cabeza.
De nuevo se produjeron murmullos, y de pronto tambien hubo gritos.
– Paciencia es lo que necesitamos ahora -dijo Jose, y algunas personas sisearon para poder oirle. Fue el unico de los ancianos que intento hablar, pero era inutil.
Entonces la voz de Jason se alzo, aguda y burlona, por encima del barullo: -?Y si ese informe nunca llega a las manos del emperador? ?Quien nos asegura que ese Sejano, que desprecia a nuestra raza y siempre la ha despreciado, no interceptara al mensajero y destruira el informe?
Los gritos de apoyo se hicieron mas fuertes.
Menahim, el hijo mayor de Santiago, se puso en pie.
– Yo digo que marchemos sobre Cesarea, que vayamos todos como un solo hombre a exigir que el gobernador retire los estandartes de la ciudad.
Los ojos de Jason brillaron, y atrajo hacia el a Menahim. -?Te prohibo que vayas! -grito Santiago, y otros hombres de su edad lo imitaron con la misma vehemencia, en un intento por detener a los jovenes, que parecian a punto de echar a correr fuera de la asamblea.
Mi tio Cleofas se puso en pie y rugio: -?Silencio, chusma insensata!
Subio a la tribuna de los ancianos. -?Que sabeis vosotros? -dijo, y senalo con el dedo a Menahim, Shabi, Jason y muchos otros, volviendose a un lado y otro-. Decidme que sabeis de las legiones romanas que han entrado en esta tierra desde Siria. ?Que habeis visto de ellas en vuestras pequenas vidas miserables? ?Ninos de cabeza caliente! -Fulmino a Jason con la mirada.
Luego salto encima del banco, sin buscar siquiera una mano para ayudarse, y empujo a Jason a un lado, casi haciendolo caer.
Cleofas no era uno de los ancianos. No era tan viejo como el anciano mas joven, que era precisamente su cunado Jose. Cleofas tenia una cabeza poblada de cabello gris que enmarcaba sus facciones vigorosas, y una voz potente con el timbre de la juventud y la autoridad de un maestro.
– Respondeme -pidio Cleofas-. ?Cuantas veces, Menahim hijo de Santiago, has visto soldados romanos en Galilea? Bueno, ?quien los ha visto? ?Tu, tu… tu?
– Diselo -declaro el rabino a Cleofas-, porque ellos no lo saben. Y los que si lo saben, al parecer no pueden recordarlo.
Los hombres mas jovenes estaban furiosos y gritaban que ellos sabian muy bien lo que querian y que era necesario hacer, e intentaban superar a los otros a base de gritos mas potentes.
La voz de Cleofas resono mas alta de lo que nunca le habia oido. Dio a todos una muestra de la oratoria que nosotros estabamos acostumbrados a oir bajo nuestro propio techo.
– No estareis pensando que Sejano, al que tanto detestais -declamo-, no hara nada para detener los disturbios en Judea, ?verdad? Ese hombre no quiere disturbios. Quiere el poder, y lo quiere en Roma, y no quiere que nadie rechiste en el oriente del Imperio. Yo os digo que le dejeis alcanzar su poder.
Hace mucho que los judios han regresado a Roma. Los judios viven en paz en todas las ciudades del mundo, desde Roma hasta Babilonia. ?Y sabeis como se ha forjado esa paz, vosotros que correriais a chocar de frente con la guardia romana en Cesarea?
– Sabemos que somos judios, eso es lo que sabemos -declaro Menahim.
Santiago quiso pegarle, pero lo sujetaron.
En el otro lado del templo, mi madre cerro los ojos e inclino la cabeza.
Abigail tenia los ojos abiertos de par en par y miraba a Jason, que se habia cruzado de brazos como si el fuera el juez de aquel pleito, y observaba con frialdad al pequeno grupo de ancianos. -?Que historia vas a contarnos? -pregunto Jason a Cleofas, colocados los dos lado a lado en el banco-. ?Vas a decirnos que hemos disfrutado de decadas de paz bajo Augusto? Lo sabemos. ?Que hemos tenido paz con Tiberio? Lo sabemos. ?Que los romanos toleran nuestras leyes? Lo sabemos.
Pero tambien sabemos que los estandartes, los estandartes con la figura de Tiberio, estan en la Ciudad Santa desde esta manana. Y sabemos que el Sumo Sacerdote Jose Caifas no los ha hecho retirar. Y tampoco Herodes Antipas. ?Por que? ?Por que no han sido retirados? Yo os dire por que: la fuerza es la unica voz que el nuevo gobernador Poncio Pilatos comprendera. Ha sido enviado aqui por un hombre brutal, ?y quien de nosotros no sabia que una cosa asi podia ocurrir?
Los gritos se hicieron ensordecedores. El edificio resonaba como un enorme tambor. Incluso las mujeres estaban inflamadas. Abigail, acurrucada junto a mi madre, miraba a Jason con admiracion. Incluso Ana la Muda, con los ojos velados aun por la pena, lo contemplaba vagamente fascinada. -?Silencio! -exigio Cleofas. Rugio la orden por segunda vez y empezo a golpear el banco hasta que las voces cesaron-. Las cosas no son como tu dices, pero ?quienes somos nosotros, simples mortales? Nosotros no somos criaturas brutales. -Se golpeo el pecho con ambas manos-. ?La fuerza no es nuestro lenguaje! Puede que sea el lenguaje de ese gobernador loco y sus secuaces, pero nosotros hablamos una lengua distinta y siempre lo hemos hecho. Si no sabeis que las legiones pueden caer sobre nosotros desde Siria y llenar esta tierra de cruces en tan solo un mes, no sabeis nada. Mirad a vuestros padres. ?Mirad a vuestros abuelos! ?Sois vosotros mas celosos seguidores de la Ley que ellos?
Senalo aqui y alla. Senalo a Santiago. Me senalo a mi. Senalo a Jose.
– Recordad el ano en que Herodes Arquelao fue depuesto -prosiguio-.
Diez anos goberno ese hombre, y despues fue destituido. ?Y que ocurrio en esta tierra cuando el emperador, en defensa de todos nosotros, tomo esa decision? Os voy a decir lo que ocurrio: en las montanas se levantaron Judas el Galileo y su complice fariseo, e infestaron el pais, en Judea y Galilea y Samaria, de muertes, incendios, saqueos y revueltas. Y nosotros, que habiamos visto antes una carniceria tras la muerte de Herodes el Grande, volvimos a verla, oleada tras oleada. Como en el incendio de una pradera, las llamas despiden al aire la hierba muerta en forma de cenizas. Y vinieron los romanos como siempre hacen, y se levantaron cruces, y recorrer los caminos era pasar entre los gritos y los gemidos de los moribundos.
Silencio. Incluso Jason lo miraba en silencio. -?Quereis que vengan ahora otra vez? -pregunto Cleofas-. No quereis.
Os quedareis donde estais, en este pueblo, aqui en Nazaret, y dejareis que el Sumo Sacerdote escriba al Cesar y le exponga esta blasfemia. Dejareis que los mensajeros se hagan a la vela, como sin duda van a hacer. Y esperareis su decision.
Por un momento, la discusion parecio zanjada. Hasta que se alzo un grito en el umbral: -?Pero todo el mundo va alli! ?Todos estan yendo a Cesarea!
Al punto se oyeron protestas y declaraciones inflamadas.
Jason sacudio la cabeza. Los ancianos se levantaron y los hombres buscaron a sus hijos.
Menahim se solto del brazo de Santiago, desafiante, y este enrojecio de ira. -?Los hombres ya estan en camino! -grito otra voz desde atras-. ?Una multitud se esta dirigiendo hacia alli desde Jerusalen!
Jason grito por encima del tumulto: -?Eso es verdad! -dijo-. Los hombres no van a tolerar cruzados de brazos esa insolencia, esa blasfemia. Si Jose Caifas cree que vamos a tolerarlo para mantener la paz, ?esta muy equivocado! ?Yo digo que vayamos a Cesarea, con nuestros vecinos!
Los gritos se hicieron mas y mas fuertes, pero el no habia terminado.
– Digo que vayamos, pero no a armar disturbios, ?no! Eso seria una locura.
Cleofas tiene razon. No iremos a luchar, sino a presentarnos ante ese hombre, ese arrogante, para decirle que ha quebrantado nuestras leyes, ?y que no nos marcharemos hasta que nos de satisfaccion!
Pandemonium. No quedo ningun hombre joven sentado en el suelo; todos se levantaron, algunos saltaban excitados como ninos, y agitaban los punos con furia y daban brincos aqui y alla. La mayoria de las mujeres tambien se levantaron. Y otras tenian que levantarse para poder ver algo por encima de las demas. Los bancos de un extremo de la sala retumbaban con el baile de pies.
Menahim e Isaac se abrieron paso hasta colocarse junto a Jason y formar un frente con el, mirando cenudos a su tio. Menahim se agarro al manto de Jason.
Todos los jovenes forcejeaban para acercarse a Jason.
Santiago sujeto por el brazo a Menahim y, antes de que su hijo pudiera soltarse, Santiago le golpeo con el reves de la mano; pero Menahim se mantuvo firme. -?Parad esto ahora, todos vosotros! -grito Santiago, en vano.
Jose resoplo. -?Ireis a Cesarea y los romanos os recibiran con sus espadas! -grito Cleofas-. ?Creeis que les
