importara que lleveis dagas o rejas de arado?

El rabino repitio sus palabras. Los ancianos intentaban dar su opinion, pero era inutil con el griterio apasionado de los jovenes.

Menahim salto al banco junto a Jason, y Cleofas perdio el equilibrio y cayo.

Yo le ayude a incorporarse. -?Vamos! -grito Jason-. Nos presentaremos delante de Poncio Pilatos en un numero tan grande como no puede ni imaginar. ?Es que Nazaret va a convertirse en sinonimo de cobardia? ?Quien es el judio que no vendra con nosotros?

Una nueva oleada de ruido recorrio el recinto, las paredes retemblaron, y por primera vez oi gritos en el exterior de la sinagoga. Fuera habia gente que golpeaba las paredes. La noche estaba llena de gritos; podia oirlos a nuestras espaldas.

De pronto, la multitud que taponaba la puerta se aparto, empujada por un grupo de hombres vestidos para ir de viaje, con botas de vino colgadas del hombro. Yo conocia a dos de Cana, y a uno de Seforis.

– Esta noche nos vamos a Cesarea -anuncio uno de ellos-. ?Vamos a plantarnos delante del palacio del gobernador y alli nos quedaremos hasta que retire los estandartes!

Jose me indico que le ayudara y se apoyo en Cleofas. Entre los dos conseguimos subirlo al banco. Menahim se aparto para dejarle sitio, e incluso Jason se hizo a un lado.

Jose estuvo unos instantes en silencio, observando a la multitud enloquecida. Levanto las manos. El estruendo crecia como una ola dispuesta a arrasarlo todo, pero poco a poco empezo a amainar, y por fin, a la vista de aquel hombre de pelo blanco que no decia nada y solo alzaba ambos brazos como si quisiera separar las aguas del mar Rojo, se hizo el silencio.

– Muy bien pues, hijos mios -dijo. Incluso los mas leves murmullos se extinguieron-. Teneis que aprender por vosotros mismos lo que nosotros sabemos tan bien, nosotros que vimos a Judas el Galileo y a sus hombres campar por estas colinas, y vimos en mas de una ocasion entrar en esta tierra a las legiones romanas para restablecer el orden. Si, si. Muy bien pues.

Aprendereis por vosotros mismos lo que no quereis aprender de nosotros.

Santiago empezo a protestar. Agarro con fuerza a Isaac, que trataba de zafarse.

– No, hijo mio -dijo Jose a Santiago-. No pongas mas tentaciones ante ellos. Si les prohibes esto, lo haran de todos modos.

Estas palabras provocaron un aplauso de respeto en toda la sala. Hubo un murmullo y despues un rugido aprobador.

Jose siguio hablando, con los brazos aun levantados.

– Mostrad al gobernador vuestro fervor, si. Jason, muestrale tu elocuencia si lo deseas, si. Pero marchad y hablad en son de paz, ?me ois? Os digo que una vez las relucientes espadas de los romanos hayan salido de sus vainas, os cortaran en pedazos. Y un ejercito romano se abrira paso directamente hasta este pueblo.

Jason se giro hacia el y le apreto la mano derecha como si los dos estuvieran sellando un acuerdo. -?Como que existe el Senor -exclamo Jason-, tendran que retirar esos estandartes o beber nuestra sangre! Tendran que elegir.

Un clamor de aprobacion le respondio.

Jason bajo de un salto del banco y avanzo empujando a los que se encontraban en su camino, y muy pronto toda la asamblea se apretujaba en direccion a la puerta para seguirlo a la calle.

Los bancos resonaban con los golpes y los ninos lloraban.

Cansado, el rabino se sento e inclino la cabeza sobre mi hombro. Mis sobrinos Shabi e Isaac escaparon de las manos de Santiago y se abrieron paso entre el gentio para alcanzar a su hermano Menahim.

Crei que Santiago iba a volverse loco.

Jason se volvio en el umbral y su cabeza asomo por encima del mar embravecido de quienes le rodeaban. Miro atras mientras todos pasaban a su lado. -?Y tu no vas a venir con nosotros, precisamente tu? -pregunto, y me senalo con el dedo extendido.

– No -dije. Sacudi la cabeza y aparte la mirada.

Mi respuesta no se percibio en el tumulto, pero el gesto si. El se fue, y todos los jovenes lo siguieron.

La calle estaba tan llena de antorchas, que aquella podia haber sido la noche del exodo de Egipto. Los hombres reian y voceaban mientras entraban en sus casas para recoger sus ropas de lana gruesa y sus botas de vino para el viaje.

Santiago agarro a su hijo menor Isaac, y cuando este, un nino de no mas de diez anos, intento zafarse, de pronto Abigail lo sujeto y le pregunto furiosa: -?Como! ?Vas a dejarme sola aqui? ?Crees que nadie debe quedarse a defender el pueblo?

Lo sujetaba de un modo como su padre nunca podria hacer, porque a ella Isaac no le oponia resistencia. Y reunio a su alrededor a los demas ninos pequenos, a todos los que pudo ver.

– Ven aqui, Yaqim, y tu tambien, Levi el Menor. ?Y tu, Benjamin!

Ana la Muda iba recogiendo a los que llamaba.

Por supuesto, otras mujeres jovenes o ancianas estaban haciendo lo mismo, y cada cual apartaba de la marcha a todos los que podia atrapar.

Y llegaron al pueblo mas hombres de los alrededores, braceros, hombres de las aldeas proximas y lejanas a los que todo el mundo conocia, y finalmente vi tambien incluso soldados, soldados de Herodes en Seforis. -?Estas con nosotros? -me grito alguien.

Me tape los oidos y entre en la casa.

Abigail tiro de Isaac para hacerlo entrar con ella. Santiago estaba demasiado furioso para mirarle. Menahim y Shabi ya salian preparados para el viaje cuando entramos nosotros, y Menahim miro a Santiago como si fuera a echarse a llorar, pero luego dijo «?Padre, tengo que ir!», y se marcho mientras Santiago volvia la espalda y hundia la barbilla en el pecho.

Isaac el Menor empezo a llorar.

– Son mis hermanos, tengo que ir con ellos, Abigail.

– No iras -repuso ella, y abrazo a los pequenos que habia reunido, seis o siete en total-. Os digo que teneis que quedaros todos conmigo.

Mi madre ayudo a Jose a sentarse junto al fuego. -?Como puede empezar lo mismo otra vez? -pregunto Cleofas-. ?Y donde esta Silas? -Miro alrededor, presa de un panico repentino-. ?Donde estan mis hijos? - rugio.

– Se han ido -dijo Abigail-. Entraron en la asamblea preparados ya para marcharse. -Sacudio la cabeza, compadeciendose de el. Tenia a Isaac sujeto por la muneca, aunque el forcejeaba.

El padre de Abigail, Shemayah, entro en la habitacion cojeando, sin aliento, desencajado; vio a Abigail rodeada de ninos, hizo un gesto de disgusto y se marcho a su casa antes de que nadie pudiera ofrecerle un vaso de vino o de agua.

Abigail se sento entre los chiquillos, todos de diez u once anos, y solo uno, Yaqim, de doce. Sujetaba con firmeza la mano de Yaqim, y la de Isaac con su otra mano. Yaqim no tenia madre, y muy probablemente su padre estaba borracho en la taberna.

– Os necesito a todos aqui, os necesitamos -insistia Abigail-, y no voy a discutir mas. Ninguno de nosotros se va a marchar. Os quedareis esta noche aqui, bajo este techo, donde Yeshua y Santiago puedan vigilaros. Y vosotras, ninas, venid esta noche conmigo, y tu tambien. -Dio una palmada a Ana la Muda. De pronto se acerco a mi-. Yeshua -dijo-. ?Que crees que ocurrira?

La mire. Que tierna y curiosa se mostraba, que lejos de cualquier temor real. -?Hablara Jason en nombre de ellos? -pregunto-. ?Planteara el case ante el gobernador en su nombre?

– Queridisima nina -dije-, hay mil Jasones que viajan en este momento a Cesarea. Hay sacerdotes y escribas y filosofos de camino.

– Y bandidos -observo Cleofas, disgustado-. Bandidos que se mezclaran con la multitud, que provocaran disturbios cuando se den cuenta de que pueden tener la pelea que andan buscando, la pelea a la que nunca han renunciado, la pelea de la que siguen hablando en todas las cuevas y tabernas de la region.

Abigail sintio temor de pronto, y lo mismo les ocurrio a todas las mujeres, hasta que Santiago pidio a Cleofas que se marchara, y Jose se lo repitio.

Entro en la habitacion la vieja Bruria, la mayor de nuestra casa, una mujer a la que no nos unian lazos de parentesco pero que vivia con nosotros desde mucho tiempo atras, cuando habia corrido la sangre en el pais

Вы читаете Camino A Cana
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату