visto nunca. Ni siquiera en Buenos Aires, donde tal vez habria sido mas facil entender la existencia de un establecimiento de esas caracteristicas. Se trataba de una tienda de recuerdos nazis.
Al cabo de un momento me di cuenta de que Yara tambien lo habia visto; la deje en la calle y entre con tanta curiosidad por saber que clase de persona podia vender ese material como por quien podia comprarlo.
En el interior habia expositores de cristal con pistolas Luger y Walther P-38, cruces de hierro, galones del Partido Nazi, placas de identificacion de la Gestapo y navajas de las SS, asi como ejemplares del periodico Der Sturmer envueltos en celofan, como si fueran camisas recien salidas de la lavanderia. Habia tambien un maniqui con el uniforme de capitan de las SS que, no se por que, parecia de prestado. Entre dos banderas nazis, atendia el mostrador un hombre mas bien joven, de barba negra, que no podia parecer menos aleman. Era alto, delgado y cadaverico, como una figura de El Greco.
– ?Busca algo en particular? -me pregunto.
– Una cruz de hierro, tal vez -le dije.
Eso fue lo que dije, pero no porque me interesase la cruz; lo que me interesaba era el.
Abrio un expositor de cristal y deposito la medalla en el mostrador como si fuera un broche de diamantes de senora o un reloj de calidad.
La mire un rato y le di la vuelta.
– ?Que le parece? -me pregunto.
– Es falsa -dije-, una imitacion poco lograda. Y otra cosa: el cinturon que cruza la pechera del uniforme del capitan de las SS va en sentido contrario. Una cosa es falsificar y otra muy distinta cometer un error tan elemental como ese.
– ?Es usted entendido en la materia?
– Creia que en Cuba era ilegal -respondi sin responderle.
– La ley solo prohibe fomentar la ideologia nazi -dijo-, pero vender recuerdos historicos es legal.
– ?Quien compra estas cosas?
– Sobre todo los estadounidenses. Tambien los marineros y algunos turistas que sirvieron en los ejercitos europeos y quieren tener el recuerdo que no pudieron coger en su momento. Lo que mas buscan es material de las SS. Supongo que es una fascinacion morbosa, pero logica, en cierto modo. De ellos, podria vender todo lo que quisiera. Por ejemplo, las navajas salen como rosquillas, las compran para abrecartas. Por supuesto, coleccionar esta clase de recuerdos no significa que se este de acuerdo con el nazismo ni con lo que paso. Sin embargo, paso y son hechos historicos y, por lo tanto, nada tiene de malo interesarse por estas cosas, hasta el punto de querer poseer algo que casi es un fragmento vivo de esa historia. ?Por que habria de parecerme malo? Vera, es que soy polaco. Me llamo Szymon Woytak.
Tendio la mano y le di la mia, floja, sin el menor entusiasmo por el ni por su particular negocio. A traves de las lunas del escaparate vi una comparsa de bailarines chinos. Se habian quitado la cabeza de leon y estaban haciendo un descanso y fumandose un cigarrillo, como ajenos a los malos espiritus que moraban en el interior del local, porque, de lo contrario, puede que hubiesen entrado por la puerta. Woytak cogio la cruz de hierro que me habia sacado de muestra.
– ?Por que sabe que es falsa? -pregunto, mirandola minuciosamente.
– Es facil. Las falsas son de una sola pieza. Las originales tenian al menos tres, soldadas entre si. Otra forma de saber si de verdad son de hierro es con un iman. Las falsas son de una aleacion mala.
– ?Como lo sabe?
– ?Que como lo se! -le sonrei-. Me dieron una baratija de esas una vez, cuando la guerra -dije-, pero la verdad es que todo es falso. Todo. Todo lo que hay aqui -dije, refiriendome a la tienda-, hasta las ideas que representan estos objetos ridiculos. No son mas que una aleacion mala para enganar a la gente. Una falsificacion estupida que no habria enganado a nadie si nadie hubiese estado dispuesto a creersela. Todo el mundo sabia que era mentira, desde luego, pero estaban desesperados por creer que no. Se les olvido que Adolf Hitler era un gran lobo feroz, por mucho que le gustase besar a los ninos pequenos. Porque eso es lo que era… y peor, mucho peor. Eso es historia, senor Woytak, autentica historia de Alemania, y no esta… esta ridicula tienda de recuerdos.
Me lleve a Yara a casa y pase el resto del dia en el taller, un poco angustiado. Sin embargo, no se debia a lo que habia visto en el establecimiento de Szymon Woytak. Eso era porque estabamos en La Habana, nada mas; con dinero, alli se podia comprar cualquier cosa. Cualquier cosa, todas las cosas. No, lo que me angustiaba me tocaba mas de cerca. La casa de Ernest Hemingway, por lo menos.
Dinah, la hija de Noreen.
Queria apreciarla, pero no podia. Me resultaba muy dificil. Me asombraba lo terca que era y lo consentida que estaba. La terquedad podia pasar, seguramente la superaria, como la mayoria, pero, para dejar de ser la mocosa malcriada que era, iba a necesitar un par de bofetones bien dados. Era una lastima que Nick y Noreen Charalambides se hubiesen divorciado cuando ella era tan pequena. Seguramente le habria faltado la disciplina paterna en la infancia. Tal vez fuera eso lo que de verdad la empujaba a casarse con un hombre que le doblaba la edad. Muchas jovenes se casaban con un hombre que pudiese sustituir a su padre. O quiza pretendiera vengarse de su madre por haber dejado a su padre. Eso tambien les pasaba a muchas jovenes. Puede que fueran ambas cosas. E incluso que me equivocase completamente, porque yo no habia tenido hijos.
Me alegre de estar en el taller, es un lugar donde no cabe la palabra «puede». Cuando se maneja un torno para cortar un trozo de metal, la palabra apropiada es «exacto». No me faltaba paciencia para trabajar con el metal. Era facil. Criar a un hijo debia de ser mucho mas dificil.
Mas tarde, me di un bano y me puse un traje bueno. Antes de salir, me asome al altar de santeria que habia montado Yara en su habitacion y me quede unos momentos alli con la cabeza inclinada. En realidad, no era mas que una casa de munecas cubierta de encaje blanco y velas. En cada piso de la casita habia animalillos, crucifijos, nueces, conchas y figuritas de cara negra vestidas de blanco, asi como varias imagenes de la Virgen Maria y una de una mujer con un cuchillo clavado en la lengua. Yara me habia contado que era para evitar las habladurias sobre nosotros, pero no tenia la menor idea de lo que significaban las demas cosas, salvo, quiza, la Virgen Maria. No se por que incline la cabeza ante el altarcito. Podria decir que deseaba creer en algo, pero en el fondo del corazon, sabia que la tienda de recuerdos de Yara era otra estupida mentira, igual que la del nazismo.
De camino a la puerta cogi el backgammon de Ben Siegel y, entonces, Yara me agarro por los hombros y me miro directamente a los ojos, como buscando el efecto que pudiera haberme hecho en el alma su particular altarcito. Suponiendo, claro esta, que tuviese yo semejante cosa. Algo encontro, porque dio un paso atras y se santiguo varias veces seguidas.
– Te pareces a Elegua -dijo-, el senor de las encrucijadas, el que guarda la casa de todos los peligros. Todos sus actos son justificados. El sabe lo que no sabe nadie y siempre actua segun su juicio perfecto. -Se quito uno de los collares que llevaba y me lo metio en el bolsillo superior de la chaqueta-. Para que te de buena suerte en el juego -dijo.
– Gracias -dije-, pero no es mas que un juego.
– Esta vez, no -dijo-. Para ti, no. Para ti no, amo.
10
Aparque en Zulueta, a la vista de la comisaria de policia, y retrocedi andando hacia el Saratoga, donde habia ya muchos taxis y coches, entre ellos, dos Cadillac 75 negros, los ninos mimados de los funcionarios gubernamentales mas importantes.
Cruce el vestibulo del hotel hasta el patio monacal, en el que un juego de luces tenia el agua de la fuente de diferentes colores pastel y dejaba al caballo como perplejo… como si no se atreviese a beber de las exoticas aguas por miedo a que lo envenenasen. Me dije que era una metafora perfecta para describir la experiencia de ir a un casino de La Habana.
