bajo el brazo y se largo rapidamente abriendose paso entre los demas jugadores como un personaje de pelicula de miedo.

Me meti las ganancias en el bolsillo y me fui de nuevo en busca del director del casino. Parecia que no se hubiese movido desde que habia hablado con el.

– ?Ha terminado el juego? -pregunto.

– De momento, si. El senor Garcia tiene que pasar por su club y yo tengo una reunion arriba con el senor Reles. Puede que despues continuemos. Le dije que le esperaria aqui para darle la revancha, si queria, conque ya veremos.

– Les guardare la mesa -dijo el director.

– Gracias. ?Seria tan amable de avisar al senor Reles de que voy arriba a verlo?

– Por supuesto.

Le di cuatrocientos pesos.

– El diez por ciento de la apuesta. Supongo que es lo normal.

El director sacudio la cabeza.

– No es necesario. Gracias por ganarle. Hacia ya mucho tiempo que deseaba ver humillado a ese cerdo. Y, por lo que veo, la paliza ha sido de ordago.

Asenti.

– ?Podria venir a mi despacho despues de ver al senor Reles? Me encantaria invitarle a un trago para celebrar la victoria.

12

Con el backgammon de Ben Siegel, subi en el ascensor al octavo piso, el de la azotea de la piscina del hotel, donde me esperaban Waxey y otro ascensor. En esa ocasion, el guardaespaldas de Max me trato con un poco mas de cordialidad, aunque solo me di cuenta porque pude leerle los labios. Hablaba en voz muy baja, para lo grande que era, pero hasta mas tarde no me entere de que tenia las cuerdas vocales estropeadas a consecuencia de un tiro en la garganta.

– Lo siento -dijo-, pero tengo que cachearlo antes de que suba.

Deje el maletin en el suelo, levante los brazos y mire al infinito mientras el hacia su trabajo. A lo lejos, el Barrio Chino estaba iluminado como un arbol de Navidad.

– ?Que hay en el maletin? -pregunto.

– El tablero de backgammon de Ben Siegel. Me lo ha regalado Max, pero la combinacion que me dijo para abrirlo no es correcta. Me dijo «seis, seis, seis». Una combinacion muy bonita, si funcionase.

Waxey asintio y se aparto. Llevaba pantalones negros sueltos y guayabera gris, del mismo color que su pelo. Como no se habia puesto la chaqueta, se le veian los brazos y pude hacerme una idea mas aproximada de lo fuerte que debia de ser. Los antebrazos eran como bolos de bolera. Seguramente usaba camisas sueltas para ocultar el arma de la cadera, pero el orillo del faldon se le habia quedado enganchado en la pulida culata de madera de un Colt Detective Special del 38, el mejor revolver de canon corto que existia.

Saco del bolsillo de los pantalones una llave sujeta con una cadena de plata, la introdujo en el panel del ascensor y le dio media vuelta. No tuvo que apretar ningun boton mas. El ascensor inicio la subida directamente. Se abrieron las puertas de nuevo.

– Estan en la azotea -dijo Waxey.

Los oli enseguida: el tufo penetrante de un pequeno incendio forestal que desprenden varios habanos grandes. Despues los oi: fuertes voces estadounidenses, estentoreas carcajadas masculinas, blasfemias sin parar, alguna que otra palabra o expresion en yiddish o en italiano, mas carcajadas estentoreas. Al pasar por la sala vi los desechos de una partida de cartas: una mesa grande llena de fichas y vasos vacios. Terminada la partida, habian salido todos a la pequena azotea de la piscina: un grupo de hombres con trajes bien cortados y caras embotadas, pero ya no tan duros. Algunos llevaban gafas y chaqueta deportiva, con panuelo bien doblado en el bolsillo superior. Todos parecian exactamente lo que afirmaban que eran: hombres de negocios, propietarios de hoteles, clubs o restaurantes. Quiza solo un policia o un agente del FBI habria sabido identificar la verdadera personalidad de todos y cada uno de ellos: todos se habian hecho famosos en las calles de Chicago, Boston, Miami y Nueva York en la epoca de la Ley Volstead. En el momento en que puse el pie en esa azotea supe que me encontraba entre las mayores bestias del hampa de La Habana: los capos mafiosos con los que tanto gustaba de hablar el senador Estes Kefauver. Habia visto en television algunas declaraciones de la Comision del Senado. Esas retransmisiones habian introducido en la vida domestica el nombre de muchos capos, entre otros, el del hombre bajo, nariz grande y pelo oscuro y bien cortado que se encontraba alli. Llevaba una chaqueta deportiva marron con camisa abierta. Era Meyer Lansky.

– ?Aqui esta! -dijo Reles.

Hablo en un tono un poco mas alto de lo normal, pero era la perfeccion de sastre en persona. Llevaba pantalones grises de franela, limpios zapatos marrones con puntera Oxford, camisa azul con botones en el cuello, corbata azul de seda y americana de cachemira azul marino. Parecia el secretario de la Sociedad del Club Nautico de La Habana.

– Caballeros -dijo-, este es el hombre de quien les hablaba. Bernie Gunther, mi nuevo director general.

Como de costumbre, me estremeci al oir mi verdadero nombre, deje el maletin en el suelo y di la mano a Max.

– Tranquilizate, por favor -dijo-. Todos tenemos un historial tan largo como el tuyo, e incluso mas. Casi todos estos senores han visto el interior de una celda carcelaria en algun momento de su vida, incluido yo. -Solto la tipica risita Max Reles-. Eso no lo sabias, ?verdad?

Negue con un movimiento de cabeza.

– Como digo, aqui todos tenemos algo que contar. Bernie, saluda a Meyer Lansky, a su hermano Jake, a Moe Dalitz, a Norman Rothman, a Morris Kleinman y a Eddie Levinson. Apuesto a que no tenias ni idea de que en esta isla hubiese un sinedrio tan numeroso. Logicamente, somos el cerebro de la organizacion. Del resto del trabajo se encargan los «macarroni» y los «McPatatas». Anda, saluda a Santo Trafficante, a Vincent Alo, a Tom McGinty, a Sam Tucker, a los hermanos Cellini y a Wilbur Clark.

– Hola -dije.

El hampa habanera me miraba con entusiasmo moderado.

– Seguro que han apostado por mi -comente.

– Waxey, pon algo de beber a Bernie. ?Que tomas, Bernie?

– Me apetece una cerveza.

– Unos jugamos al gin, otros al poker -dijo Max- y otros no distinguen una partida de cartas de la mesa de clasificar de la estafeta de Correos, pero lo importante es que nos reunimos y charlamos en un ambiente de sana competencia, como Jesus y sus malditos discipulos. ?Has leido La riqueza de las naciones, de Adam Smith, Bernie?

– No puedo decir que si.

– Smith habla del concepto de «la mano invisible». Dijo que, en un mercado libre, el individuo que persigue su propio interes tiende a estimular el bien del conjunto de la comunidad, por un principio al que denomino «la mano invisible». -Se encogio de hombros-. Es lo que somos nosotros, ni mas ni menos. La mano invisible. Yo hace anos que lo soy.

– Como todos los demas -gruno Lansky.

Reles solto una risita.

– Meyer se cree el mas listo, porque lee mucho. -Senalo a Lansky con el dedo-. Sin embargo, tambien leo yo, Meyer. Tambien leo yo.

– La lectura es cosa de judios -dijo Alo.

Era un hombre alto, de nariz larga y afilada, al que habria tomado por judio; sin embargo, era italiano.

– Luego les extrana que los judios prosperen -dijo un hombre risueno que tenia la nariz como una pera de boxeo. Era Moe Dalitz.

– Yo he leido dos libros en mi vida -dijo uno de los irlandeses-, el de apuestas de Hoyle y el manual de

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