despues de la muerte de Herodes el Grande.
– Basta -dijo Bruria con tono sombrio-. Reza, Abigail, reza como rezamos todos. Los maestros del Templo estan en camino. Estaban en camino desde antes de que se encendieran las hogueras nocturnas de senales en las montanas.
Se sento junto a Jose dispuesta a esperar.
Queria que Jose dirigiera la oracion, pero el parecio haberlo olvidado. Llego su hermano Alfeo, y solo entonces algunos caimos en la cuenta de que ni siquiera habia asistido a la asamblea. Tomo asiento junto a su hermano.
– Muy bien, pues -dijo Bruria-. Oh Senor, Creador del Universo, apiadate de Israel tu pueblo. Durante toda la noche se oyo pasar gente que se dirigia al sur.
A veces, cuando no podia conciliar el sueno, salia al patio y me quedaba alli, cruzado de brazos en la oscuridad, oyendo las voces roncas de la taberna.
Al alba llegaron al pueblo hombres a caballo y leyeron en voz alta breves mensajes, en los que se decia que tal o cual ciudad habia enviado a todos sus habitantes al sur para protestar ante el gobernador.
Incluso los hombres mas ancianos se pusieron sus mantos, empunaron sus baculos y salieron a unirse a quienes marchaban hacia el sur, algunos incluso montados en asnos y envueltos en mantas hasta las orejas.
Santiago trabajaba sin decir palabra, y golpeaba con el martillo mas fuerte de lo necesario para clavar el clavo mas minusculo.
Maria, la esposa de Cleofas el Menor, vino deshecha en llanto. No solo se habia marchado el, sino tambien su padre Levi y sus hermanos. Y corria la voz de que todo hombre que valia su sal se estaba uniendo a la marcha a Cesarea.
– Bueno, pues este hombre que vale su sal no ha ido -dijo Santiago.
Guardo los tablones en el carro-. No vale la pena ir a trabajar -anadio-. Esto puede esperar. Todo puede esperar, como esperamos que se abran las compuertas del cielo.
El cielo tenia un color azul palido sucio. Y el viento traia los olores de los establos y corrales sin limpiar, de los campos agonizantes, de la orina que atraia las moscas a la tierra humedecida.
La noche siguiente fue tranquila. Todos se habian ido. ?Que podian decir las hogueras de senales, sino que mas y mas gente se habia echado al camino, que venian desde los cuatro puntos cardinales? Y los estandartes de la discordia seguian enhiestos en la Ciudad Santa.
Al amanecer, Santiago me dijo:
– Yo solia pensar que tu ibas a cambiar las cosas.
– Guarda tus recuerdos para ti -dijo mi madre. Puso el pan y las olivas sobre la mesa y lleno los vasos de agua.
– Si -dijo Santiago, mirandome de mal humor-. Solia pensar que ibas a cambiarlo todo. Solia creer que lo habia visto con mis propios ojos: los regalos de los Magos expuestos sobre la paja, las caras de los pastores que oian coros de angeles en el cielo. Yo creia en esas cosas.
– Santiago, te lo suplico -dijo mi madre.
– Dejalo -dijo Jose en voz baja-. Santiago ha dicho esas cosas muchas veces. No importa escucharselas otra vez.
– Y tu, padre -pregunto Santiago-, ?nunca has pensado que sentido tenia todo aquello?
– El Senor creo el Tiempo -respondio Jose-. Y a su debido momento el Senor revelara lo que desee revelar.
– Y mis hijos habran muerto -repuso Santiago. La angustia desencajaba sus facciones -Mis hijos moriran como otros han muerto antes, ?y para que?
Entro Abigail con Ana la Muda y su habitual acompanamiento de chiquillos.
– Por favor, no hables mas de eso -dijo mi tia Esther.
– Mi padre dice que todo el mundo ha ido a Cesarea -anuncio Abigail-.
Hemos tenido carta de nuestros primos de Betania. Nuestros primos y los vuestros, todos los de Betania, tambien han ido.
Rompio a llorar. Los ninos la rodearon para consolarla.
– Todos volveran a casa -dijo Isaac, su pequeno protector, y se arrimo a ella-. Te lo prometo, Abigail. Te doy mi palabra. Volveran. Mis hermanos volveran. Para, o vas a hacer que llore Ana la Muda… -?Y quien se ha quedado en Nazaret? -pregunto Santiago en tono amargo. Se volvio hacia mi-. ?Ah! -dijo con sorpresa burlona-. Pues Yeshua Sin Pecado.
Abigail levanto la vista, asustada. Sus ojos buscaron los de todas las personas presentes. Me miro. -?Y Santiago el Justo! Tambien el se ha quedado -declaro mi tia Esther. -?Santiago el Refunfunon! -salto la tia Salome-. Callate, o vete tu tambien.
– No, no… callaos todos -dijo mi madre.
– Si, por favor, no era mi intencion… Lo siento -dijo Abigail.
– No has dicho nada malo -dije. Asi paso aquel dia.
Y el siguiente. Y el otro.
9
Los bandidos bajaron al pueblo al amanecer.
Santiago y yo acababamos de salir de la casa del rabino. Nos detuvimos en la cima de la colina y los vimos - dos hombres andrajosos a caballo-, galopando ladera abajo hacia el arroyo.
Las mujeres, con sus cantaros de agua y sus bultos de ropa blanca, gritaron y se dispersaron en todas direcciones, y los ninos corrieron con ellas.
Santiago y yo dimos la alarma. El cuerno soplaba ya cuando corrimos hacia los hombres.
Uno de los dos guio su caballo colina arriba contra nosotros, pero como la gente ya salia de sus casas, intento arrollarnos y caimos al suelo mientras los cascos repiqueteaban mas alla de nuestras cabezas. -?Abigail! -grito Santiago. -?Abigail! -gritaron uno tras otro.
Cuando me puse en pie, con la mano que me sangraba, vi lo que todos veian: el hombre que habia quedado atras la habia cogido por la cintura. Los ninos le lanzaban piedras. Isaac se habia agarrado al hombro izquierdo del hombre.
Abigail gritaba y daba puntapies. Los ninos se agarraban a sus faldas.
Todas las mujeres corrieron hacia el hombre y arrojaron sus cantaros contra el caballo.
Llegamos al lecho del arroyo cuando el rufian, atacado por todas partes, dio un tiron y se quedo en la mano con el velo y el manto de Abigail, quien al soltarse cayo de bruces sobre el suelo rocoso. Enarbolando sus ropas como una bandera, el hombre, agachado para evitar la lluvia de piedras que le lanzaban, huyo al galope tan deprisa como pudo.
Abigail se incorporo, apoyandose en las rodillas e inclinada hacia delante.
Llevaba puesta su tunica de mangas largas, y el cabello le caia sobre la frente y los hombros. Isaac el Menor la rodeo con sus brazos para protegerla de las miradas de todos.
Yo llegue a su lado, me arrodille frente a ella y la sostuve por los hombros.
Ella grito mi nombre y se abrazo a mi. La sangre corria por su frente y su mejilla. -?Se han ido! -anuncio Santiago.
Todas las mujeres nos rodearon. Mi tia Esther grito que le habia dado de lleno al hombre con su cantaro. Se lo habia roto en toda la cabeza. Los ninos lloraban y correteaban de un lado a otro.
Llegaron gritos de arriba. -?El otro se ha marchado! ?Era una maniobra de distraccion! -exclamo Santiago-. Querian a una mujer, esos paganos sin Dios, mirad esto, mirad lo que han hecho.
– Ya ha pasado -susurre a Abigail-. Deja que te vea. No son mas que aranazos y rozaduras. Ella asintio. Me habia comprendido. Entonces oi una voz por encima de mi cabeza.
– Apartate de mi hija. Quitale las manos de encima. Apenas podia creer que esas palabras fueran dirigidas a mi.
Mi tia Esther me hizo un gesto para que me apartara. Se coloco junto a Abigail mientras esta se ponia de
