En el camino de vuelta volvi a pasar por Casa Marina. Esta vez entre.
16
La manana siguiente fue soleada, pero hacia viento y la mitad del mar invernal arremetia contra el Malecon como si un dios, entristecido por la perversidad humana, hubiese mandado un diluvio. Me desperte temprano y pense que me habria gustado dormir un poco mas y que probablemente lo habria hecho si no hubiera sonado el telefono. De pronto, parecia que toda La Habana queria hablar conmigo.
Era el capitan Sanchez.
– ?Que tal esta el gran detective esta manana?
Por el tono, no parecia que le hiciese mucha gracia que Lansky me hubiera contratado de sabueso. A mi tampoco, la verdad.
– En la cama, todavia -dije-. Me acoste tarde.
– ?Estuvo interrogando a sospechosos?
Me acorde de las chicas de Casa Marina y de cuanto le gustaba a la duena -propietaria, ademas, de una cadena de corseterias en La Habana- que los clientes preguntasen muchas cosas a sus chicas, antes de decidir con cual subir al tercer piso.
– Podria decirse asi.
– ?Cree que va a descubrir hoy al autor del delito?
– Lo mas probable es que no -dije-. El tiempo no acompana.
– Tiene razon -dijo Sanchez-, hoy esta el dia de encontrar cadaveres, pero no a quien se los carga. De repente nos salen muertos por toda La Habana. Han encontrado uno en la bahia, en Regla, donde las instalaciones de la petroquimica.
– ?Tengo yo una casa de pompas funebres? ?Por que me lo cuenta a mi?
– Porque el hombre iba conduciendo un coche cuando se cayo al agua, pero no un coche cualquiera, no crea, sino un gran Cadillac Eldorado rojo. Descapotable.
Cerre los ojos un momento. Luego dije:
– Waxey.
– No lo habriamos encontrado de ninguna manera, pero resulta que un barco pesquero, al arrastrar el ancla, engancho el coche por el parachoques y lo saco a la superficie. Voy a Regla ahora mismo y pense que a lo mejor queria acompanarme.
– ?Por que no? Hace tiempo que no salgo de pesca.
– Lo espero en su edificio, en la calle, dentro de quince minutos. Podemos ir los dos hasta alli en un solo coche. A lo mejor, por el camino, me explica un par de trucos para ser detective.
– No seria la primera vez.
– Era broma -dijo, muy serio.
– En ese caso, esta usted en el buen camino, capitan. Si quiere ser un buen detective, necesita tener mucho sentido del humor. Ahi tiene la primera pista.
Veinte minutos despues, ibamos en direccion sur, luego este y, finalmente, norte, rodeando la bahia hasta Regla. Era una pequena ciudad industrial que se reconocia enseguida desde lejos por las humaredas de la planta petroquimica, aunque, historicamente, era mas famosa por ser un centro de santeria y el lugar en el que se celebraban las «corridas» de La Habana, hasta que los espanoles perdieron la isla.
Sanchez conducia el gran sedan negro de la policia como un toro bravo, encendiendo luces rojas, frenando en el ultimo momento o virando repentinamente sin avisar a izquierda o derecha. Cuando por fin nos paramos al final del largo espigon, estaba yo a punto de clavarle una espada en su musculoso cuello.
Un reducido grupo de policias y empleados del puerto se habia reunido a observar la llegada de una barcaza cargada con el coche rescatado del fondo del mar. Tras desengancharlo del ancla del barco pesquero, lo habian izado a la barcaza y lo habian depositado sobre una montana de carbon. El coche parecia una especie fantastica de pez deportivo, un marlin rojo -suponiendo que tal cosa existiera- o un crustaceo gigante.
Segui a Sanchez por unas escaleras, que la ultima marea habia dejado resbaladizas, y tan pronto como un hombre de la barcaza la hubo amarrado a un noray, saltamos a bordo de la inquieta embarcacion.
Se acerco el capitan y hablo con Sanchez, pero tenia un acento cubano tan cerrado que no lo entendi, cosa que me sucedia a menudo, cuando salia de la ciudad. Era un tipo malhumorado y fumaba un puro de los caros, que era lo mas limpio y respetable de toda su persona. El resto de la tripulacion andaba por alli masticando goma de mascar y esperando ordenes. Por fin dieron una y un marinero se planto en la montana de carbon y extendio una lona por encima, para que Sanchez y yo pudieramos subir hasta el coche sin ponernos perdidos, como el. Pasamos a la lona y subimos como pudimos por la insegura pendiente carbonifera para echar un vistazo al coche. La capota blanca estaba puesta, sucia, pero practicamente intacta. El parachoques de delante, en el que se habia enganchado el ancla del barco pesquero, se habia deformado mucho. El interior parecia un acuario. A pesar de todo, el Cadillac rojo seguia siendo el coche mas bonito de La Habana.
El marinero, preocupado todavia por el bien planchado uniforme de Sanchez, se dispuso a abrirnos la portezuela del conductor tan pronto como su capitan le diese la orden. Una vez dada, la puerta se abrio y el agua salio en cascada empapando las piernas al marinero, para diversion de sus charlatanes colegas.
Poco a poco, el conductor del coche fue asomando la cabeza como quien se duerme en la banera. Por un momento pense que el volante le impediria salir del todo, pero la barcaza se inclino con el fuerte oleaje, volvio a subir y dejo caer al muerto en la lona como un trapo sucio. Era Waxey, sin lugar a dudas y, aunque parecia un ahogado, no lo habia matado el mar. Tampoco el volumen de la musica, aunque tenia las orejas, o lo que quedaba de ellas, como llenas de incrustaciones de coral rojo oscuro.
– Que lastima -dijo Sanchez.
– Yo no lo conocia, en realidad.
– Me refiero al coche -dijo Sanchez-. El Cadillac Eldorado es precisamente el modelo que mas me gusta del mundo entero. -Sacudio la cabeza admirandolo-. Precioso. Me gusta el rojo. El rojo es bonito, aunque yo lo habria elegido negro, con ruedas y capota blancas. El negro tiene mucha mas clase, en mi opinion.
– Se diria que el color de moda es el rojo -dije.
– ?Se refiere a las orejas del difunto?
– No, me referia a sus unas.
– Parece que le hayan dado un tiro en cada oreja. Es un mensaje, ?verdad?
– Tan claro como el telegrafo sin cables, capitan.
– Seguro que oyo algo que no tenia que haber oido.
– Tire la moneda otra vez. No oyo algo que tenia que haber oido.
– ?Por ejemplo, a quien disparo siete tiros a su jefe en la habitacion de al lado?
Asenti.
– ?Cree que el tuvo algo que ver? -pregunto.
– Adelante, pregunteselo a el.
– Supongo que no llegaremos a saberlo nunca. -Sanchez se quito la puntiaguda gorra y se rasco la cabeza-. Es una pena -dijo.
– ?El coche, otra vez?
– No haberlo interrogado antes.
17
Cuba no habia dejado de recibir judios desde los tiempos de Colon. En tiempos mas recientes, los Estados Unidos habian rechazado a muchos, pero un gran numero de ellos habia hallado asilo entre los cubanos, quienes, por referencia al pais de origen de la mayoria de acogidos en la isla, los llamaban «polacos». A juzgar por la abundancia de tumbas en el cementerio judio de Guanabacoa, en Cuba habia mas «polacos» de lo que parecia. El
