– Pensaba que a lo mejor habias cambiado de opinion -dijo Max desde una puerta que daba a los ascensores- y que no vendrias. -Lo dijo en tono de reproche y un poco perplejo, como si le preocupase no ser capaz de imaginar una buena razon que disculpase mi retraso para comer.
– Lo siento, me he entretenido un poco. Veras, es que anoche avise a Lopez de lo del control en la carretera de San Francisco de Paula.
– ?Y por que demonios se lo dijiste?
– Porque tenia una cartera llena de panfletos revolucionarios; me pidio que me los quedase y se los devolviese esta manana y, no se por que, acepte. Cuando llegue al edificio Bacardi, habia una furgoneta de la policia fuera y tuve que esperar a que se marchase.
– No deberias relacionarte con esa clase de hombres -dijo Reles-, te lo digo de verdad. Todo ese asunto es peligroso. En esta isla es mejor no meterse en politica.
– Desde luego, tienes toda la razon. Deberia evitarlo. No se por que me comprometi a llevarselos. Puede que estuviera un poco bebido; me pasa con frecuencia. En Cuba no hay mucho mas que hacer.
– Eso parece. En aquella maldita casa, todo el mundo bebe en exceso.
– Sin embargo, le habia dicho que lo haria y, cuando digo una cosa, generalmente la cumplo hasta el final. Siempre he sido asi de estupido.
– Cierto -sonrio-, muy cierto. ?Te conto algo de mi? Lopez, digo.
– Solo que habiais sido socios.
– Eso es casi cierto. Dejame que te cuente cosas de nuestro amigo Fredo. El cunado de F. B. es un hombre llamado Roberto Miranda, el dueno de todas las «traganiqueles» de La Habana; las tragaperras, ya sabes. Si quieres instalar una en tu local, tienes que alquilarsela a el y pagarle, ademas, el cincuenta por ciento de la cosecha, que puede ser, permite que te lo diga, un monton de dinero en cualquier casino de la ciudad. El caso es que Fredo Lopez era el encargado de venir al Saratoga a vaciar mis maquinas. Me parecia que encargarselo a un abogado era la mejor manera de evitar fraudes. Sin embargo, enseguida descubri que Miranda solo recibia una cuarta parte; el resto lo sisaba Lopez para dar de comer a las familias de los hombres que asaltaron el cuartel Moncada el ano pasado. Durante un tiempo hice la vista gorda y el lo sabia, pero yo preferia dejar clara mi postura con respecto a los rebeldes. Entonces, Miranda se imagino que lo estaban estafando ?y a quien iba a echar la culpa? ?A su seguro servidor! Puestas asi las cosas, tuve que tomar una decision: o quedarme con las maquinas, pero deshacerme de Lopez a riesgo de convertirme en objetivo de los rebeldes, o deshacerme de las maquinas y encajar el disgusto de Miranda. Preferi prescindir de las maquinas, pero ahora debo repasar mis libros de cuentas con el mismisimo F. B. una vez a la semana, por cuenta de la suculenta participacion que tiene en mi negocio. El asunto me costo un monton de pasta y muchos inconvenientes. Segun mi punto de vista, ese cabron de Fredo Lopez es un capullo muy afortunado. Por seguir vivo, me refiero.
– Es verdad, Max, has cambiado. El Max Reles de antes le habria clavado un picahielo en el oido.
El recuerdo de su personalidad anterior le hizo sonreir.
– Habria sido lo justo, ?no te parece? Antes eramos mas directos. Lo habria matado sin pensarlo dos veces. -Se encogio de hombros-. Pero estamos en Cuba y aqui procuramos hacer las cosas de otra manera. Creia que, a lo mejor, si ese gilipollas lo pensaba un poco, se daria cuenta y demostraria un poco mas de agradecimiento. Pues nada mas lejos de la realidad: actua a mis espaldas, llena la cabeza de veneno a Noreen hablandole de mi, precisamente ahora que intento tender puentes entre nosotros, por mi relacion con Dinah.
– Es decir, que pagas a Batista y a los rebeldes -dije.
– Indirectamente -dijo-. Lo que les doy es la suerte de una bola de nieve en el infierno, la verdad, pero con esos cabrones nunca se sabe.
– Pero algo les das.
– Antes del incidente de las maquinas vi una cosa interesante. Un dia, estaba yo mirando por una ventana del hotel, sin pensar en nada en particular, como hacemos a veces, y vi a un cubano joven que iba andando por la calle… No era mas que un crio. Cuando paso al lado de mi Cadillac, le dio una patada al guardabarros.
– ?El descapotable tan encantador de anoche? ?Donde estaba el ogro?
– ?Waxey? Es muy lento de piernas, no habria tenido la menor posibilidad de atrapar al punetero crio. El caso es que me inquieto. No la senal que dejo en el coche, eso no fue nada, en realidad. No; fue otra cosa. Le di muchas vueltas, ?sabes? Primero pense que el chico lo habia hecho por su novia, para que se riese; luego, que a lo mejor tenia mania a los Cadillac por algun motivo y, por ultimo, cai en la cuenta, Bernie. Comprendi que lo que aborrecia el chico no eran los puneteros Cadillac, sino a los estadounidenses, y eso me llevo a pensar en su revolucion. Es decir, como casi todo el mundo, pensaba que todo habia terminado en julio, despues del ataque al cuartel, ?sabes? Sin embargo, lo del puto crio dando una patada a mi coche me hace sospechar que a lo mejor no y que puede que aborrezcan a los estadounidenses tanto como a Batista, en cuyo caso, si alguna vez se deshacen de el, puede que tambien nos manden a nosotros a la mierda.
Tenia yo en mi haber muchos incidentes recientes en que pensar, conque no dije nada. Por otra parte, tampoco tenia a los estadounidenses en gran estima. No eran tan malos como los rusos y los franceses, aunque estos no esperaban que se les tomase carino ni les importaba. Sin embargo, los estadounidenses eran diferentes: querian que les quisieran a pesar de haber tirado dos bombas atomicas a los japoneses. Me asombraba tanta ingenuidad. Por eso me calle y, casi como dos viejos amigos, disfrutamos juntos un rato de la vista que se dominaba desde la azotea. Era magnifica. Abajo se veian las copas de los arboles del Campo de Marte y, a la derecha, el edificio del Capitolio, como una enorme tarta de boda. Por detras asomaban la fabrica de Partagas y el Barrio Chino. Hacia el sur, la vista alcanzaba hasta el acorazado estadounidense de la bahia y, hacia el oeste, hasta los tejados de Miramar, pero solo si me ponia las gafas. Con las gafas parecia mas viejo, naturalmente; mas que Max Reles. Aunque, claro, seguro que el tambien tenia unas en alguna parte, pero no queria ponerselas delante de mi.
Max intentaba encender un puro muy grande en medio de la fuerte brisa que soplaba en la azotea, pero no lo conseguia. Las sombrillas estaban cerradas, pero una se cayo al suelo y eso le fastidio.
– Siempre digo que la mejor forma de ver La Habana es desde la azotea de un buen hotel. -Renuncio al puro-. El Nacional tambien tiene vistas, pero solo del puto mar y de los tejados de Vedado y, en mi humilde opinion, no se pueden comparar ni de lejos con estas otras.
– Estoy de acuerdo.
De momento, no iba a pincharlo mas. Empezaba a tener motivos para ello.
– Claro que, a veces, hace mucho viento aqui arriba y cuando pille al hijoputa que me convencio de que comprase todas esas sombrillas de mierda, que se prepare para la leccion que le voy a dar sobre lo que pasa cuando el viento arrastra un trasto de esos hasta el otro lado.
Sonrio como si fuese a cumplirlo palabra por palabra.
– Es una vista esplendida -dije.
– ?Verdad que si? ?Sabes una cosa? Apuesto a que Hedda Adlon habria dado un ojo de la cara por una vista como esta.
Asenti sin ganas de decirle que la azotea del Adlon habia proporcionado a los duenos del hotel una de las mejores vistas de Berlin. Desde aquella en particular habia visto arder el Reichstag. Pocas mejores se pueden tener.
– ?Que fue de ella, por cierto?
– Solia decir que el buen hotelero siempre desea lo mejor pero espera lo peor. Pues bien, sucedio lo peor. Louis y ella mantuvieron abierto el hotel durante toda la guerra. No lo alcanzo ningun bombardeo por casualidad. Puede que algun piloto de la RAF se hubiera alojado alli alguna vez. Sin embargo, durante la batalla de Berlin, los «ivanes» sometieron la ciudad a un intenso fuego de artilleria que destruyo casi todo lo que no habia destrozado la RAF. El hotel se incendio y quedo en ruinas. Hedda y Louis se retiraron a su casa de campo, cerca de Potsdam y se quedaron a la espera. Cuando aparecieron los «ivanes», saquearon la casa, confundieron a Louis con un general aleman que habia huido, lo pusieron delante de un peloton de fusilamiento y lo mataron. A Hedda la violaron muchas veces, como a casi todas las mujeres de Berlin. No se que seria de ella despues.
– ?Dios Santo! -dijo Reles-. ?Que drama! Es una lastima. Me gustaba mucho esa pareja. ?Dios! No lo sabia.
Suspiro e intento de nuevo encender el puro; lo consiguio.
– Es muy curioso que hayas aparecido asi, de repente, Gunther, ?sabes?
– Ya te lo he dicho, Max. Ahora soy Hausner. Carlos Hausner.
