El Tropicana estaba situado en la avenida Truffin, en el barrio habanero de Marianao, en los exuberantes y cuidados jardines de una mansion que ya no existia y que habia sido propiedad del embajador estadounidense en Cuba. En el lugar de la casa habian construido un edificio rabiosamente moderno, con cinco bovedas semicirculares de cemento reforzado entre techos de cristal, que creaban el efecto de un espectaculo semisalvaje bajo las estrellas y entre arboles. Al lado de ese anfiteatro, que parecia de pelicula pornografica de ciencia ficcion, habia un techo de cristal de menor tamano que albergaba el casino, dotado incluso de un salon privado con puerta blindada en el que podian jugar los representantes del gobierno sin temor a que los asesinasen.

Todo aquello me interesaba tan poco como el espectaculo o la musica de la orquesta. A lo que mas atencion prestaba era a la ceniza del puro que estaba fumando y a las caras de los borrachines de las otras mesas: mujeres demasiado maquilladas y con los hombros desnudos y hombres con el pelo engominado, corbata de imperdible y traje de jugador de criquet. Las chicas desfilaron un par de veces entre las mesas solo para que el publico pudiese verles el traje mas de cerca y se preguntase como era posible que una cosa tan diminuta pudiese ser la salvaguarda de su decencia. Todavia me rebosaba el asombro por los ojos cuando, sorprendentemente, vi entrar en el club y dirigirse hacia mi a Noreen Eisner. Esquivo a una chica que era todo pecho y plumas y se sento enfrente de mi.

Noreen debia de ser la unica mujer del Tropicana que no ensenaba escote o todo lo ensenable. Llevaba un traje de color malva de falda y chaqueta con bolsillos, zapatos de tacon y un collar de perlas de dos vueltas. La orquesta tocaba tan alto que no podia decirme nada -ni yo oirla- y tuvimos que quedarnos mirandonos como tontos, tamborileando en la mesa impacientemente, hasta el final del numero. Me dio tiempo de sobra a preguntarme que asunto tan urgente la habria obligado a desplazarse hasta alli desde Finca Vigia. Por descontado, no parecia una coincidencia. Supuse que habria ido antes a mi apartamento y Yara le habria dicho donde encontrarme. Es posible que Yara le soltase que me habia negado a llevarla conmigo al club y, desde luego, la llegada de Noreen no habria servido para convencerla de que mi visita al Tropicana se debia a motivos estrictamente laborales, tal como le habia dicho. Seguro que, cuando volviese a casa, tendriamos algo parecido a una escena.

Esperaba que Noreen hubiese venido a contarme lo que queria oir yo. Desde luego, estaba suficientemente seria. Ademas de sobria, para variar. Llevaba un bolso de noche de color azul marino, adornado con unas florecillas de tela. Abrio el cierre plateado, saco un paquete de Old Gold y encendio un cigarrillo con un mechero lacado en gris perla con brillantitos incrustados, lo unico que llevaba a tono con el Tropicana.

La orquesta, como todas las de La Habana, se alargo un poco mas de lo soportable. No tenia yo pistola en Cuba, pero, de haberla tenido, me habria entretenido tirando al blanco contra las maracas o la conga… o, en realidad, contra cualquier otro instrumento latinoamericano que estuviera sonando en ese momento. Cuando ya no pude soportarlo mas, me levante, tome a Noreen de la mano y salimos.

En el vestibulo, me dijo:

– Conque es aqui donde pasas los ratos libres, ?eh? -Hablo en aleman, por la fuerza de la costumbre-. ?De lo que te sirve Montaigne!

– Para que lo sepas, escribio un ensayo sobre este lugar y la costumbre de vestir ropa… o no vestirla. Segun el, si naciesemos con la necesidad de ponernos enaguas y pantalones, la naturaleza nos habria dotado de un pellejo mas grueso que nos protegiese de los rigores del tiempo. En general, me parece muy bueno. Casi siempre acierta. Creo que lo unico que no explica es por que has venido a verme aqui desde tan lejos. Tengo mis propias ideas al respecto.

– Vamos a pasear al jardin -dijo en voz baja.

Salimos. El jardin del Tropicana era una selva paradisiaca de palmeras cubanas y altisimas huayas. Segun la ciencia popular cubana, la dulce pulpa del fruto de esos arboles ensena a las ninas a besar. No se por que, me parecio que Noreen no estaba pensando en besarme, ni muchisimo menos.

En el centro del serpenteante sendero de entrada habia una gran fuente de marmol que en otra epoca habia adornado la entrada del hotel Nacional. Era un pilon redondo, rodeado por ocho ninfas desnudas de tamano natural. Se rumoreaba que los propietarios del Tropicana habian pagado tres mil pesos por ella, pero a mi me recordaba a una de las antiguas escuelas de cultura de Berlin, de las que monto Alfred Koch en el lago Motzen, para matronas alemanas con sobrepeso que se divertian jugando desnudas a tirarse balones medicinales. A pesar de lo que diga Montaigne sobre el asunto, me alegraba de que la humanidad hubiese inventado el hilo y la aguja.

– Bien -dije-, ?que querias contarme?

– No es facil decirlo.

– Eres escritora, seguro que se te ocurre algo.

En silencio, dio una calada al cigarrillo, penso en lo que le acababa de decir y, por ultimo, se encogio de hombros como si, a pesar de todo, se le hubiese ocurrido algo. Hablo con suavidad. A la luz de la luna, estaba mas adorable que nunca. Verla me producia un dolor sordo de deseo, como si el perfume de las flores blancas verdosas de la huaya poseyera una esencia magica que hacia enamorarse de reinas como ella a idiotas como yo.

– Dinah ha vuelto a los Estados Unidos -dijo, sin ir al grano todavia-, pero ya lo sabias, ?verdad?

Asenti.

– ?Se trata de Dinah?

– Me preocupa, Bernie.

Sacudi la cabeza.

– Se ha ido de la isla. Ha ido a Brown. No se que es lo que puede preocuparte ahora, porque, ?no era eso lo que querias?

– Desde luego, pero es que cambio de opinion tan repentinamente… respecto a todas las cosas.

– Han matado a Max Reles. Es posible que eso haya tenido algo que ver en su decision.

– Conoces a algunos de los gangsters con los que se relacionaba, ?verdad?

– Si.

– ?Saben ya quien pudo haber matado a Max?

– No tienen la menor idea.

– Bien. -Tiro el cigarrillo e inmediatamente encendio otro-. Creeras que me he vuelto loca, pero, veras: se me paso por la cabeza que quiza Dinah haya tenido algo que ver con el crimen.

– ?Por que lo dices?

– Porque ha desaparecido mi pistola, la que me regalo Ernest Hemingway. Era un revolver ruso. Lo tenia por ahi, en casa, pero ahora no lo encuentro. Fredo, Alfredo Lopez, ya sabes, mi amigo abogado, tiene un amigo en la policia y le ha dicho que a Reles lo mataron con un revolver ruso. Eso me hizo pensar… si no habria sido Dinah.

Sacudi la cabeza. No queria decirle que Dinah, a su vez, habia sospechado de ella.

– Pues por todo eso y por la facilidad con que parece que ha superado el golpe, como si en realidad no hubiera estado enamorada de ese hombre. Y, a ver, ?a ninguno de esos mafiosos le parecio sospechoso que Dinah no acudiese al funeral? ?Como si no le importase nada?

– Creo que la gente penso que estaba demasiado afectada para asistir.

– Esa es la cuestion, Bernie, que no lo estaba. Por eso estoy tan preocupada: si a los mafiosos les da por pensar que mi hija tuvo algo que ver con la muerte de Max, a lo mejor toman cartas en el asunto y mandan a alguien tras ella.

– Me parece que las cosas no funcionan asi, Noreen. En estos momentos, lo unico que les preocupa de verdad es que a Max lo matase uno de los suyos. Porque, veras, si resulta que detras del asunto esta uno de los propietarios de hoteles y casinos, podria desencadenarse una guerra entre ellos. Eso seria malo para los negocios y prefieren evitarlo a toda costa. Por otra parte, me han encargado la investigacion del caso.

– ?Esos hampones te han encargado el caso a ti?

– Como antiguo investigador criminal, si.

Noreen sacudio la cabeza.

– ?Por que a ti?

– Supongo que les parezco objetivo e independiente, mas objetivo que los militares cubanos. Dinah tiene diecinueve anos, Noreen. Es asombrosa por muchas razones; por ejemplo, por lo puta y egoista que es; pero homicida, no. Por otra parte, escalar por una pared a ocho pisos del suelo y disparar siete veces a un hombre a

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