trabajo. Nadie fue capaz de llamarla. De contarle que habia muerto pero que no estaban totalmente seguros de que fuera el. Preguntarle si
El patologo, que habia llegado a las siete de la manana para hacerse cargo del cadaver del asesino ritual, tuvo que acometer otra tarea. Si se hubiera encontrado ante lo que quedaba de Bengt Edwards sin conocer los pormenores del caso, habria pensado que se trataba de un cuerpo que habia pasado uno o mas dias a la intemperie bajo un frio intenso, y que, durante aquel tiempo, habia sido ultrajado por ratones, zorros y puede que hasta por osos, si es que la palabra ultrajado puede utilizarse cuando es un animal el que realiza la accion. En cualquier caso, habrian sido depredadores de mayor porte los causantes de la carne arrancada de aquella forma, y roedores mas pequenos los que hubieran dado cuenta de las partes sobresalientes como la nariz, las orejas, los dedos.
El rapido informe preliminar del patologo que llego a la policia fue la otra razon de que el dispositivo policial fuera tan amplio. El hombre fue descrito como extremadamente violento, en lenguaje oficial.
Un hijo de puta completamente loco, en boca de la gente.
El hecho de que el hombre siguiera con vida parecia realmente un milagro. No un milagro de esos que al Vaticano le gustaria mostrar con el incensario dando vueltas, pero un milagro, en cualquier caso. Antes de la caida desde el decimo piso habia sido un fardo que precisaba asistencia medica; ahora estaba en pie y caminaba, y algo mucho peor.
Pero no podia
La llamada de Benny Melin se habia producido casi una hora despues de que hubiera visto al hombre en el puente de Traneberg, pero solo un par de minutos mas tarde hubo otra llamada de una senora mayor.
Esta habia salido a la calle a dar el paseo matutino con su perro cuando vio a un hombre con ropa de hospital en las proximidades de las cuadras de Akeshov, donde pasan el invierno las ovejas del rey. La senora habia vuelto a casa inmediatamente y habia llamado a la policia, pensando que tal vez las ovejas corrieran peligro.
Diez minutos mas tarde habia llegado al lugar la primera patrulla de la policia, y lo primero que hicieron fue recorrer las cuadras pistola en mano, nerviosos.
Las ovejas se pusieron inquietas y, antes de que la policia hubiera reconocido todas las instalaciones, aquello era un hervidero de cuerpos lanudos revueltos, balidos subidos de tono y gritos casi humanos que atrajeron hacia alli mas agentes. Durante el registro de los corrales se escaparon algunas ovejas al corredor y, cuando la policia pudo finalmente constatar que el hombre no se encontraba en las cuadras y se disponia a abandonar las instalaciones, se escapo un carnero por la puerta de fuera. Un policia ya mayor de familia campesina se echo sobre el y, agarrandolo de un cuerno, lo llevo de vuelta a la cuadra.
Fue despues de haber obligado al animal a entrar en su redil cuando se dio cuenta de que los fuertes resplandores que habia percibido con el rabillo del ojo durante su intervencion habian sido los flashes de los fotografos. Se equivoco al pensar que el tema no era lo bastante serio como para que la prensa quisiera utilizar semejante imagen. Poco despues, sin embargo, se instalo una base para la prensa, fuera de la zona de rastreo.
Ya eran las siete y media de la manana y las primeras luces se filtraban tras los arboles empapados. La busqueda del loco solitario parecia bien organizada y en marcha. Estaban seguros de que lo cogerian antes de la hora del almuerzo.
Bueno, tendrian que pasar aun unas horas sin resultado alguno ni de las camaras de rayos infrarrojos del helicoptero ni de los hocicos sensibles a las secreciones de los perros antes de que las especulaciones cobraran fuerza en serio: que el hombre quiza ya no estuviera vivo. Que lo que tenian que buscar era un cadaver.
Cuando los primeros rayos palidos del amanecer se filtraron a traves de las rendijas de la persiana y se reflejaron en la palma de la mano de Virginia como una bombilla al rojo, ella solo deseaba una cosa: morir. Sin embargo, retiro la mano de forma instintiva y se arrastro hasta el fondo de la habitacion.
Tenia la piel sajada por mas de treinta sitios. Habia sangre por todas partes en el piso.
Varias veces durante la noche se habia cortado las arterias para beber, pero no le habia dado tiempo a sorber, a taponar todo lo que sangraba. Habia caido en el suelo, en la mesa, en las sillas. Parecia como si sobre la gran alfombra de lana con dibujos geometricos del cuarto de estar hubieran desollado vivo a un ciervo.
El bienestar y el alivio iban decreciendo con cada nueva herida que se abria, con cada sorbo que tomaba de su propia sangre cada vez mas diluida. Al amanecer, Virginia era una masa quejumbrosa de abstinencia y angustia. Angustia porque sabia lo que tenia que hacer si queria seguir con vida.
La comprension habia surgido paulatinamente, hasta convertirse en certeza. La sangre de otra persona le devolveria la… salud. Y no era capaz de quitarse la vida. Probablemente no era ni siquiera posible; las heridas que se habia hecho en la piel con el cuchillo de la fruta curaban increiblemente rapido. Con independencia de lo fuerte y profundo que se cortara, dejaba de sangrar en menos de un minuto. Despues de una hora, la cicatrizacion estaba en marcha.
Ademas…
Habia sentido algo.
Fue por la manana, mientras estaba sentada en una silla de la cocina chupandose una herida en el pliegue del codo, la segunda en el mismo sitio, cuando penetro en la profundidad de su propio cuerpo y lo vio.
El contagio.
No lo
Porque lo que habia visto en aquel momento era que el contagio tenia vida propia, una fuerza impulsora autonoma totalmente independiente de su cuerpo. Y que el contagio iba a sobrevivir aunque ella no lo hiciera. La madre moriria por el choque de los ultrasonidos, pero nadie iba a notar nada puesto que era la serpiente la que empezaria a controlar su cuerpo, no ella misma.
Por eso el suicidio carecia de sentido.
Lo unico que el contagio parecia temer era la luz del sol. La palida luz contra la mano habia dolido mas que las heridas mas profundas.
Estuvo mucho tiempo acurrucada en la esquina del cuarto de estar viendo como la luz del amanecer, a traves de la persiana, dibujaba un enrejado sobre la alfombra manchada. Penso en su nieto, Ted. En como solia gatear en el suelo hasta los sitios en los que brillaba el sol de la tarde; se tumbaba y se quedaba dormido alli, en aquella isla de sol, con el pulgar en la boca.
Aquella piel desnuda y suave, aquella piel fina que uno no tendria mas que…
Virginia se estremecio, se quedo mirando fijamente al vacio. Habia visto a Ted, y se habia imaginado como ella…
