capacidad; a cada cual, segun su necesidad. Esa era la clase de dialectica marxista cubana con la que simpatizaba plenamente.

Me alegre de haberme deshecho del panfleto de Castro, porque al doblar la siguiente curva, enfrente de la gasolinera, habia un control militar. Un soldado armado me dio senal de parar y me mando salir del coche. Me quede mansamente a un lado de la carretera, con las manos arriba, mientras otros dos soldados me cacheaban y registraban el coche bajo la atenta mirada del resto del peloton y su aninado oficial. Ni siquiera lo mire. Mis ojos no se apartaban de los dos cadaveres que yacian boca abajo en un monticulo de hierba, con la tapa de los sesos levantada.

Por un momento, volvi al 14 de junio de 1941, a mi batallon policial de reserva, el 316, en la carretera de Smolensk, en un sitio llamado Goloby, en Ucrania, cuando enfundaba la pistola. Era yo el oficial al mando de un peloton de fusilamiento que acababa de ejecutar a una unidad de seguridad de la NKVD. Esa unidad en particular acababa de masacrar a tres mil prisioneros ucranianos blancos en las celdas de la carcel de la NKVD de Lutsk, cuando los alcanzaron nuestros tanques panzer. Los matamos a todos, a los treinta. Durante estos anos he intentado justificar aquella ejecucion ante mi mismo, pero no le he conseguido. Fueron muchas las veces que me desperte pensando en aquellos veintiocho hombres y dos mujeres, la mayoria de los cuales resultaron ser judios. Dispare personalmente a dos, el llamado tiro de gracia, pero no tuvo gracia ninguna. Aunque me dijese que era la guerra, aunque me repitiera incluso que los habitantes de Lutsk nos habian rogado que persiguieramos a esa unidad que mataba a sus familiares, aunque recordase que un tiro en la cabeza era una muerte rapida y misericordiosa, en comparacion con el trato al que habian sometido ellos a los prisioneros (la mayoria murio entre las llamas del incendio que provoco la NKVD deliberadamente en la carcel), seguia teniendo la sensacion de ser un homicida.

Y, cuando deje de mirar a los dos cadaveres del monticulo, me volvi hacia la furgoneta de policia, que estaba aparcada un poco mas atras, y al punado de ocupantes asustados que habia en el interior, fuertemente iluminado. Tenian magulladuras y sangre en la cara y mucho miedo en el cuerpo. Era como quedarse mirando un tanque de langostas. Daba la impresion de que, en cualquier momento, sacarian de alli a uno y lo matarian, como a los dos que yacian en la hierba. Despues, el oficial miro mi documentacion y me hizo varias preguntas con una voz nasal, como de dibujos animados, que me habria hecho sonreir si la situacion no hubiese sido tan mortal. Unos minutos despues quede libre para proseguir mi viaje de vuelta a Vedado.

Segui adelante medio kilometro aproximadamente, me detuve en un pequeno cafe rosa de la carretera y pregunte al propietario si podia usar el telefono, con intencion de llamar a Finca Vigia y avisar del control policial a Noreen y, sobre todo, a Alfredo Lopez. No es que el abogado me agradase mucho (no he conocido a ninguno a quien no deseara abofetear), pero pense que no se merecia una bala en la nuca, cosa que le sucederia, casi con toda certeza, si los militares lo encontraban con los panfletos y la pistola. Nadie merecia un sino tan ignominioso, ni siquiera la NKVD.

El dueno del cafe era calvo y lampino, con labios gruesos y la nariz rota. Me dijo que el telefono llevaba muchos dias estropeado y echo la culpa a los «pequenos rebeldes» que jugaban a demostrar que eran partidarios de la revolucion disparando sus «catapultas» contra las piezas de ceramica del tendido telefonico. Si queria avisar a Lopez, no podria ser por telefono.

Sabia por experiencia que los militares no solian permitir que, una vez superado un control, volviese a pasarse en sentido contrario. Supondrian, y con razon, que querria dar la voz de alarma. Tendria que encontrar otro camino para volver a Finca Vigia, por las callejuelas laterales y las avenidas de San Francisco de Paula. Sin embargo, no conocia bien la zona, menos aun en la oscuridad.

– ?Sabe donde queda Finca Vigia, la casa del escritor americano? -pregunte al dueno del cafe.

– Naturalmente. Todo el mundo sabe donde vive Ernesto Hemingway.

– ?Que tendria que hacer uno para llegar sin pasar por la carretera principal en direccion a Cotorro? -Le ensene un billete de cinco pesos para estimularle el pensamiento.

El hombre sonrio.

– ?Quiere decir, sin pasar por el control de la gasolinera?

Asenti.

– Guardese el dinero, senor. No acepto propinas de quien solo desea evitar a nuestros queridos militares. -Me acompano a la calle-. Ese uno tendria que ir hacia el norte, pasar por la gasolinera de Diezmero y girar a la izquierda, hacia Varona. Despues, al otro lado del rio Mantilla, en el cruce, continuar hacia el sur por Managua y seguir la carretera hasta llegar a la principal; desde alli, en direccion oeste, hacia Santa Maria del Rosario. Entonces cruzaria la carretera principal del norte otra vez y, desde alli, a Finca Vigia.

Acompano la serie de instrucciones de mucha gesticulacion y, como suele suceder en Cuba, enseguida nos rodeo una pequena multitud de parroquianos del cafe, ninos y perros perdidos.

– Le llevara unos quince minutos, mas o menos -dijo el hombre-, siempre y cuando no acabe en el fondo del rio Hondo ni le peguen un tiro los militares.

Dos minutos despues, iba ya dando bandazos, como la tripulacion de un Dornier tocado, por las calles mal iluminadas y llenas de hojarasca de las afueras de Mantilla y El Calvario, lamentando con hastio el haber bebido tanto bourbon y vino tino… y, probablemente, una o dos copas de brandy. Vire al oeste, al sur y luego al este. Al salir de la calle asfaltada de doble sentido, los caminos eran poco mas que sendas de tierra y las ruedas traseras del Chevy se agarraban menos que un patin de cuchilla recien afilado. Debia de conducir muy deprisa, nervioso como estaba por el recuerdo de los dos cadaveres. De pronto aparecio en el camino un rebano de cabras y vire tan bruscamente a la izquierda que el coche giro sobre si mismo levantando una nube de polvo; esquive un arbol por muy poco y, a continuacion, la valla de una pista de tenis. Aprete el freno y algo se partio debajo del coche en el momento en que se paro. Pensando que podia haber pinchado o, peor aun, haber roto un eje, abri la portezuela de golpe y me asome a ver que habia pasado.

– Aqui tienes la recompensa por querer hacer un favor al projimo -me dije, enfadado.

Al coche no le habia pasado nada, pero, al parecer, la rueda delantera izquierda habia roto unos tablones de madera que estaban disimulados en la tierra.

Me enderece y, con cuidado, di marcha atras hasta el camino. A continuacion, sali a ver mas de cerca lo que era. De todos modos, como estaba oscuro, no lo veia bien, ni siquiera a la luz de los faros del coche, y tuve que sacar una linterna del portaequipajes y enfocarla entre los tablones rotos. Levante uno, ilumine el interior con la linterna y alli, bajo tierra, me parecio ver una jaula. No podia calibrar bien el tamano, pero dentro de la jaula habia unas cuantas cajas de madera de menor tamano. En una de ellas se leia mark 2 fhgs; en otra decia browning m19.

Habia encontrado el escondite de un alijo de armas.

Apague la linterna y los faros del coche inmediatamente y eche una mirada alrededor, por si me habia visto alguien. La pista de tenis era de barro y se encontraba en mal estado, faltaban varias marcas del suelo, de las de plastico blanco, o estaban rotas, y la red colgaba, destensada, como una media femenina de nylon. Mas alla se veia una casa ruinosa, con un portico y una gran verja de entrada muy oxidada. La pintura de la fachada estaba desconchada y no se veia luz por ninguna parte. Alli no vivia nadie desde hacia tiempo.

Despues levante uno de los tablones rotos y, utilizandolo a modo de quitanieves, cubri otra vez el escondite de las armas con tierra: la suficiente para ocultarlo. Luego senale el lugar rapidamente con tres piedras que cogi del otro lado del camino. No tarde ni cinco minutos en hacerlo todo. No me apetecia quedarme alli mucho rato, y menos, con los militares sueltos por los alrededores. No seria facil que aceptasen mis explicaciones sobre lo que hacia alli, enterrando un alijo de armas a medianoche en un camino solitario de El Calvario, como tampoco me creeria la gente que lo hubiese escondido, aunque dijese que no iba a informar a la policia del hallazgo. Tenia que largarme de alli cuanto antes, con que, sin perdida de tiempo, subi al coche y me marche.

Llegue a Finca Vigia en el preciso momento en que Alfredo Lopez se metia en su Oldsmobile blanco para volver a casa. Marcha atras, me puse a su lado, baje la ventanilla y el hizo otro tanto.

– ?Pasa algo? -me pregunto.

– Podria, en caso de que llevara un 38 y una cartera llena de panfletos revolucionarios.

– Sabe que los llevo.

– Lopez, amigo mio, le conviene pensar en dejar el negocio de los panfletos una temporada. Hay un control en la carretera principal, en direccion norte, enfrente de la gasolinera de Diezmero.

– Gracias por avisar. Supongo que tendre que volver a casa por otro camino.

Sacudi la cabeza.

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