instrucciones del Cadillac.
Llego Waxey con mi cerveza, fria y oscura, como sus ojos.
– F. B. esta pensando en reactivar su antiguo programa de educacion rural -dijo Lansky-. A algunos de vosotros no os vendria mal apuntaros. No os haria ningun dano un poco de educacion.
– ?El que puso en marcha en el treinta y seis? -dijo Jake, su hermano.
Meyer asintio.
– Aunque le preocupa que algunos de los chicos a los que ensena a leer manana se conviertan en rebeldes, como los de esa ultima pandilla que esta pasando una temporada en la isla de Pinos.
– Tiene motivos para preocuparse -dijo Alo-. A algunos de esos cabrones les hacen mamar comunismo.
– Por otra parte -dijo Lansky-, cuando la economia de este pais despegue de verdad, necesitaremos gente culta que trabaje en nuestros hoteles. Son los croupiers del futuro. Para ser croupier hay que ser listo, rapido con los numeros. ?Lees mucho, Bernie?
– Cada vez mas -reconoci-. Para mi, es como irse a la legion extranjera francesa: lo hago para olvidar. Para olvidarme de mi mismo, me parece.
Max Reles estaba mirando la hora.
– Hablando de libros, tengo que echaros a todos, chicos. Es hora de pasar cuentas con F. B.
– ?Como funciona eso? -pregunto uno-. Por telefono, quiero decir.
Reles se encogio de hombros.
– Le canto las cifras y el toma nota. Ambos sabemos que un dia u otro lo comprobara todo, conque, ?para que iba a enganarlo?
Lansky asintio.
– No cabe duda de que eso esta verboten.
Fuimos hacia el ascensor. Cuando entre en uno de los coches, Reles me agarro por el brazo y dijo:
– Empiezas a trabajar manana. Ven hacia las diez y te enseno todo esto.
– De acuerdo.
Baje al casino. Estaba un poco impresionado por las companias de las que me rodeaba ultimamente. Tenia la sensacion de haber estado en Berghof, en audiencia con Hitler y otros jefazos nazis.
13
Al dia siguiente, cuando volvi al Saratoga a la diez de la manana, como habiamos quedado, el ambiente habia cambiado por completo. Habia policias por todas partes: tanto en la calle como en el vestibulo de entrada. Cuando pedi a la recepcionista que avisase a Max Reles de mi llegada, me dijo que habian prohibido subir al atico a todo el mundo, salvo a los duenos y a la policia.
– ?Que ha ocurrido? -pregunte.
– No lo se -dijo la recepcionista-. No quieren decirnos nada, pero se rumorea que los rebeldes han matado a un cliente del hotel.
Di media vuelta, me dirigi a la salida y me encontre con la pequena figura de Meyer Lansky.
– ?Te vas? -pregunto-. ?Por que?
– No me permiten subir -dije.
– Ven conmigo.
Lo segui hasta el ascensor; alli, un policia iba a cerrarnos el paso, cuando su superior reconocio al gangster y lo saludo. Una vez dentro, Lansky se saco del bolsillo una llave igual que la de Waxey… y la utilizo para subir al atico. Me di cuenta de que le temblaba la mano.
– ?Que ha ocurrido? -pregunte.
Lansky sacudio la cabeza.
Se abrieron las puertas del ascensor y vimos mas policias; en la sala de estar se encontraban un capitan militar, Waxey, Jake Lansky y Moe Dalitz.
– ?Es cierto? -pregunto Meyer Lansky a su hermano.
Jake Lansky era un poco mas alto que su hermano y tenia las facciones mas duras. Usaba gruesas gafas de culo de botella y sus cejas parecian una pareja de tejones apareandose. Llevaba un traje de color crema con camisa blanca y pajarita. Se le notaban las arrugas de la risa, pero en ese momento estaba serio. Asintio con gravedad.
– Es cierto.
– ?Donde?
– En su despacho.
Fui detras de los hermanos Lansky hasta el despacho de Max Reles. Cerraba la marcha un capitan de policia uniformado.
Habian cambiado la decoracion de las paredes. Parecia que hubiese pasado por alli Jackson Pollock y se hubiera expresado activamente con una brocha de techo y un bote grande de pintura roja. Salvo que no era pintura roja lo que salpicaba toda la oficina, sino sangre, mucha sangre. Ademas, Max Reles iba a tener que cambiar la alfombra de chinchilla, aunque no seria el quien fuese a la tienda a comprar una nueva. El ya no compraria nada nunca mas, ni siquiera un feretro, que era lo que mas falta le hacia en ese momento. Yacia inmovil en el suelo, con la misma ropa que llevaba la noche anterior, parecia, aunque la camisa azul ahora tenia algunas manchas oscuras. Miraba al techo, forrado de corcho, con un solo ojo. El otro le faltaba. Por lo que se veia, le habian dado dos tiros en la cabeza, pero habia muchas posibilidades de que tuviera dos o tres mas, entre el pecho y la espalda. Aquello era un verdadero homicidio de estilo gangster, sobre todo porque el pistolero se habia asegurado a conciencia de dejarlo bien muerto. Sin embargo, aparte del capitan que habia entrado en el despacho con nosotros -al parecer por curiosidad, mas que otra cosa-, alli no habia agentes de policia, nadie que hiciese fotografias al cadaver ni tomase medidas con una cinta metrica, nada de lo que podia esperarse en casos asi. Bueno, estabamos en Cuba, claro, me dije, donde siempre se tardaba un poquito mas en hacer las cosas, incluso, tal vez, en mandar forenses al lugar del crimen. Max Reles estaba muerto y, por lo tanto, ?que prisa habia?
Despues de entrar nosotros, asomo Waxey por la puerta del despacho de su difunto jefe. Tenia lagrimas en los ojos y llevaba en la mano un panuelo que parecia una sabana de cama de matrimonio. Se sorbio la nariz y luego se sono estentoreamente, como un barco de viajeros que llega a puerto.
Meyer Lansky lo miro con irritacion.
– Pero, ?donde demonios te habias metido tu cuando le volaron la tapa de los sesos? -dijo-. ?Donde estabas, Waxey?
– Aqui mismo -susurro Waxey-, como siempre. Creia que el jefe se habia ido a dormir despues de llamar a F. B. Siempre se acostaba temprano, despues de hablar con el, no fallaba, era como un reloj. No me entere hasta las siete de esta manana, cuando vine aqui y lo encontre asi. Muerto.
Anadio la ultima palabra como si pudiera haber alguna duda.
– No lo mataron con una escopeta de perdigones, Waxey -dijo Lansky-. ?No oiste nada?
Waxey nego con un pesaroso movimiento de cabeza.
– Nada, como ya he dicho.
El capitan de policia termino de encender un cigarrillo pequeno y dijo:
– ?Es posible que matasen al senor Reles durante los fuegos artificiales de anoche? Porque, entonces, los disparos no se habrian oido.
Era un tipo mas bien menudo, atractivo y lampino. El limpio uniforme verde oliva que llevaba armonizaba con el tono moreno claro de su tez. Hablaba ingles con un ligerisimo acento espanol y, mientras hablaba, se apoyaba con naturalidad en la jamba de la puerta, como si no estuviera haciendo nada mas que proponer con poco animo una solucion para arreglar un coche estropeado. Casi como si en realidad no le importase quien habia matado a Max Reles. Y tal vez fuera asi. Tampoco en el ejercito de Batista despertaba mucho interes la presencia de gangsters estadounidenses en Cuba.
– Los fuegos artificiales empezaron a medianoche -prosiguio el capitan-. Duraron unos treinta minutos. -Salio a la azotea por la puerta corredera de cristal-. Es posible que el asesino disparase al senor Reles desde aqui fuera
