Le salio un cuatro doble, con lo que me igualaba y aumentaban sus posibilidades de ganar la partida, a menos que me saliera otro doble a mi. Ni siquiera parpadeo cuando me salieron un uno y un dos en un momento tan inoportuno y solo pude sacar una ficha del tablero. A el le salieron un cinco y un seis y saco dos. Me salieron un cinco y un tres y saque dos. Luego le salio otro doble a el y saco cuatro: le quedaban solo dos y a mi, cinco. No me habria salvado ni un doble.

Garcia no sonreia. Se limito a coger su cubilete y a tirar los dados con menos emocion que si hubiera sido la primera tirada del juego: insignificante, todavia quedaba toda la partida por delante. Solo que la primera habia terminado y la habia perdido yo.

Retiro del tablero las dos ultimas fichas y volvio a meter la manaza en el bolsillo del smoking, pero, a diferencia de la primera vez, saco una libreta negra de piel y un lapicero mecanico de plata, con el que escribio en la primera pagina el numero 160.

Eran las ocho y media. Habian transcurrido veinte minutos… muy caros. Por muy pornografo y muy cerdo que fuese, no se podia decir nada malo de su suerte ni de su pericia en el juego. Comprendi que iba a ser mas dificil de lo que habia pensado.

11

Empece a jugar al backgammon en Uruguay. Me enseno un antiguo campeon en el cafe del hotel Alhambra, en Montevideo. Sin embargo, la vida en Uruguay era cara, mucho mas que en Cuba, y fue el principal motivo por el que me habia ido a vivir a la isla. Por lo general, en La Habana jugaba en un cafe de la Plaza de Armas con un par de libreros que vendian libros de segunda mano y solo apostabamos unos centavos. Me gustaba el backgammon porque era limpio, por la disposicion de las fichas en los puntos y el orden con que se iban sacando del tablero hasta terminar la partida. Esa limpieza y ese orden caracteristicos me asombraban porque me resultaban muy alemanes. Tambien me gustaba por la mezcla de suerte y destreza que requeria; hacia falta mas suerte que en el bridge y mas destreza que en el blackjack. Sin embargo, para mi, su mayor atractivo era el componente de riesgo contra la banca celestial, el competir con el mismisimo sino. Me complacia pensar que cada tirada de dados era una invocacion a la justicia cosmica. Asi habia vivido la vida yo, en cierto modo: a contrapelo.

En realidad, no estaba jugando con Garcia -el no era mas que la cara fea de la suerte-, sino contra la vida misma.

Y asi, volvi a encender el puro, a darle vueltas en la boca, y llame a un camarero.

– Pongame una garrafa pequena de schnapps de melocoton, frio pero sin hielo -le dije.

No pregunte a Garcia si queria tomar algo. No me importaba. Lo unico que me importaba en ese momento era darle una paliza.

– ?No es bebida de mujeres? -dijo.

– No creo -dije-. Tiene cuarenta grados, pero piense usted lo que quiera.

Cogi mi cubilete.

– ?Y usted, senor? -El camarero seguia alli.

– Daiquiri con lima.

Seguimos con el juego. Garcia perdio la siguiente partida a puntos y tambien la siguiente, cuando no se doblo. Cada vez cometia mas errores, dejaba solas, a mi merced, fichas que no debia y se doblaba cuando no convenia. Empezo a perder mucho y, hacia las diez y cuarto, le habia ganado mas de mil pesos y estaba muy satisfecho de mi mismo.

El argumento a favor del darwinismo que mi oponente tenia por cara seguia sin acusar emocion alguna, pero supe que estaba nervioso por la forma en que tiraba los dados. En el backgammon, es costumbre tirarlos dentro de la propia casa; los dos deben quedar planos sobre una cara. Sin embargo, en la ultima ronda, Garcia no habia dominado bien la mano y los dados habian caido al otro lado de la barra o montados. Segun las reglas, esas tiradas no eran validas y debia volver a tirar; una de las veces se quedo sin un util doble que le habia salido.

Ademas, habia otra razon por la que yo lo habia puesto nervioso. Teniamos la apuesta en diez pesos y propuso que la aumentasemos. Eso es senal segura de que quien lo propone ha perdido mucho y esta ansioso por recuperarse lo antes posible. Sin embargo, eso significa incumplir el principio fundamental del juego, que son los dados los que dictan como hay que jugar, no el dado de doblar ni el dinero.

Me apoye en el respaldo y tome un sorbo de schnapps.

– ?En cuanto ha pensado?

– Digamos que cien pesos la partida.

– De acuerdo, pero con una condicion: que entre en juego la regla beaver.

Sonrio casi como si hubiera estado a punto de proponerlo el tambien.

– De acuerdo.

Cogio el cubilete y, aunque no le tocaba abrir el juego, saco un seis.

A mi me salio un uno. Garcia gano la tirada y al mismo tiempo marco el tanto de barra. Se acerco mas a la mesa, ansioso por recuperar su dinero. Una fina capa de sudor le cubrio la elefantiasica cabeza y, al verlo, le ofreci doblarnos inmediatamente. Garcia lo acepto y quiso hacer lo mismo que yo, pero tuve que recordarle que todavia no habia tirado yo. Me salio un cuatro doble, con lo que pude saltar su punto de barra con mis corredoras, con lo que de nada le sirvio, de momento.

Garcia se estremecio ligeramente, pero se doblo de todas maneras y saco un decepcionante dos y uno. Ahora tenia yo el cubo de apuestas y, con la sensacion de contar con la ventaja psicologica, le di la vuelta, dije: Beaver y lo doble efectivamente sin necesitar su consentimiento. Entonces me detuve y le ofreci doblar, ademas del beaver. Se mordio el labio y, sabiendo que estaba en juego una perdida de ochocientos pesos -ademas de lo que habia perdido ya-, tendria que haberlo rechazado. En cambio, lo acepto. Entonces me salio un seis doble, con lo que pude ganar el tanto de barra y diez mas. La partida era mia, con una apuesta de mil seiscientos pesos.

Empezo a tirar con mayor inquietud. Primero le cayeron los dados de canto, luego le salio un cuatro doble, con lo que habria podido salir del agujero en el que estaba, de no haber caido uno de los dados en su tablero exterior y, por tanto, no valia. Recogio los dos furiosamente, los echo al cubilete y volvio a tirar con muchisima menos fortuna: un dos y un tres. A partir de ahi, las cosas se le deterioraron rapidamente y, poco despues, le cerre el paso por mi casa, y ademas tenia dos fichas en la barra.

Empece a sacar las mias del tablero, mientras el no podia mover. Corria verdadero peligro de no poder rescatar ninguna de las suyas antes de que terminase yo de sacar las mias. Eso se llamaba gammon y habria tenido que pagarme el doble de la apuesta total.

Tiraba ya como un loco, sin rastro de su anterior sangre fria. Cada vez que tiraba, no podia mover. Habia perdido el juego, no le quedaba mas que hacer que procurar salvarse del gammon. Por fin, pudo volver al tablero y correr hacia casa, mientras que a mi me quedaban solo seis fichas por retirar. Sin embargo, le salian tiradas bajas y avanzaba despacio. Unos segundos despues, la partida y el gammon eran mios.

– Gammon -dije en voz baja-, es decir, el doble de la apuesta. Calculo que son tres mil doscientos pesos, mas los mil ciento cuarenta que me debia ya, son…

– Se sumar -dijo bruscamente-. Se me dan bien las matematicas.

Me resisti a la tentacion de apostillar que lo que no se le daba bien era el backgammon.

Garcia consulto la hora. Yo tambien. Eran las once menos veinte.

– Tengo que marcharme -dijo, y cerro el tablero bruscamente.

– ?Piensa volver despues del club? -pregunte.

– No lo se.

– Bien. Estare un rato por aqui, por si quiere tomarse la revancha.

Ambos sabiamos que no volveria. Saco un fajo de cincuenta billetes de cien pesos, conto cuarenta y tres y me los entrego.

Asenti y dije:

– Mas el diez por ciento para la casa, son doscientos cada uno. -Senale con la mano los billetes que le quedaban-. A las bebidas invito yo.

Resentido, saco otro par de billetes y me los dio. A continuacion, bajo los cierres del feo tablero, se lo puso

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