– ?Te parece bien manana por la manana, a las once?
– Si lo prefieres…
– Oye, ?hay algo que pueda hacer yo por ti?
– Invitarme a un cafe. Los testamentos me gustan tan poco como los panfletos.
– Pero vendras.
– He dicho que voy e ire.
– Bien. -Asintio pacientemente-. Dime, ?conoces a Dinah, la hija de Noreen?
Asenti.
– ?Que te parece?
– Todavia lo estoy pensando.
– Toda una joven, ?verdad? -Arqueo las cejas expresivamente.
– Si tu lo dices… Lo unico que se de las jovenes de La Habana es que la mayoria practica el marxismo con mas eficiencia que tus amigos y tu. Saben mas que nadie de la redistribucion de la riqueza. Lo que mas me llama la atencion de Dinah es que parece que sabe exactamente lo que quiere.
– Quiere ser actriz, en Hollywood, a pesar de lo de Noreen con el Comite de Actividades Antiamericanas, lo de la lista negra, el correo y todo eso. Porque todo eso puede ser un obstaculo.
– No me parecio que le preocupase eso precisamente.
– Cuando se tiene una hija tan obstinada como Dinah, todo es motivo de preocupacion, te lo aseguro.
– Me parecio que solo le preocupaba una cosa. Dijo que Dinah iba con mala gente. ?Que hay de eso?
– Amigo, estamos en Cuba. -Sonrio-. Aqui se da la mala gente como la diversidad de religion en otros paises. -Sacudio la cabeza-. Manana seguimos hablando, en privado.
– Vamos, sueltalo. Acabo de librarte de una salida nocturna con el ejercito.
– El ejercito no es el unico perro peligroso de la ciudad.
– ?Que quieres decir?
Se oyo un chirrido de llantas al final de la entrada. Mire alrededor mientras otro coche mas se acercaba ronroneando a la casa. He dicho un coche, pero el Cadillac con parabrisas envolvente parecia mas bien una nave marciana: un descapotable rojo del planeta rojo. Un coche cuyas luces antiniebla empotradas podrian haber sido facilmente rayos calorificos para la exterminacion metodica de seres humanos. Era mas largo que un coche de bomberos y, seguramente, estaba igual de bien equipado.
– Es decir, que me parece que estas a punto de averiguarlo -dijo Lopez.
El gran motor de cinco litros del Cadillac tomo la ultima bocanada de aire del carburador de cuatro cilindros y exhalo ruidosamente por los dos tubos de escape, empotrados en los parachoques. Se abrio una de las caprichosas puertas recortadas y salio Dinah. Estaba esplendida. El trayecto le habia agitado el pelo un poco y parecia mas natural que antes. Y mas atractiva, si cabia. Llevaba una estola sobre los hombros que podria haber sido de vison de cria, pero deje de mirarla, porque me llamo la atencion el conductor, que salio por la otra puerta del Eldorado rojo. Llevaba traje gris, ligero y bien cortado, con camisa blanca y un par de gemelos con piedras brillantes del mismo color que el coche. Me miro directamente entre circunspecto y risueno, fijandose en mis cambios de expresion como si le pareciesen raros en mi. Dinah llego a su lado despues de un largo peregrinaje alrededor del coche desde el lado opuesto y, elocuentemente, lo enlazo por el brazo.
– Hola, Gunther -dijo el hombre en aleman.
Ahora llevaba bigote, pero seguia pareciendo un pitbull en un caldero.
Era Max Reles.
6
– ?No esperabas verme? -solto su tipica risita.
– Supongo que ninguno de los dos se lo esperaba, Max.
– En cuanto Dinah me hablo de ti, empece a pensar: «?No puede ser el!». Luego, te describio y, vaya… ?Santo Dios! A Noreen no le hara ninguna gracia verme aqui, pero es que tenia que venir a comprobar con mis propios ojos si eras tu, el mismo cabron entrometido.
Me encogi de hombros.
– Ya nadie cree en los milagros.
– ?Por Dios, Gunther! Estaba seguro de que te habrian matado entre los nazis y los rusos, con esa puta lengua mordaz que tienes.
– Ultimamente cierro mas el pico.
– Por la boca muere el pez -dijo Reles-. Lo mas verdadero se calla. ?Dios! ?Cuanto tiempo hace?
– Mil anos, por lo menos. Es lo que iba a durar el Reich, segun Hitler.
– Tanto, ?eh? -Reles sacudio la cabeza-. ?Que demonios haces en Cuba?
– Pues, ya ves, alejarme de todo aquello. -Me encogi de hombros-. Y, por cierto, soy Hausner, Carlos Hausner. Al menos es lo que dice en mi pasaporte argentino.
– Asi andamos, ?eh?
– No esta mal el coche. Seguro que te van bien las cosas. ?Cual es el rescate por un cochazo asi?
– Ah, pues, unos siete mil dolares.
– Dan mucha pasta los chanchullos laborales en Cuba, ?eh?
– He dejado esa mierda. Ahora me dedico al negocio hotelero y del espectaculo.
– Siete mil dolares son muchas pensiones de cama y desayuno.
– Ya estas moviendo ese olfato policial que te caracteriza.
– Se mueve el solo de vez en cuando, si, pero no le presto atencion. Ahora soy un ciudadano de a pie.
Reles sonrio.
– Eso significa mucho en Cuba, sobre todo en esta casa. Aqui, en comparacion con algunos ciudadanos, Iosif Stalin pareceria Theodore Roosevelt.
Lo dijo mirando friamente a Alfredo Lopez, quien se despidio de mi con un movimiento de cabeza y se alejo lentamente en el coche.
– ?Os conoceis? -pregunte.
– Puede decirse que si.
Dinah nos interrumpio hablando en ingles.
– No sabia que hablabas aleman, Max.
– Hay muchas cosas de mi que no sabes, carino.
– No sere yo quien le cuente nada, te lo aseguro -le dije en aleman-, ni falta que me hace. Apuesto a que ya lo ha hecho Noreen. Cuando me hablo de la mala gente de La Habana debia de referirse a ti, la mala gente con la que sale Dinah. No puedo decir que me extrane, Max. Si fuera hija mia, estaria muy preocupado.
Reles sonrio sarcasticamente.
– Ya no soy asi -dijo-, he cambiado.
– ?Que pequeno es el mundo!
Aparecio otro coche por la entrada. Aquello empezaba a parecerse a la entrada principal del hotel Nacional. Otra persona traia el Pontiac de Noreen.
– No, en serio -insistio Reles-. Ahora soy un respetable hombre de negocios.
El conductor del Pontiac salio del coche y, sin decir una palabra, se metio en el asiento del copiloto del de Reles. De repente, el Cadillac parecia pequeno. El hombre tenia los ojos oscuros y la cara blanca e hinchada. Llevaba un traje blanco suelto con grandes botones negros. Tenia mucho pelo, rizado, negro y con canas, como la esponjilla metalica de la tienda de todo a un dolar de Obispo. Parecia triste, quiza porque hacia muchos minutos que no comia nada. Tenia pinta de comer mucho. Animales que morian atropellados en la carretera, seguramente. Fumaba un puro del tamano y la forma de un proyectil AP, aunque en su boca parecia un orzuelo. Recordaba a Pagliacci interpretado por dos tenores a la vez, uno en cada pernera de los pantalones. Parecia tan respetable como un fajo de pesos en un guante de boxeo.
– Respetable, claro. -Mire al hombreton del Cadillac procurando que Reles se diera cuenta y dije-: Y, claro, en realidad, ese ogro es tu contable.
