– Pero Dios mio, ?estais casados o que? No te preocupes. Pronto aparecera. Con flores y bombones y prometiendo no volver a hacerlo nuuunca mas.

Lacke asintio resignado y dio un sorbito a la cerveza a la que le habia invitado Larry con la promesa de hacer lo mismo cuando le vinieran mejores rachas. Dos dias mas, como mucho. Luego empezaria a buscar por su cuenta. Llamar al hospital, al deposito de cadaveres y todo lo que se pudiera hacer. Uno no abandona a su mejor amigo. Estuviera enfermo o muerto o lo que fuera. Uno no lo deja en la estacada.

Eran las siete y media y Hakan estaba empezando a ponerse nervioso. Habia estado deambulando por los alrededores del instituto Nuevos Elementos y del polideportivo de Vallingby, por donde se movian los jovenes. Era hora de entrenamientos y la piscina abria hasta tarde, asi que no faltaban posibles victimas. El problema estaba en que la mayoria iba en grupos. Habia oido un comentario de una chica, que iba con otras dos, acerca de que su madre «todavia estaba totalmente histerica por lo del asesino».

Claro esta que podia haber ido mas lejos, a algun sitio donde sus anteriores actuaciones no estuvieran tan presentes, pero entonces corria el riesgo de que la sangre se estropeara antes de llegar a casa. Ya que iba a hacerlo, queria dar a su amada lo mejor. Y cuanto mas fresca, cuanto mas proxima a la fuente, mas buena. Eso le habia dicho.

La noche anterior habia caido una buena helada y hacia frio de verdad, bajo cero, por eso no llamaba mucho la atencion el hecho de que llevara un pasamontanas con aberturas para los ojos y la boca que le ocultaba la cara.

Pero no podia andar dando vueltas asi por mucho tiempo. Al final, alguien acabaria sospechando.

?Y si no pillaba a nadie? ?Si llegaba a casa sin nada? Su amada no moriria, de eso estaba ahora seguro. No como la primera vez. Pero ahora habia algo mas, un maravilloso algo mas. Una noche entera. Una noche entera con el cuerpo de su amada a su lado. Esos tensos y suaves miembros, el vientre plano para acariciarlo despacio. Una vela encendida en el dormitorio cuyo resplandor temblara sobre la piel aterciopelada, suya por una noche.

Se froto la polla que latia y gritaba de ganas.

Tengo que tranquilizarme, tengo que…

Sabia lo que iba a hacer. Una locura, pero iba a hacerla.

Entrar en la piscina cubierta de Vallingby y buscar alli a su victima. Estaria casi vacia a esta hora, y puesto que ya se habia decidido sabia exactamente como iba a hacerlo. Arriesgado, claro. Pero totalmente factible.

Si salia mal echaria mano de la ultima salida. Pero no iba a salir mal. Lo vio ante si con todo detalle cuando acelero el paso y se dirigio a la entrada. Se sentia ebrio. El tejido del pasamontanas se humedecio alrededor de la nariz a causa de la condensacion que provocaba su respiracion agitada.

Esto iba a ser algo para contarle a su amada esa noche, contarselo mientras acariciaba su culo duro y respingon con la mano temblorosa, atesorandolo en la memoria por toda la eternidad.

Cruzo la entrada, sintio el conocido, suave olor a cloro en la nariz. Tantas horas como habia pasado en la piscina. Con los otros, o solo. Los cuerpos jovenes relucientes por el sudor o el agua, proximos pero no al alcance de la mano. No eran mas que imagenes para recordar y a las que recurrir cuando estaba acostado y con el papel higienico en una mano. El olor a cloro le hacia sentirse seguro, como en casa. Se acerco a la taquilla.

– Uno, por favor.

La senora de la taquilla levanto la mirada de la revista. Sus ojos se abrieron un poco. El hizo un gesto senalando la cara y el gorro:

– Frio.

Ella asintio algo desconfiada. ?Seria mejor quitarse el pasamontanas? No. Sabia lo que tenia que hacer para que no sospechara.

– ?Armario?

– Cabina, por favor.

La mujer le dio una llave y pago. Mientras se daba la vuelta se quito el pasamontanas. Asi ella se habria cerciorado de que se lo quitaba, pero sin verle la cara. Era estupendo. Con paso rapido se dirigio a los vestuarios, mirando al suelo para no encontrarse con nadie.

– Bienvenidos. Pasad a mi modesto apartamento.

Tommy entro en el recibidor sin cruzar palabra con Staffan; detras de el se oyeron los chasquidos cuando su madre y Staffan se besaron. Staffan dijo en voz baja:

– ?Le has…?

– No. Pense…

– Mmm. Tenemos que…

Chasquidos de nuevo. Tommy echo un vistazo. No habia estado nunca en casa de un madero y, aunque no queria, sentia un poco de curiosidad. Por como vive alguien asi.

Pero ya en la entrada se dio cuenta de que Staffan apenas podia ser representativo del cuerpo en su conjunto. Se habia imaginado algo asi… si, asi como en las novelas policiacas. Algo pobre y frio. Un sitio al que uno iba para dormir cuando no estaba fuera persiguiendo canallas.

Gente como yo, vamos.

No. El apartamento de Staffan estaba lleno de pijaditas. La entrada parecia como si hubiera sido decorada por alguien que compraba todo de esas pequenas revistas que llegaban por correo.

Aqui colgaba un cuadro de terciopelo con una puesta de sol, ahi habia una pequena cabana alpina con una vieja montada en un palo que salia por la puerta. Un centro con puntillas hechas a ganchillo en la mesita del telefono; al lado del telefono, una figura de escayola de un nino y un perro. En la base leyo este texto: ?NO SABES HABLAR?

Staffan levanto la figura.

– Es divertida, ?no? Cambia de color segun el tiempo que haga.

Tommy asintio. O bien Staffan habia pedido prestado el piso a su anciana madre, exclusivamente para esta visita, o estaba realmente como una regadera. Staffan volvio a colocar con cuidado la figura en su sitio.

– Colecciono este tipo de cosas, ?sabes? Cosas que muestran que tiempo va a hacer. Como esta, por ejemplo.

Dio un golpecito a la vieja que asomaba en la cabana alpina, la vieja se dio la vuelta y entro en la cabana al tiempo que, en su lugar, salia un viejecito.

– Cuando sale la vieja va a hacer mal tiempo, y cuando sale el viejo…

– Hace todavia peor.

Staffan rio la broma, algo forzado a los ojos de Tommy.

– No funciona tan bien.

Tommy echo una mirada a su madre y casi se asusto por lo que vio. Llevaba la gabardina puesta, las manos cogidas y fuertemente apretadas y una sonrisa que podria asustar a un caballo. Despavorida. Tommy decidio hacer un nuevo esfuerzo.

– ?Como un barometro entonces?

– Si, exactamente. Con eso empece, con los barometros. Coleccionandolos, quiero decir.

Tommy senalo una pequena cruz de madera con un Jesus de plata que colgaba de la pared.

– ?Es tambien un barometro?

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