termine con el, tendremos tres dias para hacer los preparativos y demas.

– Dejamelo a mi -dijo Jake-. Sera un honor.

– Hay que decirselo a la chica esa -dijo Dalitz.

– Dinah -susurro Waxey-, se llama Dinah. Iban a casarse. Los iba a casar un rabino, iban a romper la copa de vino y todo eso. Ella tambien es judia, por si no lo sabias.

– No lo sabia -dijo Dalitz.

– Se le pasara -dijo Meyer Lansky-, pero hay que decirselo, desde luego, aunque se le pasara. A los jovenes siempre se les pasa todo. Tiene diecinueve anos, toda la vida por delante. Que Dios lo acoja en su seno, pero siempre me parecio que era demasiado joven para el, aunque, ?que se yo? No se puede condenar a nadie por desear un poquito de felicidad. Para un hombre como Max, Dinah era lo maximo a lo que podia aspirar. Sin embargo, tienes razon, Moe, hay que decirselo a la chica.

– ?Que es lo que hay que decirme? ?Ha pasado algo? ?Donde esta Max? ?Que hace aqui la policia?

Entonces vio la pistola en la mesa. Supongo que lo demas lo adivino, porque empezo a chillar con una potencia que habria despertado a los muertos.

Pero esta vez no desperto a ninguno.

14

Waxey se llevo a Dinah de vuelta a Finca Vigia en el Cadillac Eldorado rojo. Dadas las circunstancias, quiza deberia haberla llevado yo. Habria podido ayudar un poco a Noreen a aliviar la pena de su hija, pero Waxey no deseaba otra cosa que librarse de la penetrante mirada escrutadora de Meyer Lansky, como si tuviese la impresion de que el gangster judio sospechara que habia tenido algo que ver en la muerte de su jefe. Por otra parte, es mucho mas probable que mi presencia solo hubiera sido un estorbo. No era yo buen pano de lagrimas. Ya no. Habia dejado de serlo desde la guerra, cuando tantas mujeres alemanas tuvieron que aprender a llorar solas por necesidad.

Era una pena, pero se me habia agotado la paciencia para soportarla. ?De que servia sufrir por la muerte de las personas? No podia devolverles la vida, eso seguro. Tampoco podian ellos agradecertelo de ninguna manera. Los vivos siempre ganan a los muertos, aunque los muertos no lo sepan. Si alguna vez volvieran, lo unico que nos reprocharian seria que nos las hubieramos arreglado como fuera para superar su perdida.

Eran aproximadamente las cuatro de la tarde cuando tuve fuerzas para conducir hasta la casa de Hemingway a dar el pesame. No lamentaba la muerte de Max Reles, a pesar de que me habia privado de un sueldo de veinte mil dolares al ano; sin embargo, por Dinah, estaba dispuesto a fingir.

El Pontiac no estaba alli, solo habia un Oldsmobile con protector solar que crei reconocer.

Me abrio la puerta Ramon y encontre a Dinah en su dormitorio. Estaba sentada en un sillon, fumando un puro, vigilada de cerca por un bufalo de agua de expresion triste. El bufalo me recordo a mi y era facil comprender por que estaba triste: Dinah tenia una maleta abierta encima de la cama, llena de ropa suya cuidadosamente doblada, como si fuera a marcharse del pais. Junto al brazo del sillon, en una mesita auxiliar, habia una bebida y un cenicero de madera dura.

Tenia los ojos enrojecidos, pero parecia que ya se le habian agotado las lagrimas.

– He venido a ver que tal estas -dije.

– Pues, ya lo ve -dijo con calma.

– ?Te vas a alguna parte?

– De modo que si que era detective.

Sonrei.

– Eso me decia Max, cuando queria pincharme.

– ?Y lo conseguia?

– En aquella epoca, si, aunque ahora es dificil pincharme. Me he vuelto mucho mas impermeable.

– Max ya no puede decir ni eso.

Lo deje pasar.

– ?Que le pareceria si le dijese que lo ha matado mi madre? -me pregunto.

– Que es una idea brutal y que te la guardases para ti. No todos los amigos de Max son tan olvidadizos como yo.

– Pero vi el revolver -dijo-, el arma homicida, en el atico del Saratoga. Era el de mi madre, el que le regalo Ernest Hemingway.

– Hay muchos como ese -dije-. Vi muchisimos durante la guerra.

– El de mi madre no esta en su sitio -dijo Dinah-. He ido a comprobarlo.

– No, no, no. ?Te acuerdas, el otro dia, cuando me dijiste que se las daba de suicida? Me lo lleve, por si se le ocurria quitarse la vida. Tenia que habertelo dicho en su momento, lo siento.

– Miente -dijo ella.

Tenia razon, pero no se lo iba a decir.

– No, no es cierto -replique.

– El revolver ha desaparecido y ella tambien.

– Estoy seguro de que todo tiene una explicacion muy sencilla.

– Si, que lo ha matado ella. Ella o Alfredo Lopez. El coche que hay ahi fuera es suyo. A ninguno de los dos les gustaba Max. Una vez, Noreen practicamente me dijo que queria matarlo para que no me casara con el.

– Dime, en realidad, ?que sabes del difunto novio?

– Se que no era exactamente un santo, si se refiere a eso. Nunca dijo que lo fuese. -Se sonrojo-. ?Adonde quiere ir a parar?

– Solamente a esto: Max no era un santo, desde luego, nada mas lejos. No te va a gustar saberlo, pero vas a escucharme. Max Reles era un gangster. Durante la Ley Seca se dedico al trafico de alcohol sin el menor escrupulo. Abe, su hermano menor, era uno de los mafiosos mas activos, hasta que lo tiraron por la ventana de un hotel.

– No quiero saber nada de eso.

Dinah sacudio la cabeza y se levanto, pero la obligue a sentarse otra vez.

– Pues lo vas a saber -dije-. Vas a enterarte de todo lo que tengo que decir, porque hasta ahora nadie te lo ha contado y, si te lo han contado, has escondido la cabeza bajo el ala como un estupido avestruz. Vas a oirlo todo, porque es la verdad. Hasta la ultima palabra. Max Reles participo en las extorsiones mas crueles que han existido. En los ultimos tiempos, formaba parte de un sindicato del crimen organizado que empezo en los anos treinta con Charlie Luciano y Meyer Lansky. Se quedo en el asunto porque no le importaba cargarse a sus rivales.

– Callese -dijo-. Eso no es cierto.

– El mismo me conto que, en 1933, su hermano y el mataron a dos hombres, los hermanos Shapiro. A uno de ellos lo enterro vivo. Cuando termino la Ley Seca, empezo con los chanchullos de la construccion, parte de los cuales se desarrollaron en Berlin, que fue cuando lo conoci. En Berlin mato a un hombre de negocios aleman llamado Rubusch, porque no se dejo intimidar por el. Lo vi matar a otras dos personas con mis propios ojos. Una era una prostituta llamada Dora, con quien mantenia relaciones. Le pego un tiro en la cabeza y la arrojo a un lago. La mujer todavia respiraba, cuando llego al agua.

– Larguese -me espeto-. Salga de aqui ahora mismo.

– A lo mejor ya te ha contado tu madre lo del hombre al que se cargo en un transatlantico, cuando coincidieron los dos en un viaje de Nueva York a Hamburgo.

– No la crei ni lo creo a usted ahora.

– Seguro que si. Lo crees todo, porque no eres tonta, Dinah. Siempre has sabido la clase de hombre que era. A lo mejor te gustaba, a lo mejor, estar al lado de un hombre asi te daba un ligero estremecimiento morboso. Los habitantes de las sombras ejercen una especie de fascinacion sobre todos nosotros. Puede que sea eso, no lo se y, la verdad, no me importa. Sin embargo, si no sabias la clase de gangster que era Max Reles, seguro que tenias alguna sospecha. Muchas sospechas, en realidad, por los amigos de los que se rodeaba. Meyer y Jake Lansky, Santo Trafficante, Norman Rothman y Vincent Alo: gangsters, del primero al ultimo, y Lansky, el mas

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