Johanna y tres ninos pequenos, lindos y rubisimos. Cuando salian juntos y te los encontrabas en el portal, tan guapos y educados, parecian un anuncio publicitario. Toda esa opulencia familiar, en fin, coloco a Ana desde el mismo principio en desventaja.

Y no es que la vida de ella estuviera desprovista de cosas, ni mucho menos. En su profesion estaba atravesando momentos muy dulces. Era restauradora, y habia conseguido convertirse, pese a ser mujer, en un chef de prestigio (no hay un ejemplo mas despiadado de machismo que el hecho de que las mujeres sean siempre las cocineras de tropa, mientras que el generalato de los chefs es ocupado por los varones); habia conquistado una estrella Michelin, un punado de premios, estupendas criticas. Ademas le gustaba escribir y publicaba una seccion no de recetas, sino de articulos sobre gastronomia, en uno de los diarios nacionales. Era lo que la gente entiende por una persona triunfadora. Ahora bien, el exito profesional no es un talisman; aunque endulza la vida, no te garantiza una proteccion total contra la pena negra. El mejor cocinero del mundo, por ejemplo, puede ser un maniaco depresivo que desee morir tres veces cada noche.

Pero Ana no deseaba morirse y en general tan solo se deprimia muy de cuando en cuando y decentemente, esto es, en niveles poco desmesurados y manejables. En sus cuarenta y cinco anos de existencia habia convivido con varios hombres, se habia desvivido por unos cuantos mas y al cabo habia decidido dejar de hacerles caso. Digamos que habia llegado a la certidumbre de que el amor era algo de lo que uno puede prescindir para vivir. Mejor dicho: habia descubierto que prescindir del amor era justamente lo que le permitia vivir. Esta solucion mas o menos drastica no se le habia ocurrido unicamente a ella. En realidad habia visto que varios de sus conocidos negociaban su existencia de ese modo. Eran personas que tenian muchas actividades y muchos amigos; salian, entraban, viajaban. Pero en el horizonte de sus vidas ni siquiera despuntaba la inquietud amorosa. Nunca les pregunto -es algo tan privado- como se las arreglaban con sus cuerpos; esto es, si la piel no les exigia el contacto con otra piel ajena; y si en la soledad de sus camas, de madrugada, no se hubieran dejado matar en ocasiones por un beso en los labios. Pero no, parecian arreglarselas muy bien; y estaban serenos, mucho mas serenos, desde luego, que aquellos que aun no habian claudicado. Claro que no hay nada mas sereno que un cadaver: el rigor mortis proporciona una tranquilidad definitiva. Tal vez el malentendido resida en creer que la vida puede ser serenidad.

Hay que reconocer que Ana nunca consiguio alcanzar esa distancia impavida. En sus peores momentos, de madrugada, cuando el insomnio hacia de su cama un tormento, las manos le abrasaban de ansias de tocar. Pero durante el dia se las apanaba para vivir tranquila; y muchas noches era capaz de deslizarse al sueno dulcemente, mientras imaginaba con que salsa podria convertir un trozo de bacalao en una obra de arte. Era la sensualidad feliz de una boca golosa contra la sexualidad doliente de unos labios ansiosos. Mal que bien, yo diria que incluso mas bien que mal, se las iba arreglando con la renuncia al hombre. Pero entonces llego Ruggiero con sus anos de menos y su familia de mas, y se le vino abajo el tenderete.

Se lo encontro por las escaleras el mismo dia que se mudaron, muy alto, atletico, con el pelo rubio y los ojos azules, imposible creer que era italiano (pero procedia del norte, de Milan). Le llamo la atencion su mera guapeza, su sonrisa de nino un poco ajado (pero si el estaba ajado, entonces ella…); porque se habia retirado de los hombres, pero no era ciega. A las pocas semanas empezo a coincidir con el en el autobus, siempre a las nueve de la manana, cuando el iba a la delegacion de su periodico y Ana a revisar la compra diaria hecha por su ayudante. Se sonreian, a veces se saludaban, en ocasiones caian cerca el uno del otro y entablaban pequenas conversaciones amigables, a medias en italiano y a medias en espanol, chapurreos bienintencionados y divertidos, porque Ruggiero, pronto se dio cuenta Ana, tenia un gesticulante y agudo sentido del humor; y ella sentia debilidad por los tipos ingeniosos. Toda su vida se habia enamorado de hombres muy graciosos que la habian hecho llorar.

Paso un mes, y luego otro, y asi hasta medio ano; y para entonces Ana empezo a descubrirse unos extranos comportamientos matinales: a veces, lenta y alelada, deambulaba sin rumbo fijo por la casa durante largo rato; y a veces se aceleraba histericamente, se atragantaba con el cafe, se le caian las cosas. Al fin no tuvo mas remedio que reconocer que todo eso no eran sino manas, maniobras horarias para llegar al autobus justo a las nueve y coincidir asi con el vecino. Y, en efecto, el siempre se encontraba alli, o casi siempre. E incluso parecia buscarla. “He venido toda la semana a la misma hora, pero no estabas”, le dijo una vez, tras un pequeno viaje de Ana a Londres. Ella era autosuficiente, ella era una mujer retirada del mercado, ella era un iceberg: pero empezaban a derretirsele las laminas de hielo. Como la miraba Ruggiero: con que ojos de interes y de seduccion. Y con que pareja intensidad le contemplaba Ana. Los cristales del autobus siempre se empanaban en torno a ellos.

Hubieran podido seguir asi durante mucho tiempo, llenando el mundo de vaho sin mayores consecuencias, de no ser por un pequeno movimiento que lo cambio todo. Un dia, Ana le conto a Ruggiero que acababa de conectarse al correo electronico; y el le envio, a la manana siguiente, un breve mensaje: “Ciao, «bienvenita» a la Red, espero que te «divertas» con este juguete”. Por entonces, siendo novata como era, Ana ignoraba los efectos fatales del e-mail: lo digo en su descargo. Empezo a teclear carta tras carta sin darse cuenta del extraordinario sucedaneo de intimidad que el hilo cibernetico iba creando. Porque el correo electronico establece una comunicacion inmaterial y limpia, instantanea, extracorporea; es como lanzar al aire un pensamiento puro, sabiendo que alcanzara el cerebro del otro de inmediato. Es un espejismo telepatico.

Si la pasion amorosa es siempre una invencion, no hay como poner distancia con el objeto amado para convertirlo en algo irresistible. Quiero decir que el hecho de que Ruggiero fuera extranjero (ese idioma medio farfullado, esas frases que ella podia completar, traducir, ampliar en su cabeza) ya colaboraba activamente en la perdicion de Ana; pero el e-mail vino a rematar la situacion. Ella estaba mas o menos preparada para defenderse de su propio deseo cuando se encontraba cara a cara con los hombres, pero no supo manejar al Ruggiero cibernauta; o, mejor dicho, no supo controlarse a si misma cuando sono a Ruggiero al otro lado del opaco silencio electronico. Asomada a la docil ventana de su ordenador, Ana inventaba palabras cada vez mas atrevidas para un Ruggiero cada vez mas inventado. “A veces, cuando estamos juntos en el autobus, tengo la tentacion, siempre reprimida, de poner mi mano sobre tu pecho y sentir, a traves de la tela de tu camisa, la firme tibieza de tu carne”, le dijo un dia, entrando en materia. La frase debio de impresionar a su vecino, porque, a la manana siguiente, la miro de una manera extrana. Ese dia el autobus iba muy lleno; ellos se habian quedado atras, juntos y aplastados contra el cristal del fondo. Ruggiero siempre se bajaba cuatro paradas antes; y aquella manana, cuando llego a su destino, le beso, a modo de despedida, ambas mejillas; pero despues titubeo un momento y se demoro un instante sobre los labios de ella. Apenas si fue un leve roce: esos calientes y desnudos labios de hombre, esa boca un poco entreabierta, esa fisura minima, ese precipicio en donde todo empieza y todo termina.

Ana creyo que aquello era el comienzo, pero era el fin.

Galvanizada por ese aperitivo de lo carnal, fue cediendo mas y mas al espejismo amoroso y cibernauta, hasta perder pie completamente. Le enviaba ardorosas cartas electronicas, sin querer advertir que el se iba arrugando mas y mas con sus embestidas verbales. Los mensajes de Ruggiero eran cada vez mas breves, mas secos, mas tardios. Pero ella no asumio como afrenta sus retrasos, ni su creciente austeridad expresiva: es pasmoso lo mucho que aguantamos, en el amor, cuando estamos dispuestos a mentirnos. Estara ocupado, tendra mucho trabajo, es timido, no puede expresarse bien en castellano, teme herirme, estos italianos del norte son como alemanes y no saben mostrar sus emociones, se consolaba ella. Pero no, de los teutones Ruggiero solo tenia el color de su pelo; en lo demas era latino y jacarandoso y expresivo, y tan coqueto como un siciliano retinto. Por eso al principio hizo ojitos con Ana y sonrio con su cara irresistible de nino un poco ajado (pero entonces ella…); y fue luego, a medida que la desmesura de la necesidad de la mujer fue cayendo sobre el como gotas de plomo derretido, cuando se fue achicando. El amor es un juego de vasos comunicantes; y cuanta mas presion apliques sobre el liquido emocional en este extremo, mas se desbordara por el otro lado. A Ruggiero le daba miedo la pasion de Ana; y le inquietaba su situacion, esa topica soledad de persona sin pareja y sin hijos, ese desequilibrio frente a Johanna y los lindos ninitos; adonde voy, estaba diciendose Ruggiero, en menudo lio me estoy metiendo.

De modo que a veces empezo a faltar a la cita del autobus de las nueve; y, cuando iba, los trayectos comenzaron a convertirse en algo embarazoso. Alli, a la cruda luz de la manana, entre el sudor y el olor a sueno de los otros viajeros, zambullidos en la mera realidad, ya no sabian de que hablar, como mirarse, que hacer o que decir; tanto los habia sobrepasado, en su atrevimiento, la escritura y el ensueno cibernetico. Es decir, la escritura de ella; porque Ruggiero hacia malabarismos con sus cartas para quedarse siempre en un perfecto limbo entre lo carinoso y lo remoto, y nunca terminaba sus mensajes con nada mas caliente ni mas intimo que un muy cauteloso “cuidate”.

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