fundador Domingo, y unicamente servire al rey mi senor en la medida en que el prior me ordene hacerlo.”
»Y la carta seguia asi: “He pedido a mis superiores tan solo dos cosas: una, que me permitan conservar el nombre de Godwin, o mejor dicho, recibirlo como mi nuevo nombre porque el Senor nos impone un nombre nuevo cuando ingresamos en esta vida; y la otra, que me permitan escribirte. He de confesar que, para obtener esta ultima indulgencia, he mostrado algunas cartas tuyas a mis superiores y han quedado tan maravillados como yo mismo de la elevacion y hermosura de tus sentimientos. Me han concedido los dos permisos, pero en adelante sere para ti el hermano Godwin, mi bendita hermana, y te amo como a una de las criaturas de Dios mas tiernas y queridas, y solo con los pensamientos mas puros.”
»Pues bien, la carta me dejo atonita. Y pronto me entere de que Godwin habia dejado igual de asombradas a otras personas. Por suerte, me escribio, sus primos lo habian dejado por imposible; lo veian como a un santo o un imbecil, y como ninguna de las dos condiciones les parecia de la menor utilidad, informaron a su padre de que ningun razonamiento conseguiria que Godwin abandonara la vida de fraile menor que el mismo habia escogido.
»Recibi un flujo continuo de cartas de Godwin, como antes. Las de ahora se convirtieron en la cronica de su vida espiritual. Y en su fe renovada, tenia mas en comun con mi pueblo que en ningun momento anterior. El joven amante de los goces de la vida que me habia seducido era ahora un grave estudioso parecido a mi propio padre, y ambos tenian en comun algo inmenso y enteramente indescriptible que los aproximaba mucho en mi modo de pensar.
»Godwin me escribio sobre las muchas lecturas a las que se abocaba, pero tambien a menudo sobre su vida de oracion: como habia llegado a imitar los comportamientos de santo Domingo, el fundador de los monjes negros, y como habia experimentado el sentimiento del amor a Dios de una forma plena y maravillosa. Todo juicio negativo habia desaparecido de las cartas de Godwin. El joven que habia ido a Roma tiempo atras solo tenia palabras duras para si mismo y para todos los que lo rodeaban. Ahora el nuevo Godwin, que seguia siendo mi Godwin, me contaba las maravillas que descubria en cualquier lugar en el que se posaba su mirada.
»Pero os lo pregunto: ?como podia yo contar a este Godwin, esta persona maravillosa y santa que habia florecido a partir del joven vastago que yo ame antes, que tenia dos hijas que vivian en Inglaterra, educadas ambas para ser ejemplares muchachas judias?
»?Que bien podia hacerle esa confesion? ?Y como podia reaccionar en su reciente celo religioso si, a pesar del carino que me mostraba, llegaba a enterarse de que tenia hijas que vivian en la juderia de Oxford, apartadas de toda posible exposicion a la fe cristiana?
»Os he dicho que mi padre no me prohibio esas cartas. Al principio penso que no durarian. Pero como siguieron llegando, yo se las di a conocer por mas de una razon.
»Mi padre es un estudioso, como os he dicho, y no solo de los comentarios del Talmud por el gran Rashi, que llego incluso a traducir al frances para ayudar a los estudiantes que querian conocerlo pero no conocian la lengua hebrea en la que estaban escritos. Cuando perdio la vista, me dictaba a mi la mayor parte de su trabajo, y tenia la ambicion de traducir la mayor parte de la obra del gran filosofo judio Maimonides al latin, si no al frances.
»No me sorprendio que Godwin empezara a escribirme sobre esos mismos temas, sobre como el gran maestro Tomas de su orden habia leido algo de Maimonides en latin, y que el, Godwin, deseaba estudiar su obra. Godwin conocia el hebreo. Habia sido el mejor discipulo de mi padre.
»Asi pues, con el paso de los anos lei a mi padre cartas de Godwin, e inclui con cierta frecuencia comentarios de mi padre sobre Maimonides, e incluso sobre la teologia cristiana, en las cartas que escribi a Godwin.
»Mi padre nunca llego a dictarme una carta a Godwin, pero creo que se dio cuenta de lo que yo hacia y que sintio mayor aprecio por el hombre del que creia que le habia traicionado a el y a su hospitalidad, y que de alguna manera llego a perdonarlo. Por lo menos, asi era en lo que se referia a mi. Y cada dia, despues de acabar de escuchar las lecciones de mi padre a sus estudiantes, o de copiar sus meditaciones, o de ayudar a sus estudiantes a hacerlo, yo me retiraba a mi habitacion y escribia a Godwin, para contarle lo que ocurria en Oxford y discutir con el todas esas cuestiones.
»Era natural que, pasado un tiempo, Godwin me hiciera la siguiente pregunta: ?por que no me habia casado? Le di respuestas vagas, que el cuidado de mi padre consumia todo mi tiempo, y otras veces le dije sencillamente que no habia encontrado al hombre indicado para ser mi marido.
»Mientras tanto, Lea y Rosa crecian y se habian convertido en dos ninas preciosas. Pero habreis de permitirme que me detenga en este punto, porque si no lloro por mis hijas no podre seguir hablando.
Llegados a este punto, ella rompio a llorar y supe que nada que yo pudiera hacer la consolaria. Era una mujer casada, y una judia piadosa, y yo no podia atreverme a rodearla con mis brazos. No seria apropiado. De hecho, me estaba explicitamente prohibido tomarme esa libertad.
Pero cuando alzo la mirada y vio que en mis ojos tambien habia lagrimas, que no podia explicar muy bien si tenian que ver con lo que me habia contado de Godwin o de ella misma, se sintio consolada de alguna manera, y tambien mi silencio la conforto, y asi continuo su historia.
10 Fluria continua con su historia
– Hermano Tobias, si alguna vez conoceis a mi Godwin, el os querra. Si Godwin no es un santo, seguramente es que los santos no existen. Y bendito sea el Todopoderoso, que me ha enviado precisamente ahora un hombre tan parecido a Godwin, y tan parecido tambien a Meir, porque a los dos me recordais.
»Os decia que las ninas crecian y de ano en ano estaban mas bonitas, y mas carinosas con su abuelo, y representaban en su ceguera una alegria mayor de la que posiblemente pueden proporcionar los ninos a un hombre capaz de ver.
»Pero dejad que mencione aqui de nuevo al padre de Godwin, solo para decir que el hombre murio despreciando a Godwin por su decision de convertirse en fraile dominico, y que por supuesto dejo toda su fortuna a su hijo mayor, Nigel. En su lecho de muerte, obligo a Nigel a prometer que nunca volveria a poner los ojos en su hermano Godwin, y Nigel, que era un hombre diplomatico e inteligente, lo prometio con un encogimiento de hombros.
»Eso es lo que me conto Godwin en sus cartas, y que Nigel, en cuanto hubo depositado a su padre en su tumba en la iglesia, viajo a Francia para ver al hermano al que anoraba y amaba. Ah, cuando pienso en esas cartas, fueron para mi como el agua fresca para el sediento, durante tantos anos, aunque no me fuera posible compartir con el las alegrias que me daban Lea y Rosa. Incluso entonces mantuve ese secreto encerrado en mi corazon.
»Llegue a ser una mujer que disfrutaba tres grandes placeres, una mujer que escuchaba tres bellas canciones. La primera cancion era la instruccion diaria a mis preciosas hijas. La segunda era la lectura y la escritura para mi amado padre, que dependia casi por entero de mi en ese aspecto, aunque disponia de muchos estudiantes que le leian; y la tercera cancion eran las cartas de Godwin, y las tres canciones se fundian en un pequeno coro que consolaba, educaba y mejoraba mi alma.
»No penseis mal de mi por haber mantenido el secreto de las ninas delante de su padre. Recordad lo que estaba en juego. Porque aun con Nigel y Godwin reconciliados y escribiendose mutuamente con regularidad, yo no podia esperar que de mi revelacion saliera nada que no fuera un desastre completo.
»Dejad que os hable mas de Godwin. El me lo conto todo sobre sus clases y sus controversias. No podia ensenar teologia hasta haber cumplido los treinta y cinco anos, pero predicaba con frecuencia ante grandes multitudes en Paris, y tenia muchos seguidores. Era mas feliz de lo que nunca habia sido en la vida, y repetia una y otra vez que deseaba que yo tambien fuera feliz, y me preguntaba por que no me casaba.
»Decia que los inviernos eran frios en Paris, como los de Inglaterra, y que el convento era frio. Pero que nunca habia sentido aquella alegria cuando tenia una bolsa con dinero suficiente para comprar toda la lena, o la comida, que se le antojara. Todo lo que queria en este mundo era saber como me iba a mi, y que yo encontrara tambien la felicidad.
»Cuando me escribia esas cosas, la verdad no revelada me dolia, porque mi felicidad consistia en tener a nuestras dos hijas sentadas en mis rodillas.
»Poco a poco, me di cuenta de que deseaba que Godwin lo supiera. Queria que supiera que aquellas dos hermosas flores de nuestro amor habian crecido a salvo y desplegaban ahora toda su inocente belleza con la
