Me abrio la puerta un portero vestido de impresionista frances acomodado. Era temprano, pero el local estaba muy animado, como una estacion de autobuses a una hora punta, con la salvedad de las aranas de luces, y se oia mucho ruido de entrechocar de fichas y dados, de bolitas metalicas que daban vueltas en la ruleta con un sonido como de grifo que gotea en un fregadero de acero, de gritos de los ganadores y grunidos de los perdedores, de tintineo de copas y, por encima de todo, la voz clara, enunciativa y sin emocion de los croupiers, que dirigian las apuestas y cantaban el nombre de las cartas y los numeros.

Eche un vistazo alrededor: habian llegado ya algunos famosos de la ciudad, como el musico Desi Arnaz, la cantante Celia Cruz, el actor de cine George Raft y el coronel Esteban Ventura, uno de los oficiales de policia mas temidos de La Habana. Los jugadores deambulaban por alli con smoking blanco, jugueteando con las fichas y especulando sobre donde les sonreiria hoy la suerte, si en la ruleta o en la mesa de craps. Bellas y elegantes mujeres con altos peinados y escotes de vertigo patrullaban por los laterales de la sala como panteras al acecho del hombre mas debil al que dar caza y abatir. Una dio unos pasos hacia mi, pero me la quite de encima con un movimiento de cabeza.

Localice a un hombre que parecia el director del casino. Me figure que era el de los brazos cruzados y los ojos de arbitro de tenis; ademas, ni estaba fumando ni tenia fichas en la mano. Como tantos habaneros, llevaba un bigotito como un garabato de escolar y mas gomina en el pelo que grasa una hamburguesa cubana. Vio que lo miraba y lo saludaba con una inclinacion de cabeza, descruzo los brazos y echo a andar hacia mi.

– ?Desea alguna cosa, senor?

– Soy Carlos Hausner -dije-. Tengo una reunion arriba con el senor Reles esta noche, a las once menos cuarto, pero, al parecer, antes deberia encontrarme con el senor Garcia para una partida de backgammon.

Debia de llevar en los dedos un poco de gomina del pelo, porque empezo a frotarse las manos como Poncio Pilatos.

– El senor Garcia ya ha llegado -dijo al tiempo que se ponia en marcha-. El senor Reles me pidio que les reservara un rinconcito tranquilo, entre el salon prive y la sala principal de juegos. Me ocupare de que nadie los moleste.

Fuimos hasta un lugar cerca de una palmera. Garcia ocupaba una caprichosa silla de comedor que dominaba la vista de la estancia, ante una mesa dorada con sobre de marmol en la que habia un tablero de backgammon preparado para jugar. A su espalda, en la pared amarillo canario, se veia un mural de estilo Fragonard, de una odalisca desnuda, tumbada y con la mano en el regazo de un hombre con cara de aburrimiento, tocado con un turbante rojo. Teniendo en cuenta el lugar que ocupaba la mano, el del turbante podia haber estado mas animado. Puesto que Garcia era el dueno del Shanghai, el lugar elegido para nuestra partida no podia ser mas adecuado.

El Shanghai de Zanja era el teatro burlesco mas obsceno y, por tanto, el mas infame y popular de La Habana. A pesar de las setecientas cincuenta localidades que tenia, fuera siempre habia una larga cola de hombres ansiosos -jovenes marineros estadounidenses, en su mayoria- esperando su turno para pagar un dolar y veinticinco centavos por entrar a ver un espectaculo que habria hecho palidecer, por insulso, a cualquier cosa que hubiera visto yo en el Berlin de Weimar. Insulso y, paradojicamente, de buen gusto al mismo tiempo. El espectaculo del Shanghai no tenia ni pizca de buen gusto, principalmente gracias a la aparicion en cartel de un mulato alto, llamado Superman, cuyo miembro, en estado de ereccion, era tan grande como una aguijada de arrear ganado y, en la practica, producia un efecto bastante parecido. En el momento cumbre del espectaculo, el mulato, animandose al grito de Tio Sam, escandalizaba a una serie de rubias de aspecto inocente. No era el mejor sitio para llevar a un satiro de mentalidad liberal, cuanto menos, a una jovencita de diecinueve anos.

Garcia se levanto atentamente, pero, a primera vista, no me gusto, como no me habria gustado un chulo o, para el caso, un gorila con smoking, que es lo que parecia. Se movia con la parquedad de un robot, dejaba los gruesos brazos colgando rigidamente a los lados del cuerpo; con la misma rigidez, levanto uno y me tendio una mano del tamano y color de un guante de halconero. Era calvo, con grandes orejas y labios gruesos. En total, su cabeza parecia robada de una excavacion arqueologica egipcia… si no del Valle de los Reyes, si quiza del barranco de los falsos y zalameros satrapas. Note la fuerza de su mano antes de que la retirase y se la metiese en el bolsillo de la chaqueta. La saco con un punado de billetes y lo dejo en la mesa, al lado del tablero.

– Es mas divertido jugarse la pasta, ?no le parece? -dijo.

– Claro -dije yo, y deje el sobre que me habia dado Reles junto a su pasta-, pero sera mejor ajustar las cuentas al final de la velada, ?o prefiere al final de cada partida?

– Me parece bien al final de la velada -dijo.

– En ese caso -dije al tiempo que devolvia el sobre al bolsillo-, no hay necesidad de ensenar nada, ahora que sabemos que los dos llevamos bastante.

Asintio y recogio sus billetes.

– Hacia las once tengo que ausentarme un rato -dijo-. Debo volver para supervisar la entrada del Shanghai, la del pase de las once y media.

– ?Y el de las nueve y media? -pregunte-. ?Se supervisa solo?

– ?Conoce mi teatro?

Lo dijo como si fuera el Abbey de Dublin. Tenia la voz que me esperaba: demasiados puros y ejercicio insuficiente. Una voz de hipopotamo revolcandose: sucia y llena de dientes amarillentos y de gas. Peligrosa tambien, seguramente.

– Si -dije.

– Puedo volver despues -dijo-, para darle la revancha, si quiere recuperar la pasta.

– Tambien puedo hacerle yo el mismo favor.

– Respondo a su pregunta anterior. -Los gruesos labios se estiraron como una vulgar liga rosa-. El pase de las once y media siempre es el mas problematico. A esas horas, el publico ha bebido mas y, a veces, los que no pueden entrar arman jaleo. La comisaria de Zanja queda cerca, por suerte, pero, como sabra, hay que incentivar a las patrullas para que intervengan.

– La pasta manda.

– En esta ciudad, si.

Mire al tablero, aunque solo fuera por no verle la fea cara ni respirar su fetido aliento. Se olia desde un metro de distancia. De pronto me quede perplejo, al darme cuenta de lo tremendamente obsceno que era lo que miraba. Los picos blancos y negros, con forma de triangulo alargado que tienen todos los tableros de backgammon, eran en ese falos en ereccion. Entre ellos o envolviendolos, como modelos de pintor, habia desnudos femeninos. El dibujo de las fichas reproducia culos de mujeres blancas y negras y los cubiletes de los jugadores tenian forma de seno femenino; encajaban el uno con el otro formando un pecho que habria sido la envidia de cualquier camarera de la Oktoberfest. Unicamente los cuatro dados de los jugadores y el de doblar las apuestas podian considerarse decorosos.

– ?Le gusta mi juego? -pregunto con una risita que olia a bano podrido.

– Me gusta mas el mio -dije-, pero esta cerrado y no me acuerdo de la combinacion, de modo que, si le apetece jugar con este, no tengo inconveniente. Soy de criterios amplios.

– Por fuerza, si vive en La Habana, ?no? ?Vamos a puntos o a apuestas?

– Estoy desganado, no me apetece tanto calculo. Quedemonos con el dado de doblar. ?Lo dejamos en diez pesos la partida?

Encendi un puro y me sente. A medida que el juego avanzaba, se me fueron olvidando los detalles pornograficos del tablero y el fetido aliento de mi oponente. Ibamos mas o menos igualados hasta que Garcia saco dos dobles seguidos mas y, al pasar de cuatro a ocho, me paso el dado de doblar. Dude. Los dos dobles seguidos bastaron para aconsejarme prudencia con el dinero que ponia en juego. Nunca habia sido yo de los que sacan porcentajes calculando la diferencia de posiciones con respecto al otro jugador. Preferia basarme en el desarrollo del juego y en acordarme de las tiradas que me iban saliendo. Me parecio que no tardaria en sacar un doble que compensase los tres suyos, conque cogi el cubilete y me salio un cinco doble, que era exactamente lo que necesitaba en ese preciso momento; nos quedamos los dos a punto de empezar a sacar las fichas del tablero, mas o menos igualados.

Estabamos ya cada cual con las ultimas fichas en casa -el, doce; yo, diez-, cuando me volvio a ofrecer doblar la apuesta. Los numeros estaban a mi favor, siempre y cuando no le saliera el cuarto doble y, como me parecia improbable, lo acepte. Cualquier otra decision habria sido lo que los cubanos llaman no tener «cojones» y, sin duda, habria tenido efectos desastrosos en el resto de la velada. La apuesta estaba en 160 pesos.

Вы читаете Si Los Muertos No Resucitan
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату