Se golpeo a si misma en la cabeza. Siguio golpeandose hasta que la imagen se pulverizo. Pero no podria volver a verlo mas. No podria volver a ver nunca a
Virginia obligo a su cuerpo a enderezarse, anduvo lentamente arrastrandose hacia el enrejado que dibujaba la luz. El contagio protestaba y queria hacerla caer, pero ella era mas fuerte, aun tenia el control sobre su propio cuerpo. La luz le escocia en los ojos, las barras del enrejado le ardian en la cornea como un alambre al rojo.
Tenia el brazo derecho cubierto de cicatrices, de sangre reseca. Lo acerco a la luz.
No hubiera podido ni imaginarselo.
Lo que le ocurrio con la luz el sabado habia sido una caricia. Ahora se encendio la llama de un soldador, dirigida contra su piel. Despues de un segundo, esta se volvio blanca como la tiza. Despues de dos segundos empezo a echar humo. Despues de tres segundos se le levanto una ampolla, se oscurecio y revento dejando salir el aire. Al cuarto segundo, retiro el brazo y se arrastro sollozando hasta el dormitorio.
El olor a carne quemada envenenaba el aire, no se atrevia a mirarse el brazo cuando se deslizo sobre la cama. Descansar. Pero la cama…
A pesar de que tenia bajadas las persianas habia demasiada luz en el dormitorio. Aunque se habia echado el edredon se sentia desprotegida en la cama. Su inquietud captaba el mas minimo ruido procedente de los pisos vecinos, y cada sonido suponia una amenaza encubierta. Alguien caminaba en el piso de arriba. Se sobresaltaba, volvia la cabeza, alerta. Un cajon que se abria, ruido metalico en el piso superior.
Las
Supo, por la fragilidad del sonido, que eran cucharillas de cafe. Vio ante si el estuche revestido de terciopelo con las cucharitas de plata que habian sido de su abuela y que ella habia heredado cuando su madre ingreso en una residencia para mayores. Como habia abierto el estuche, mirado las cucharillas y constatado que
Virginia estaba pensando en esto mientras se deslizaba fuera de la cama, cogia el edredon, se arrastraba hasta el armario de dos puertas y las abria. En el suelo del armario habia un edredon mas y un par de mantas.
Habia sentido una especie de tristeza cuando miro las cucharitas, que habian permanecido en su estuche quiza sesenta anos sin que nunca nadie las sacara, las tuviera en la mano, las usara.
Mas ruidos a su alrededor: la casa se despertaba. Dejo de oirlos cuando extendio el edredon y las mantas y, envuelta en ellos, se acurruco en el armario y cerro las puertas. Estaba oscuro de verdad alli dentro. Se tapo hasta por encima de la cabeza, se encogio como una larva en un capullo doble.
Firmes, dispuestas para el desfile en su lecho de terciopelo, esperando. Fragiles cucharitas de plata. Se arrullo con la tela de los edredones pegada a la cara.
Su hija. Si. Serian para Lena y ella iba a usarlas para dar de comer a Ted. Entonces las cucharillas se pondrian contentas. Ted comeria el pure de patatas con ellas. Era una buena idea.
Estaba quieta como una piedra, la calma se adueno de su cuerpo. Alcanzo a tener un ultimo pensamiento antes de quedarse dormida:
Con el edredon tapandole la cara, envuelta en gruesos tejidos, deberia de estar sudando. La pregunta flotaba somnolienta dando vueltas en una habitacion grande y oscura, y aterrizo finalmente en una respuesta bien sencilla:
Y ni siquiera entonces, cuando era consciente de ello, sintio que lo
La misa empezaba a las once, pero a las diez y cuarto Tommy e Yvonne ya estaban en el anden en Blackeberg esperando que llegara el metro.
Staffan, que cantaba en el coro de la parroquia, le habia contado a Yvonne cual era el tema de la misa de hoy. Yvonne se lo habia contado a Tommy y, con mucho tiento, le habia preguntado si queria acompanarlos; para su sorpresa, habia aceptado.
Iba a tratar sobre la juventud de hoy.
Tomando como punto de partida el pasaje del Antiguo Testamento en el que se narra la salida de los judios de Egipto, el cura, con la ayuda de Staffan, habia redactado un sermon con ese texto que le sirviera de
Tommy habia leido en la Biblia el pasaje en cuestion y habia dicho que iria encantado.
Asi que cuando aquella manana de domingo el metro salio traqueteando del tunel procedente de la estacion de Islandstorget, lanzando ante si una columna de aire que hizo revolotear los cabellos de Yvonne, esta se sentia completamente feliz. Miro a su hijo, que estaba a su lado con las manos profundamente hundidas en los bolsillos de la cazadora.
Si. Solo el hecho de que quisiera ir con ella a la misa del domingo ya era mucho. Pero ademas aquello parecia indicar que habia aceptado a Staffan, ?no era asi?
Subieron al vagon y se sentaron el uno frente al otro, al lado de un senor mayor. Antes de que llegara el metro hablaron de lo que ambos habian oido en la radio aquella manana: la busqueda del asesino ritual en el bosque de Judarn. Yvonne se acerco a Tommy.
– ?Tu crees que lo cogeran?
Tommy se encogio de hombros.
– Deberian hacerlo. Pero es un bosque grande, asi que… tendras que preguntarselo a Staffan.
– Es solo que me parece tan desagradable. Imaginate si viene aqui.
– ?A que va a venir aqui? Aunque claro, tampoco tendria nada que hacer en Judarn.
– Uf!
El senor mayor se irguio, hizo un movimiento como si se sacudiera algo de los hombros y dijo:
– Uno se pregunta si alguien asi es una persona.
Tommy miro al senor e Yvonne dijo: «Hmm» sonriendole, lo que este interpreto como una invitacion para seguir:
– Quiero decir… primero aquel crimen atroz, y despues… en esas condiciones, una caida semejante. No, y esto te lo digo yo: no es una persona y espero que la policia lo mate de
