pie.
– No ha sufrido ningun dano -dijo la tia Esther-. Estabamos todos aqui y le hemos dado pedradas y golpes para una buena temporada, puedes asegurarlo.
Hubo un coro de voces confirmandolo.
Shemayah miraba cenudo a Abigail mientras ella seguia alli, temblorosa, con su corta tunica de algodon, el cabello en desorden, las heridas sangrantes en su rostro.
Yo me quite el manto y rapidamente le cubri los hombros. Pero el me empujo y me hizo perder el equilibrio, y el manto resbalo antes de que ella lo sujetara. Las mujeres volvieron a colocarselo apresuradamente. Su tunica era bastante exigua, se veia una porcion considerable de su cuerpo, pero ahora estaba envuelta como de costumbre en un manto que la cubria desde los hombros hasta el suelo. Y mi tia Salome le recogio en la nuca el cabello suelto.
Shemayah se hizo cargo de su hija. La cogio en brazos como si fuera una nina y subio con ella la colina.
Las mujeres corrieron tras el, y tambien los ninos, que se arracimaban y le molestaban a cada paso.
Santiago y yo esperamos. Luego, despacio, subimos la colina. Cuando llegamos a su casa, las mujeres estaban fuera, mirando la puerta. -?Que pasa? ?Por que no habeis entrado? -les pregunte.
– No quiere dejarnos entrar.
Mi madre salio de nuestra casa con la vieja Bruria. -?Que ha ocurrido?
Todo el mundo le dio su version al mismo tiempo.
La vieja Bruria llamo a la puerta. -?Shemayah! -llamo-. Abrenos ahora mismo. La chica nos necesita.
La puerta se abrio y aparecio Ana la Muda, que cayo sobre el grupo como si fuera un bulto de ropa.
La puerta se cerro de golpe.
Ana estaba aterrada.
Yo llame a la puerta. Hable junto a la madera, mientras hacia gestos a Santiago de que estuviera quieto y no intentara detenerme.
– Shemayah -llame-. Las mujeres han venido a ayudar a Abigail, dejalas entrar. -?Esta intacta! -grito mi tia Salome-. Todos lo hemos visto. ?Se resistio, y el la solto! Todos lo hemos visto.
– Si, todos lo hemos visto -corroboro la tia Esther-. Vosotros los hombres marchaos, dejadnos esto a nosotras.
Obedecimos y retrocedimos unos pasos. Habian venido mas mujeres. La esposa de Santiago, Mara, y Maria, la de Cleofas el Menor, y la mujer de Silas, y por lo menos una docena mas. Las mas ancianas empezaron a aporrear la puerta. -?Derribadla! -grito Esther, y todas se lanzaron a golpes y patadas, hasta que la puerta se solto de los goznes y cayo hacia dentro.
Me movi rapidamente para ver la habitacion en penumbra. Solo pude atisbar un momento, antes de que se llenara de mujeres. Abigail, palida y llorosa, estaba desmadejada como un bulto de ropa arrojado a un rincon, y su cabeza aun sangraba.
Los rugidos de protesta de Shemayah quedaron ahogados por los gritos de las mujeres. Isaac, Yaqim y Ana la Muda intentaron en vano entrar en la casa: las mujeres la llenaban por completo.
Y fueron las mujeres quienes volvieron a colocar la puerta en su lugar y la cerraron delante de nosotros.
Regresamos a nuestro propio patio y Santiago se desahogo con una sarta de palabras subidas de tono. -?Esta loco? -pregunte.
– No seas ingenuo -dijo mi tio Cleofas-. El bandido le desgarro el velo. -?Que importancia tiene un velo? - replico Santiago. Isaac y Yaqim llegaron llorosos-. ?Que importa, en el nombre de Dios, que ese hombre le quitara el velo?
– Shemayah es un hombre viejo y estupido -dijo Cleofas-. No le estoy defendiendo. Solo te respondo porque parece que alguien tiene que responderte.
– Nosotros la salvamos -dijo Isaac a su padre, y se seco las lagrimas.
Santiago beso la cabeza de su hijo y lo abrazo.
– Lo hicisteis muy bien, todos vosotros -dijo-. Yaqim, tu y tu. -Senalo a los pequenos que rondaban por la calle-. Entrad aqui.
Paso una hora larga antes de que mi madre volviera con la tia Esther y la tia Salome.
Salome estaba furiosa.
– Ha llamado a la comadrona. -?Como puede hacer una cosa asi! -exclamo Santiago-. Todo el pueblo lo ha visto. No ocurrio nada. Ese hombre tuvo que soltarla.
Mi madre se sento junto al brasero, llorosa.
Habia gritos en la calle, en su mayor parte voces de mujeres. Yaqim e Isaac corrieron fuera antes de que nadie pudiera pararles.
Yo no me movi.
Finalmente llego la vieja Bruria.
– La comadrona ha venido y se ha vuelto a marchar -informo-. Sepan todos los de esta casa y los de todas las casas, y todos los patanes, milhombres y haraganes de este pueblo que deseen saberlo, y se inquieten y chismorreen sobre este asunto, que la chica esta intacta.
– Bueno, no puede decirse que sea una sorpresa -dijo la tia Esther-. ?Y la has dejado sola con el?
La vieja Bruria hizo un gesto expresivo de que mas no podia hacer, y se marcho.
Ana la Muda, que lo habia visto todo, se levanto en silencio y se deslizo por la puerta.
Yo quise seguirla. Queria ver si Shemayah la dejaba entrar o no, pero no lo hice. Solo mi madre fue detras de ella, y al volver poco despues hizo un gesto afirmativo, de modo que todo habia acabado por el momento.
A mediodia, Shemayah y sus braceros salieron a caballo en direccion a las colinas. Dentro de la casa quedaron con Abigail y Ana la Muda sus dos sirvientas, que atrancaron la puerta cuando Shemayah se fue, como el les habia dicho que hicieran.
Sabiamos que no encontraria a los bandidos, pero igual rezamos para que no los encontrara. No sabria que hacer frente a hombres armados con dagas y espadas. Y el punado de hombres enfurecidos que le acompanaban eran solo ancianos y los hombres mas debiles, los que no habian ido a Cesarea a manifestarse.
En algun momento de las primeras horas de la tarde, Shemayah volvio.
Oimos el ruido de los caballos, que no es un ruido habitual en nuestra calle.
Mi madre y mis tias fueron a su puerta y le pidieron ver a Abigail. El no contesto.
Durante todo el dia siguiente nadie entro ni salio por la puerta de Shemayah. Los braceros que empleaba estuvieron un rato esperando, y luego se dispersaron.
Lo mismo ocurrio al dia siguiente. Mientras, a cada pocas horas iban llegando noticias de Cesarea.
Y al tercer dia despues del ataque de los bandidos, recibimos una larga carta escrita por Jason, que fue leida en voz alta en la sinagoga. Decia que la multitud se habia reunido pacificamente delante del palacio del gobernador, y que no se moveria de alli. Aquello consolo al rabino y a la mayoria de nosotros, aunque algunos se limitaron a preguntar que haria el gobernador si aquella muchedumbre no se marchaba.
Ni Shemayah ni ninguna persona de su casa asistio a la asamblea.
Al dia siguiente, Shemayah salio a los campos al amanecer. Nadie contesto cuando las mujeres llamaron a la puerta de la casa. Ana la Muda aparecio por la tarde.
Entro en nuestra casa y dijo a las mujeres por gestos que Abigail estaba tendida en el suelo. Que Abigail no queria comer nada. Que Abigail no queria beber nada. A los pocos instantes se marcho corriendo, temerosa de que Shemayah volviera y la encontrara alli, y se metio en la casa, y de nuevo fue atrancada la puerta.
No supe todas esas cosas hasta que volvi de trabajar en Seforis. Mi madre me conto lo que les habia hecho saber Ana.
La casa estaba llena de tristeza.
Jose y Bruria fueron juntos y llamaron. Eran los mas ancianos de la familia, nadie podia negarse a una visita suya. Pero Shemayah no contesto. Y muy despacio, Bruria ayudo a Jose a volver a nuestra casa.
10
A la manana siguiente fuimos a ver al rabino, todos juntos, las mujeres que habian estado en el arroyo, los
