– Ya. -El capitan encendio otro cigarrillo y dejo escapar un poco de humo entre sus blanquisimos dientes-. En tal caso, usted mismo pudo haber matado al senor Reles, ?no es asi?
– En efecto. Tambien pude haber sido yo el cabecilla del asalto al cuartel de Moncada, pero el caso es que no. Max Reles acababa de darme un puesto de trabajo sumamente bien remunerado y ahora me he quedado en la calle, conque, como comprendera, el movil del crimen no se sostendria.
– Asi es exactamente, capitan -dijo Meyer Lansky-. Max acababa de nombrar director general al senor Hausner, aqui presente.
El capitan Sanchez asintio como aceptando la corroboracion de Lansky en mi descargo, pero todavia no habia terminado conmigo y me maldije por haberme precipitado a responder, cuando Lansky me pregunto sobre la muerte de Max Reles.
– ?Cuanto hacia que conocia al difunto? -me pregunto.
– Nos conocimos en Berlin hara unos veinte anos, pero no habiamos vuelto a vernos hasta antes de anoche.
– ?Y le ofrecio el empleo sin mas ni mas? Debia de tener una optima opinion de usted, senor Hausner.
– Por algo seria, supongo.
– A lo mejor lo coacciono usted con algo; algo que sucedio en el pasado.
– ?Insinua que lo chantajee, capitan?
– Si, en efecto, sin la menor duda.
– Hace veinte anos, puede, cuando, en efecto, teniamos con que coaccionarnos el uno al otro, pero ahora ya no tenia nada con lo que amenazarlo.
– ?Y el? ?Tenia algo con lo que ejercer poder sobre usted?
– Desde luego. Podria decirse asi, ?por que no? Me ofrecio dinero por trabajar en su hotel. Es una de las cosas que mas poder dan en esta isla, que yo sepa.
El capitan se echo la gorra hacia atras y se rasco la frente.
– Sigo sin entenderlo. ?Por que? ?Por que le ofrecio ese trabajo?
– Como le he dicho, por algo seria, pero si quiere que especule un poco, capitan, supongo que le gusto que yo no abriese la boca en veinte anos, que mantuviese la palabra que le habia dado y que me atreviese a mandarlo a tomar por el culo.
– Quiza tambien se atreviese a matarlo.
Sonrei y sacudi la cabeza.
– No, vera por que se lo digo -dijo el capitan-. Max Reles ha vivido muchos anos en La Habana. Es un ciudadano honorable que cumple la ley y paga sus impuestos. Es amigo del presidente. De pronto, se encuentra con usted despues de veinte anos y, al cabo de dos o tres dias, se lo cargan. Es toda una coincidencia, ?no le parece?
– Visto asi, no se por que demonios no me detiene. Desde luego le ahorraria tiempo y complicaciones, porque no tendria que dirigir una investigacion de homicidio en regla, con pruebas forenses y testigos que me hubiesen visto disparar. Lo normal, vamos. Lleveme a comisaria, ?por que no? Puede que me saque una confesion por la fuerza antes de terminar su turno. Supongo que no seria la primera vez.
– No crea todo lo que lee en Bohemia, senor.
– ?No?
– ?De verdad cree que torturamos a los sospechosos?
– En general, el asunto me trae sin cuidado, capitan, pero puede que vaya de visita a la isla de Pinos, pregunte a algunos prisioneros que opinan ellos sobre el asunto y vuelva a contarselo a usted. Al menos, dejare de tocarme las narices en casa unos dias, para variar.
Sanchez no me escuchaba. Uno de sus agentes le habia traido un revolver envuelto en una toalla, como una corona de laurel u olivo silvestre, y lo estaba mirando. Oi decir al agente que lo habian encontrado en la cesta de la lavanderia del octavo piso. La culata tenia una estrella roja y, desde luego, parecia el arma homicida, sobre todo, por el silenciador.
– Se diria que el senor Hausner tenia razon, ?no le parece, capitan? -dijo Meyer Lansky.
Sanchez y el agente dieron media vuelta y se fueron a la sala de estar.
– Mas oportuno, imposible -dije a Lansky-, ?y que agradecido esta ese estupido!
– ?No te lo acaba de decir? A mi me ha gustado lo que le has dicho. Me recuerdas a mi. Supongo que es el arma homicida.
– Apostaria una fortuna. Es un Nagant de siete balas. Seguro que encuentran siete balas, entre el cuerpo de Max y las paredes.
– ?Un Nagant? Nunca habia oido esa marca.
– La diseno un belga, pero la estrella roja de la culata significa que es de fabricacion rusa -dije.
– Rusa, ?eh? ?Es decir, que a Max lo han matado unos comunistas?
– No, Mister Lansky, me referia al revolver. Esa clase de arma la usaban los escuadrones sovieticos para matar a oficiales polacos en 1940. Les metian un tiro en la nuca y los enterraban en el bosque de Katyn, pero despues echaban la culpa a los alemanes. Al final de la guerra, habia revolveres de esos por toda Europa. Curiosamente, a este lado del Atlantico no llegaron tantos, menos aun con silenciador Bramit. Solo por eso, este homicidio parece obra de un profesional. Lo que son las cosas, senor, resulta que todas las pistolas hacen algo de ruido aunque lleven silenciador. Waxey lo habria oido. Sin embargo, la Nagant es la unica que se puede silenciar por completo. No tiene espacio entre el tambor y el canon. Lo llaman sistema de fuego cerrado, es decir, que puede suprimirse al cien por cien el ruido que haga el canon, siempre y cuando, claro esta, se le acople un silenciador Bramit. Es un arma perfecta para matar clandestinamente. Ademas, el Nagant tambien justificaria la velocidad superior de la bala del 38, suficiente para hacer saltar un ojo que se interpusiera en su trayectoria. En resumen, quiero decir que el homicida no tuvo necesidad de aprovechar el ruido de los fuegos artificiales para matar a Max Reles. Pudo haberlo hecho sin que nadie oyese nada a cualquier hora, entre la medianoche y esta manana, cuando Waxey lo encontro muerto. Ah, y por cierto, es un arma que no se encuentra en los establecimientos habituales. Menos aun, con silenciador incluido. En la actualidad, los «ivanes» prefieren el Tokarev TT, que es mucho mas ligero. Un arma automatica, por si no lo sabia.
– No, no lo sabia -reconocio Lansky-, pero da la casualidad de que se mas de los rusos de lo que pueda parecer, Gunther. Mi familia era oriunda de Grodno, una poblacion de la frontera entre Rusia y Polonia. Mi hermano Jake y yo nos marchamos de pequenos, huyendo de los rusos. Jake, aqui presente, conocia a uno de los agentes polacos a los que mataron. Ahora todo el mundo habla del antisemitismo aleman, pero, en el caso de mi familia, los rusos no fueron mejores. Puede que hasta peores.
Jake Lansky asintio.
– Yo opino lo mismo -dijo-, y padre tambien.
– ?Y como es que sabes tanto de armas rusas?
– Estuve en Inteligencia durante la guerra, en el bando aleman -dije-. Despues, pase una breve temporada en un campo ruso de prisioneros de guerra alemanes. Me he cambiado el nombre porque tuve que matar a dos «ivanes» para huir de un tren que viajaba con destino a una mina de uranio de los Urales. No creo que hubiese vuelto jamas de alli. Muy pocos alemanes han vuelto de los campos sovieticos. Si me pillan algun dia, puedo darme por muerto, Mister Lansky.
– Me imaginaba algo asi. -Lansky sacudio la cabeza y miro al difunto-. Habria que cubrirlo con algo.
– Yo no lo haria, Mister Lansky -dije-. Todavia no. Es posible que el capitan Sanchez quiera hacer las cosas bien en este asunto.
– No te preocupes por el en absoluto -dijo-. Si te da algun problema, llamo a su jefe y lo aparta del caso. A lo mejor lo hago de todos modos. Larguemonos de aqui, no lo soporto un minuto mas. Max era como un hermano para mi. Nos conociamos desde los quince anos, cuando viviamos en Brownsville. Era el chaval mas espabilado que habia visto en mi vida. Con la educacion adecuada, habria llegado adonde hubiese querido. Incluso a la presidencia de los Estados Unidos.
Salimos a la sala de estar. Alli estaban Sanchez, Waxey y Dalitz. Habian guardado el arma en una bolsa de plastico y la habian dejado encima de la mesa en la que Max y yo habiamos comido hacia menos de cuarenta horas.
– ?Y ahora, que? -pregunto Waxey.
– Lo enterramos -dijo Meyer Lansky-. Como a los buenos judios. Es lo que le habria gustado. Cuando la policia
